Quinta Sinfonía de Beethoven
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Ludwig van Beethoven la compone y la da a conocer en 1808, cosechando uno de los mayores triunfos de su carrera musical. Es, junto con la Novena Sinfonía, una de sus obras inmortales, ocupando por méritos propios un lugar de honor en la Historia de la Música y constituyendo aún hoy en día una de las mayores cumbres de la creación artística.
Compuesta en do menor, es la primera sinfonía en tono menor de Beethoven hasta esa fecha, y sólo volvió a emplear en la Novena Sinfonía, que curiosamente, son las dos sinfonías que le han dado fama. La principal característica de la Quinta Sinfonía es su valor como unidad sinfónica, pues, pese a reunir un gran número de fragmentos dispares, la pericia de Beethoven logra integrarlos en un todo expresivo repleto de energía rítmica. Sus cuatro movimientos son un prodigio de alternancia, desde la tensa construcción del primero a la solemnidad del segundo, pasando por la crispación instrumental del tercero y la ceremonia y apoteosis del cuarto. Además, es doblemente sorprendente por cómo se inicia y cómo termina, al ser una sinfonía que carece de introducción y finaliza con un insólito crescendo de 50 compases, que durante un siglo fue considerado como el arquetipo de lo que debe ser un final sinfónico. Beethoven tenía 38 años de edad cuando la compuso y había entrado ya en un imparable proceso de “furia creativa”, apresurado por su avanzada sordera.
El comienzo del primer movimiento es uno de los pasajes más conocidos de la música clásica. Semejante a martillazos secos, hábilmente reconducidos por la sección de cuerda, comienza a crecer y enredarse en una construcción nada casual que lleva el dramatismo a extremos álgidos. De este motivo principal nacen todos los temas siguientes, en una atmósfera concentrada y monotemática que entra fácilmente por los oídos de cualquier oyente sea cual sea su origen y cultura, hasta el punto de ser inmediatamente silbada. El talento e inspiración de este primer movimiento enlazan con la trascendencia del segundo, una marcha fúnebre tremendamente bella y emotiva. Sin duda, el carácter contrapuesto de ambos movimientos crea una expectativa que se cumple en los movimientos 3º y 4º, más intensos y rápidos, lo que da a la sinfonía un comienzo fulgurante, una calma media y un impresionante final.
Lo más destacado del tercer movimiento, un scherzo, ritmo vivo y carácter alegre, realzado por las trompas y los contrabajos, es su complejidad, en lo que supone una aplicación al máximo de los componentes de una orquesta. El oyente asiste a una progresión rítmica apabullante, que no es más que un elaborado puente hasta el cuarto movimiento, con aires de marcha final. Mucho se ha escrito sobre este cuarto movimiento, en el que algunos musicólogos ven una interrelación con una popular melodía infantil de la época, “A, B, C, die Katze lief im Schnee” (“A, B, C, el gato corrió por la nieve”); es una teoría firme, visto el gusto de Beethoven por arreglar canciones popular y crear lieder (cantos), como su conocido “A la amada lejana”. En lo que todos coinciden es que se trata de un broche perfecto a la sinfonía, un gozoso final que hilvana y culmina la obra y cuyos compases alternados y crecientes aún maravillan por su brillantez, su contundencia y el despliegue de virtuosismo que exigen. Por todo ello, la Quinta Sinfonía es de escucha obligada para todo buen melómano e, incluso, para el que no lo es.
