Pedro Abelardo

Keywords: Pedro Abelardo, 1079, 1092, 1102, 1108, 1115, 1120

Pierre Abailard (Bretaña, 1079 – Chalons, 1142), llamado en latín Petrus Abelardus, en español Pedro Abelardo, fue un monje, poeta, filósofo y teólogo de la escuela escolástica. Fue un brillante lógico, dialéctico y maestro, y la influencia de sus obras teológicas fue crucial en la fijación del método discursivo del escolasticismo; sin embargo, sus obras no volvieron a editarse en toda la Edad Moderna, y ha pasado a la historia sobre todo por el recuerdo de su relación sentimental con Eloísa.

Tabla de contenidos

Vida

Juventud

Su padre Berenger era hombre rico y le dio una educación esmerada. Abelardo se apasionó desde sus primeros años por el estudio; renunció a la carrera militar y estudió lógica y dialéctica. Tuvo, muy joven todavía, ocasiones de oír las lecciones de Juan Roscelino, a quien más de una vez llamaría maestro.

Roscelino fue el fundador de la escuela denominada nominalista; según esta doctrina, los nombres abstractos como virtud, humanidad o libertad carecen en absoluto de existencia real, y cada uno de esos vocablos es un simple sonido o flatus vocis. El nominalismo fue combatido por san Anselmo de Canterbury en nombre del realismo, doctrina antagónica que sostenía la realidad de los universales, afirmando que todos los sujetos de los que se predica una noción común (libre o humano) poseen realmente un rasgo común en su naturaleza. El nominalismo sería condenado por el concilio de Soissons en 1092 como falso e incompatible con el dogma de la Santísima Trinidad.

Primeros estudios en París

A los veinte años Abelardo se trasladó a París, cuya escuela episcopal era, a la sazón, la más famosa y la más concurrida; su jefe o cabeza era el archidiácono Guillermo de Champeaux. Abelardo acudió a oír las lecciones de Guillermo y muy pronto el discípulo se convirtió en competidor. Estudió en París primeramente retórica, gramática y dialéctica, las disciplinas del trivium preparatorio de la formación de la época, y luego aritmética, geometría, astronomía y música, que componían el quadrivium de estudios más avanzados, con lo que obtuvo el título de Magister in Artibus.

La rivalidad con Guillermo de Champeaux

Seguro de su ciencia, buscó lugar a propósito en que establecer su cátedra y escogió Melún, ciudad muy importante por aquel entonces, donde fundó en 1102 una escuela que trasladó muy pronto a Corbeil, quizás para hallarse más próximo a París, cuya escuela era el blanco de sus aspiraciones. El esfuerzo de la enseñanza resultó dañino para su salud, y abandonó la práctica durante un tiempo. En 1108 tuvo ocasión de disputar públicamente con de Champeaux acerca del realismo, discusión en la que obtuvo un éxito rotundo que consolidó su reputación.

Habiendo sido su adversario nombrado obispo de Chalons-sur-Marne, ascendió Abelardo a jefe de la escuela de París, donde llegó brevísimamente al apogeo de su celebridad. Su escuela fue tan famosa, que, según dice Guizot, se educaron en ella un papa (Celestino II), diecinueve cardenales, más de cincuenta obispos y arzobispos franceses, ingleses y alemanes, y un número mucho mayor de controversistas, entre ellos Arnaldo de Brescia. Dícese que el total de sus discípulos en aquella época ascendía a 5000.

Relación con Eloísa

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Fragmento de Les Amours d'Héloïse et d'Abeilard (1819), de Jean Vignaud

Además de la práctica de la enseñanza, Abelardo se dedicó a la música, componiendo en lenguaje sencillo y aun vulgar, canciones que solazaban extraordinariamente a las damas y divertían sobremanera a los estudiantes. De esta época data su relación con Eloísa, sobrina de Fulberto, canónigo de la Catedral de París, a quien conoció alrededor de 1115; enamorado de ella, se introdujo en casa de Fulberto como su preceptor, y mantuvieron relaciones amorosas, que al fin fueron descubiertas por Fulberto.

Eloísa fue enviada a Bretaña a casa de una hermana suya, donde dio a luz un niño, al cual pusieron por nombre Astrolabio, y Fulberto insistió en que Abelardo reparara por medio del matrimonio la falta cometida. Abelardo accedió de buena gana a la proposición de Fulberto; pero Eloísa aceptó el casamiento con repugnancia, por temor de cerrar todo porvenir a su amante; pues las dignidades eclesiásticas no se daban ya entonces sino a los célibes.

El matrimonio se celebró en París y se convino en tenerlo secreto; pero Fulberto trabajó para darle publicidad; y negando Eloísa con juramento que se hubiera casado, resultó entre el tío y la sobrina, que vivía con él, una desavenencia, que obligó a Abelardo a llevar a su esposa a un convento de Argenteuil, cerca de París. Fulberto, creyendo que Abelardo quería obligarla a hacerse monja para librarse de ella, juró vengarse, y en breve encontró medio de ejecutar su cruel venganza. Sobornó a un criado, y entrando con algunos servidores en el cuarto de Abelardo, entre todos le mutilaron y después huyeron. El criado y otro de los agresores fueron presos y castigados con igual mutilación y además con la pérdida de los ojos, y el canónigo Fulberto fue desterrado de París y se le confiscaron todos sus bienes. Abelardo curó de su herida; pero, como las leyes canónicas le incapacitaban para ejercer oficios eclesiásticos, entró fraile en el monasterio de San Dionisio, mientras Eloísa se hacía monja en el convento de Argenteuil.

Retorno a la enseñanza

Los discípulos de Abelardo suplicaron con grandes instancias a su maestro que reanudase sus lecciones: él accedió por último y abrió desde luego en Saint-Denis su cátedra, que trasladó muy pronto a Saint-Ayoul, cerca de Provins. Renováronse entonces los triunfos y las glorias de Abelardo, cuyo resultado fue despertar envidias y producir celos en los demás maestros. Inspirados acaso por fervor religioso, quizás también por espíritu de venganza, tal vez obedeciendo a sugestiones del uno y del otro, todos ellos se declararon unánimemente contrarios a las doctrinas expuestas por Abelardo en su obra Introducción a la Teología, y obtuvieron del obispo de Préneste, legado en Francia del soberano Pontífice, que convocase el Concilio de Soissons en 1121.

Acusaciones de herejía

Acusado de haber admitido tres dioses, en vez de uno, en el dogma de la Trinidad, Abelardo puso su obra en manos de sus jueces retándoles a que señalasen el lugar del libro en que hubiera una afirmación o una indicación siquiera justificante de la sospecha de herejía lanzada contra su libro. Ninguno de los jueces contestó por el pronto al reto de Abelardo: todos guardaron silencio profundísimo. Pero al fin, uno de los asistentes se atrevió a decir que de un pasaje de la obra se deducía que el autor negaba la omnipotencia a dos de las tres personas de la Santísima Trinidad y que la reconocía en una sola.

Lanzada semejante acusación, levantóse en la asamblea clamor inmenso, eleváronse ruidosas protestas, y la confusión fue tan grande que Abelardo no pudo hacerse oír. Entonces el acusado comentó a recitar el credo de San Atanasio; pero el ruido y el tumulto crecieron hasta el punto de ahogar por completo la voz del temido polemista. Cuéntase que entonces Abelardo lloró de indignación y de rabia y, sin haber sido oído, fue condenado a varios días de cárcel y a quemar por su propia mano el libro que había motivado tal castigo.

La sentencia fue cumplida en todas sus partes; y, una vez en libertad, Abelardo reanudó sus explicaciones; pero muy pronto tuvo serios disgustos con otros vecinos, los ignorantes y vengativos frailes de San Dionisio. Pretendían éstos que el fundador de su abadía había sido san Dionisio Areopagita. Abelardo les demostró con testimonios históricos incontrovertibles lo que había en semejante pretensión de imposible y de absurdo. Pero la controversia se enardeció por una y por otra parte en tales términos, que avisado Abelardo de que se trataba de denunciarle al rey por maldiciente, creyó de prudencia huir, como en efecto lo hizo, y refugiarse a los Estados del conde de Champagne, bajo cuya protección se puso.

El Parácleto

En un sitio solitario de las cercanías de Troyes erigió por sí mismo un oratorio de adobes y paja, y allí comenzó a dar lecciones, a las cuales concurría tan gran numero de discípulos, que el oratorio en breve, de edificio de adobes, se convirtió en otro de piedra y madera, al cual Abelardo puso el nombre de Parácleto, del griego παρακλειτος, parakleitos, "consolador", un epíteto del Espíritu Santo.

La enseñanza de su filosofía no había cambiado de carácter por lo que luego se vio. Las suspicacias, los recelos, las envidias no cesaron de perseguir al maestro; y, fundándose muchas veces en los pretextos más frívolos, cayeron sobre esta Academia de escolástica establecida en medio de los campos. Fue imputado como un crimen el nombre de Parácleto estampado por Abelardo en el frontis de la capilla que había labrado. Existía entonces la costumbre de consagrar las Iglesias o a la Trinidad completa, sin distinción de personas, o en todo caso al hijo solamente. Se vio, o se quiso ver en esta elección no usual una segunda intención con cierto olor y aun sabor de herejía. De todos modos, la dedicatoria del templo era una novedad y procedía de un hombre en el cual toda novedad era sospechosa.

Traslado a Bretaña

Con el crecimiento de su escuela, la hostilidad contra Abelardo se acrecentó. Figuras principales en la crítica serían san Norberto, fundador en 1120, de la orden de canónigos regulares, y san Bernardo de Claraval, abad de Clairvaux, punto poco distante del Parácleto. Este último, que había fundado pocos años antes el convento de Clairvaux, de extremo rigor y severidad, lideraba una corriente de fuerte crítica a la influencia helénica y arábiga sobre la teología cristiana. La vehemente crítica de la metodología y enseñanzas de Abelardo que realizara Bernardo de Claraval indujo a éste a temer, no injustificadamente, una nueva acusación de herejía. Abandonó, por lo tanto, el Parácleto para refugiarse en Bretaña, en el antiguo monasterio de Saint-Guildas de Rhuys, sobre un promontorio que se extiende a lo largo de las lagunas de Morbihán. Abelardo llegó a ser abad de aquel monasterio.

Se cree que por entonces debió de escribir Sic et Non ("Sí y no"), un compendio de referencias de los Padres de la Iglesia sobre cuestiones escogidas de teología que revela las muy contradictorias opiniones que estos habían sostenido sobre varios temas; a diferencia de autores posteriores, en especial Tomás de Aquino, que haría de la resolución de opiniones contrapuestas el pilar de sus Summae, Abelardo no puso mayor énfasis en la conciliación de las opiniones, acotando simplemente que muchas de las diferencias se reducían a cuestiones de polisemia lingüística. Sin embargo, la obra —dirigida a criticar la posición de san Bernardo, que negaba que las proposiciones teológicas requiriesen más que el sentido común para su elucidación— reavivó la disputa con los antidialécticos. Un tratado teológico sobre la trinidad escrito sobre las mismas fechas, el Theologia cristiana, en que elaboraba una sofisticada teoría metafísica y lingüística de la identidad para elucidar cuestiones teológicas, llevó a que Bernardo lo denunciase por hereje frente a Roma, afirmando en carta al papa Inocencio II que Abelardo pretendía reducir las cuestiones de fe a cuestiones de razón y negar la revelación divina.

El concilio de Sens

Dado el prestigio de Bernardo, fue convocado un concilio que se reunió el domingo 2 de junio de 1140 en Sens, ciudad casi completamente eclesiástica y metrópoli de París, en aquella época. Hubo gran concurrencia de arzobispos, obispos y abades, y el mismo rey Luis VII el Joven concurrió a presenciar la asamblea. San Bernardo ejerció el cargo de acusador ante el concilio; de los libros residenciados había seleccionado 17 proposiciones que se suponía encerraban las herejías de Arrio, de Sabelio, de Nestorio y de Pelagio relativas a la Trinidad y la Gracia. Se acusó también a Abelardo de haber enseñado que el pecado no reside en el hecho material, sino en la voluntad, o mejor dicho, en la intención y el asentimiento dado al mal conscientemente. Abelardo se negó a escuchar la opinión del concilio, compuesto por sus superiores natos, afirmando que sólo el Papa podía expedirse sobre la propiedad de los textos. Su actitud, juzgada escandalosa, fue sin embargo aceptada. Inocencio II aprobó el concilio de Sens, ordenó que los libros heréticos fuesen quemados y condeno al autor a perpetuo silencio.

Residencia en Cluny y últimos años

Abelardo, convencido de su inocencia, intentó apelar personalmente ante la Santa Sede y se dirigió a Roma. Al pasar por la abadía de Cluny, el abada de la misma, san Pedro de Cluny el Venerable, le retuvo; su mediación obtuvo el perdón del papa, y llegó hasta reconciliar a Abelardo con san Bernardo.

Abelardo residió un tiempo en Cluny, hasta que una enfermedad muy dolorosa de la piel le obligó a trasladarse al priorato de San Marcelo, cerca de Chalons. En aquel alejamiento del mundo continuó su vida de aplicación y de estudio. A pesar de su debilidad y de sus sufrimientos no pasaba un momento sin dedicarse a la lectura y la escritura. Sus dolencias crónicas tomaron un carácter alarmante y murió a la edad de sesenta y tres años.

Eloísa solicitó entonces y obtuvo las cenizas de su esposo. Este se las había ofrecido en una de sus cartas en la cual se leen las palabras siguientes: "Entonces me verás, no para derramar lágrimas, que ya no será tiempo: viértelas ahora para apagar en ellas ardores criminales: entonces me veras, para fortificar tu piedad con el horror de un cadáver, y mi muerte, más elocuente que yo, te dirá qué es lo que se ama cuando se ama a un hombre." Eloísa hizo enterrar en el Parácleto el cuerpo de su esposo, inmortalizado por ella, quizás más que por las obras del mismo Abelardo, y Pedro el Venerable escribió un epitafio para la tumba.

El Parácleto fue suprimido en 1792 y vendido en beneficio del Estado; pero la revolución exceptuó de la venta el sepulcro que encierra, según creencia general, los restos de Eloísa y Abelardo, que fueron trasladados posteriormente al cementerio de Pêre Lachaise en París, donde actualmente se hallan.

Obras

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Wikisource

En Wikisource hay algunas obras de Pedro Abelardo.

Todas las obras de Abelardo, si se exceptúan su correspondencia amorosa con Eloísa y su Historia de las calamidades, son de teología y de filosofía. Se han editado

En París (1823), en formato de cuarto, se publicó su correspondencia con el título de Antigua Eloísa, manuscrito nuevamente hallado de las cartas inéditas de Abelardo y de Eloísa, traducido por M. Longchamps y publicado con nota histórica por A. de Puyberland. En la misma ciudad, en 1836, Víctor Cousin publicó en francés las Obras inéditas de Abelardo para servir a la historia de la filosofía escolástica de Francia. En 1837 volvieron a editarse las cartas de Abelardo y Eloísa

Charles de Rémusat publicó en 1844 un estudio sobre el filósofo con el título Abelardo, su vida, su filosofía, y su teología, donde afirma que Abelardo se anticipó a Malebranche y a Leibnitz por profesar estos dos principios del optimismo: "No haciendo Dios más que lo que debe hacer, lo que hace Dios es lo mejor posible." Abelardo también precedió a Fénelón en hacer del puro amor de Dios la fuente única de la moralidad religiosa: amor de Dios independiente de todo temor y de todo interés, de toda esperanza de salvación y de toda preocupación de condena.

Referencias

Enlaces Externos

Abelard, Pierre

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