Pablo IV
Keywords: Pablo IV, 1476, 1555, 1556, 1557, 1559, 18 de agosto, 23 de mayo
| Pablo IV | |
| Nombre | Giovanni Pietro Carafa |
| Comienzo del papado | 23 de mayo de 1555 |
| Fin del papado | 18 de agosto de 1559 |
| Predecesor | Papa Marcelo II |
| Sucesor | Papa Pío IV |
| Fecha de nacimiento | 28 de junio de 1476 |
| Lugar de nacimiento | Nápoles, Italia |
| Fecha de muerte | 18 de agosto de 1559 |
| Lugar de muerte | Roma, Italia |
Gian Pietro Caraffa era ya casi octogenario cuando fue elegido papa con el nombre de Pablo IV el 23 de mayo de 1555. Ejerció el pontificado hasta su muerte el 18 de agosto de 1559.
Cuando accedió al solio pontificio el dilatado concilio de Trento se encontraba paralizado, pero tampoco él estuvo dispuesto a proseguirlo; en su caso no por falta material de tiempo, como le ocurrió a su antecesor Marcelo II que sólo gobernó la Iglesia durante 22 días, sino porque su talante teocrático le elevaba por encima de los emperadores, reyes, prelados y demás dignidades de este mundo; él era el papa y nadie ni nada estaba sobre él; él se bastaba y sobraba para reglamentar la función de la iglesia y la vida de los creyentes. En otras palabras: el papa Caraffa no necesitaba ningún concilio, la verdad y el dogma los dictaba él, y para evitar cualquier tentación desviacionista poseía además un eficaz instrumento: la Inquisición romana o Santo Oficio.
Pablo IV utilizó esta institución producto de su iniciativa con auténtica cólera. Asistido por otro vesánico, el dominico Antonio Ghislieri (luego Pío V), persiguió con furor no ya la herejía y el sacrilegio sino la simple discrepancia o la mera opinión con apariencia heterodoxa, aunque ésta proviniese de personas autorizadas y teológicamente íntegras. El cardenal Giovanni Morone, a quien cabría el honor de oficiar la clausura del concilio tridentino años después, fue encarcelado en la prisión de Engelsburgo por estar en desacuerdo sobre el uso del terror con fines religiosos. El cardenal Reginald Pole también fue blanco del terrible dardo pontificio: firme candidato junto con el propio Caraffa al solio papal que ahora ocupaba éste, había intervenido eficazmente en el retorno de Inglaterra a la comunión católica-romana bajo el reinado de María Tudor, pero no secundaba las inflexibles demandas del papa de restitución de los bienes de la iglesia anteriormente confiscados; fue llamado a Roma para comparecer ante la Inquisición, algo que no consintió la reina María que interceptó el requerimiento e impidió que Pole se personase ante el tribunal religioso. Tampoco se libraron del rigor inquisitorio el patriarca de Aquilea o el arzobispo de Toledo, Bartolomé de Carranza, y escaparon de él con fortuna almas a las que luego se les reconocería la santidad, como Teresa de Jesús o Juan de Ávila.
Los judíos sufrieron también el fanatismo de Pablo IV que los hizo objeto de su bula Cum nimis absurdum. Los confinó en un gueto en Roma, les despojó de sus propiedades y los redujo a la condición de esclavos, trato que, según él, merecían por su intervención en la muerte de Jesucristo.
Pablo IV era napolitano de origen, de Avellino, Campania, y había experimentado el dominio español sobre su patria. Quizá de aquí le viniese un odio exacerbado hacia España que debió acrecérsele en su estancia en este país como nuncio de León X. Su enfermiza animadversión hacia todo lo español, representado por su rey, Carlos I, antes, y Felipe II, después, le llevó a luchar encarnizadamente contra ambos en un intento irrefrenable de expulsar a los españoles de Italia y acabar con el poder de los Habsburgo. Emulando a Julio II en su grito de «fuera los bárbaros» y utilizando sus mismos procedimientos, Pablo IV, que no se veía a sí mismo con capacidad bélica para enfrentar a los ejércitos españoles, apremió a Francia, con quien España acababa de firmar el tratado de paz de Vaucelles (1556), para que atacase las posesiones españolas en Italia. No se conformó con permanecer militarmente pasivo y unió sus tropas a las de Enrique II con la mira puesta en arrojar de Nápoles, y luego de toda la península, a los «bárbaros» españoles. Ese mismo año de 1556 Carlos I abdicaba la corona de España en su hijo Felipe II, por lo que fue éste quien tuvo que habérselas con el iracundo pontífice. De todos modos, el rey de España y emperador de Alemania aún vivió dos años más, de forma que tuvo tiempo de ser objeto de los anatemas papales: fue excomulgado, como también lo fue Felipe II, el ultracatólico monarca.
Así pues, roto el tratado de Vaucelles por instigación papal, Enrique II dirigió contra las posesiones hispanas en el sur de Italia el ejército combinado de Francia y los Estados Pontificios al mando del duque de Guisa; pero allí le esperaba prevenido el virrey de Nápoles, Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba, al frente de un nutrido y bien adiestrado ejército español. Felipe II, el mayor defensor de la fe católica y de la autoridad pontificia, trató de comportarse con comedimiento ante las frenéticas embestidas del perturbado papa; no obstante no dejó que se antepusiera su reconocida fidelidad a la iglesia a la salvaguarda de sus estados.
El duque de Alba no esperó a que el enemigo llegase hasta él, sino que tomó la iniciativa y marchó hacia Roma. Batió a los franceses en todos sus encuentros y nada se le resistió en su avance. Ocupó diversas plazas pertenecientes a los estados pontificios, entra ellas la misma Agnani, dejando constancia de que la captura era circunstancial y que las retendría sólo hasta que el indigno papa fuese depuesto y sustituido. En abril de 1557 obtuvo un resonado triunfo en Civitella del Tronto donde el ejército franco-papal quedó seriamente desgastado. Su mermada fuerza se desmoronó finalmente cuando el 27 de agosto de ese año las tropas de Felipe II infligieron a las francesas el rotundo descalabro de San Quintín y el duque de Guisa fue llamado precipitadamente a la defensa de su propio país. El duque de Alba entró en Roma sin oposición; allí encontró a un papa destrozado y rendido que suplicaba la paz. Se le concedió. Pablo IV se comprometió a no fomentar ni hacer la guerra al monarca español y a no realizar nuevas fortificaciones en las plazas de soberanía eclesiástica.
Asimilada la dura lección, Pablo IV se apartó de los asuntos políticos y desistió de continuar anteriores acciones bélicas. Por otro lado, el 3 de abril de 1559 se firmaba la paz de Cateau-Cambrésis entre Felipe II y Enrique II, con lo que se daban por concluidas las guerras italianas entre sus respectivos países. Unos meses después, el 18 de agosto, moría el papa cuya crueldad y hostilidad hacia todo y hacia todos concitó al fin el odio del pueblo romano; los mismos ciudadanos de Roma que habían celebrado su nombramiento erigiendo en su honor una estatua en un lugar descollado de la ciudad, tras su borrascoso mandato la derribaron y mutilaron, y, no conformes con este acto de simbólico repudio, incendiaron el palacio de la Inquisición, saquearon el convento de los dominicos y pusieron en libertad a los reos inquisitoriales. El papa Caraffa no resultó ser una figura popular.
| Predecesor: Marcelo II | Papa 1555 - 1559 | Sucesor: Pío IV |
Pablo IV
