La religión en la sociedad inca
Keywords: La religión en la sociedad inca, 1450, 1537, 1539, 1548, 1598, 1616, Alpaca (animal)
En todo lo analizado de la sociedad inca, encontramos indicios que nos permiten inferir que la religión y la superstición estaban constantemente presentes en todos los ámbitos del quehacer inca.
Indudablemente la religión y la leyenda con connotaciones religiosas era una de las vertientes principales a partir de las cuales, no sólo se materializaban la historia de los incas sino que regía la propia sociedad.
En la leyenda de formación del Imperio Inca, ya observamos una marcada diferenciación sexual entre hombre y mujer. Observamos que los dos personajes principales Manco Cápac y Mama Ocllo, ambos son enviados para sacar de la ignorancia a las tribus americanas.
A Mama Ocllo se le da el encargo de instruir a las mujeres en las artes domésticas: “Mientras Manco instruye a los hombres en las primeras normas de la vida civil y en el cultivo de los campos, Mama Ocllo enseña a las mujeres las artes domésticas, a hilar y tejer” (Víctor W. Von Hagen, “El Imperio de los Incas”).
En el ámbito de la religión, la mujer tenía suma importancia, lo que se observa tanto en el terreno del panteón inca como en el terreno de las instituciones religiosas, pilares ambos del mundo espiritual inca.
Entre los dioses destacaba por su veneración la diosa “Pachacámac”, diosa de la Tierra, era la procreadora de los primeros hombres, plantas y animales, por ello era muy venerada en el ámbito doméstico.
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Las casas de las escogidas
La institución religiosa más importante era la de las Vírgenes del Sol como las llamaron los españoles. Este grupo privilegiado de las mujeres escogidas o acllas, cuya organización y modo de vida tanto llamaron la atención de los conquistadores, genera discusiones sobre la exactitud de esta institución.
La mayoría de historiadores aceptan que estas mujeres eran seleccionadas o escogidas desde la pubertad, entre las hijas del pueblo (runas) y junto a las de la nobleza, eran educadas y preparadas para cumplir importantes misiones.
“Durante cuatro años recibían una educación esmerada que abarcaba desde el perfeccionamiento del idioma y las artes domésticas, hasta la iniciación en los secretos de la religión y el culto” (María Concepción Bravo Guerreira, profesora de Cultura Inca).
Otro grupo de historiadores opinan por que una parte de ellas eran destinadas a servir de esposas o concubinas para la élite y el resto, las mamacunas, las verdaderas Vírgenes del Sol, dedicaban su vida al cuidado de los templos y del culto estatal, recluidas perpetuamente en los Acllahuasi anexos a los templos, obligadas a guardar perpetua castidad y sujetas a una rígida disciplina. La profesora María Concepción Bravo Guerreira, relata que: “Otras en pequeño número, eran destinadas como víctimas en sacrificios religiosos”.
Esta institución que llamó la atención de los cronistas españoles, sigue interesando a los investigadores actuales, realmente, sobre el tema, se ha escrito mucho; según Garcilaso de la Vega en su obra “Comentarios Reales” la mayoría por ignorancia de la cultura inca, han confundido la casa de las Vírgenes Escogidas del Sol con las otras Casas de Escogidas, dando un relato poco válido en sus pautas esenciales.
La mayoría de los historiadores, exponen en efecto lo citado anteriormente, que eran reclutadas las sumamente hermosas y prosperas de la sociedad inca, que eran enclaustradas desde muy jóvenes. Las Vírgenes del Sol, hilaban, bordaban, tejían, preparaban la chicha y mantenían el fuego sagrado, pero no trabajaban para ellas mismas, sino para el Sol que era su marido y por esta razón les era impuesta una castidad rigurosa.
Según estos autores una vez escogidas por los representantes del Inca, debían cumplir un noviciado: se presentaban ante el Consejo Imperial, si eran ratificadas como las más hermosas se les asignaba una renta en especie y una servidora; a continuación el gran sacerdote procedía a su interrogatorio, investigando los sacrificios realizados por su familia en diferentes circunstancias y se pasaba a una ceremonia donde se le cortaba una parte de sus cabellos, dejándoles trozos sobre la frente y en las sienes; finalmente se le entregaba un velo gris y vestidos grises.
Desde este momento, la jovencita se convierte en novicia y forma parte de un grupo de diez, dirigido por una persona mayor y experimentada. La jerarquía latente en la sociedad inca fuera de la Casa de las Escogidas también se manifestaba de forma rigurosa en estas casas; había una total separación entre las novicias nobles y la de las clases populares y tenían criadas pertenecientes a su mismo rango social.
Louis Baudin, habla de que esta separación también era debida a que no todas las muchachas que habían ingresado para convertirse en Vírgenes del Sol, lo lograban: “La separación era tan rigurosa, porque entre las novicias se encontraban hijas de altos personajes que iban a perfeccionar su educación, pero sin tener la intención de consagrarse ulteriormente al culto del Sol, y que eran retiradas por sus padres a la edad de 18 años. Sin embargo, si alguna de ellas tenía vocación religiosa, el tiempo que había pasado en la casa de las Vírgenes Escogidas se le consideraba como parte del noviciado” (Louis Baudin, “La vida cotidiana en el tiempo de los Incas”).
Pasados los tres años el gran sacerdote, acompañado por el Zapa Inca o su representante, se presentaba en el templo y hacía comparecer a las candidatas y sus directoras; las invitaba a hacer una elección definitiva entre el matrimonio y la consagración al Sol. En este último caso, la jovencita vestía de blanco (aquí puede verse otra vez la importancia de la variación del vestido y el peinado como elemento distintivo de un cambio importante en el status social o religioso), procedían a los sacrificios y danzas religiosas para pasar al rango de Vírgenes del Sol; desde este momento no podían ya salir del templo más que para ir a otro santuario con la misión de adornarlos y la condición de ir acompañadas al menos por alguna de sus compañeras, por ciertas ancianas empleadas de la casa, por sus servidoras y por dos guardias del templo que llevaban lanza y arco.
Punto de vista de Garcilaso de la Vega
Ante esta visión Garcilaso de la Vega, ofrece otro punto de vista sobre todo en aspectos puntuales, pero de suma importancia: Garcilaso de la Vega habla de dos tipos de Casas de Escogidas, las destinadas a las Vírgenes del Sol y las destinadas a las muchachas escogidas por su hermosura que como gran privilegio podían pasar a ser concubinas del monarca inca.
Esta división se efectuaba principalmente a partir de la sangre, es decir, las vírgenes escogidas para el Sol aparte de ser las más hermosas, tenían que ser de sangre real, ya que iban a ser las mujeres del Sol: “Y porque las vírgenes de aquella casa…eran dedicadas para mujeres del Sol, habían de ser de su misma sangre, quiero decir, hijas de los incas, como de sus deudos y legítimas… porque de la mezclas con sangre ajena, que llamaban bastardas, no podían entrar”.
“Porque habiendo de tener hijos del Sol, como ellas imaginaban, no era razón que fueran bastardas, mezcladas de sangre divina y humana. Por tanto habían de ser legítimas de sangre real, que era la misma del Sol” (Garcilaso de la Vega, “Comentarios Reales”: el origen de los incas).
Estas mujeres escogidas, se dedicaban exclusivamente a efectuar el trabajo de la mujer para su marido, el Sol; como éste no podía gozar de sus labores directamente, se las ofrecían al Zapa Inca, el hijo del Sol (la ropa tejida por las vírgenes escogidas sólo podía ser utilizada por la familia real ya que estaba hecha por las mujeres del gran dios y sólo era posible que las llevaran los de su linaje); esta labor estaba bajo el mandato de sus mamacunas que habían sido también escogidas Vírgenes del Sol, que por su gran experiencia, ejercían como profesoras.
La ropa tejida por las Vírgenes del Sol y que pasaba al Zapa Inca, nunca podía ser regalada ninguna de estas piezas a otro que no fuera de su linaje real. “Y así el mismo Inca no podía darla a otro alguno que no fuera de su linaje y parentela, porque las cosas divinas, decían ellos, no era lícito, sino sacrilegio emplearlas en hombres humanos” (Garcilaso de la Vega, “Comentarios Reales”: el origen de los incas).
Ciertamente vivían en perpetua clausura y en perpetua virginidad; su clausura era tan grande que hasta el propio Zapa Inca no quería gozar del privilegio que como Zapa Inca podía tener de verlas y hablar con ellas, sólo la coya y sus hijas tenían licencia de entrada en la casa y hablar con ellas.
La ley era muy rígida para estas escogidas del Sol, sobre todo en lo que respecta a la virginidad. “Para la monja que delinquiese contra su virginidad, su castigo era que la enterrasen viva y al cómplice mandaban ahorcar…mandaba la ley matar sus parientes y todos los vecinos y moradores del pueblo y todo su ganado, derrumbaban el pueblo, y lo sembraban de piedras, el sitio quedaba maldito y excomulgado” (Garcilaso de la Vega, “Comentarios Reales”: el origen de los incas).
Junto a las casas de las escogidas, había otras, pero que tenían una función distinta. En ella se encontraban también las muchachas del pueblo inca más hermosas, que por consenso pasaban desde muy jóvenes, para asegurar que eran vírgenes, al estado de escogidas, que se destinaban para concubinas del Zapa Inca: “… así, como las bastardas entraban por gran favor y merced del tipo de gente común, las que eran escogidas por muy hermosas, porque eran para mujeres o concubinas del inca, y no del sol…” (Garcilaso de la Vega, “Comentarios Reales”, el origen de los incas).
Estas mujeres también tenían sus profesoras, y sus servidoras. Aprendían el trabajo doméstico y tejían para el Zapa Inca. Vivían de la hacienda del Zapa Inca porque eran sus mujeres y tenían leyes tan rígidas respecto a su virginidad como las escogidas para Vírgenes del Sol.
El Zapa Inca podía escoger entre éstas, que se consideraban todas sus mujeres para mantener relaciones sexuales y vivir en concubinato; ahora, una vez el acto se había consumado, la concubina no podía volver otra vez a la casa de las escogidas: “Las que una vez salían para concubinas del Inca, como ya corruptas, no podían volver a la casa; servían en la casa real como damas o criadas de la Coya hasta que las jubilaban y daban licencia para que volvieran a sus tierras”.
“Las que no alcanzaban a ser concubinas del Inca, se quedaban en la casa hasta viejas, entonces tenían libertad para irse a sus tierras donde eran servidas o se quedaban en la casa hasta morir” (Garcilaso de la Vega, “Comentarios Reales”: el origen de los incas).
En ambos casos, si volvían a sus tierras, eran veneradas por la población, que tenía el privilegio de convivir con una mujer del Inca y gozaba de gran riqueza que el Inca le había cedido en pago de sus servicios. Garcilaso de la Vega, alega que ha habido otra confusión importante entre los cronistas: “el considerar que estas mujeres eran muchas veces concedidas a los súbditos más leales como mujeres legítimas de manos del Inca”, Garcilaso de la Vega alega que “esto ocurrió escasas veces, y que las mujeres que se cedían eran las hijas de capitanes, curacas, etc., que estaban al mismo nivel social que sus futuros maridos”.
Para M. Hernández Sánchez – Barba, el Zapa Inca tenía seis casas para sus mujeres; eran palacios con jardines y flores, huertas, estanques y toda clase de comodidades en sus aposentos: “Las indias de las seis casas vivían como grandes señoras y eran muy estimadas por el Inca y por la aristocracia. Las de la primera casa eran hijas de los aristócratas; solamente las visitaba el Inca, al cual le hacían su ropa; las de la segunda casa se llamaban “coyanguarme” y eran las cocineras del soberano; eran del mismo linaje que las de la primera casa y salían para casarse; las de la tercera casa se llamaban “guyruella” y de entre ellas salían las que se casaban con los principales del reino; las de la cuarta casa se llamaban “taquiaclla” y se dedicaban al canto y a la música cuando las visitaba el Inca o gente principal; tenían de nueve a quince años, renovándose constantemente para que siempre las que vivieran tuvieses esas edades; las de la quinta casa, llamadas “viñachicuy”, estaban exclusivamente dedicadas al servicio de los dioses, eran propiamente las vestales. Por último, las de la sexta casa eran escogidas, no eran cuzqueñas, y sumamente hermosas, reclutadas entre la gente del campo entre los quince y los dieciocho años de edad; eran las concubinas del Inca. Cuando éste las visitaba, esperaba cada una en su aposento esperando ser la elegida”.
Es interesante observar, cómo la virginidad, que en el ámbito de los runas (pueblo) o común y ordinario no tiene ninguna importancia, y en donde más bien, la pérdida de ella es como un signo de orgullo; al pasar a la esfera de lo religioso, de lo venerado, la virginidad tiene una importancia trascendental.
Las Mujeres Públicas
En el extremo opuesto de la escala y castigada por la religión y la sociedad, estaban las mujeres públicas: vivían en el campo en muy malas condiciones, no podían entrar en los pueblos por no encontrarse con otras mujeres, las llamaban “paupyruna” (gente que vive en el campo por su mal oficio). Los hombres las trataban con desprecio y las mujeres no hablaban con ellas so pena de ser trasquiladas en público.
Religiosidad
Los incas asumen los cultos de los pueblos vencidos, al mismo tiempo que les imponen su religión de Estado. Se produce, pues, una subordinación de las religiones tribales a la religión solar de los incas. Un Dios Creador, Viracocha o Pachacámac, invisible, incognoscible e impensable, está desde los orígenes legendarios por encima del dios Sol y de los diversos ídolos. Garcilaso de la Vega, hijo de una capitán español y de una india noble (1539 – 1616), en cuanto “indio católico por la gracia de Dios”, asegura que Pachacámac (“pacha, mundo; “cama”, animar) es ciertamente Creador, “la divinidad suprema que da la vida a los seres y al universo” (“Comentarios Reales” II, 6; + Acosta, “Historia Natural” VI, 19; 21).
Este elevado culto, sin embargo, que de hecho limitado a las clases superiores, en tanto que el pueblo venera las “huacas”, nombre con el que se designan todas las sacralidades fundamentales, ídolos, templos, tumbas, momias, lugares sagrados, animales, aquellos astros de los que los ayllus (clanes) creían descender, los propios antepasados, y en fin, la huaca principal, el Sol. Incluso los incas “adoran los árboles de la coca que comen ellos y así les llaman “coca mama” (la coca ceremonial)” (Guamán Poma de Ayala, 269).
El mundo de los incas, a diferencia del de los aztecas, apenas produjo notables lugares de culto, fuera del conjunto de templos de Tiahuanaco o del Cuzco. Poseía, eso sí, al modo de los aztecas, un importante cuerpo sacerdotal, numeroso y fuertemente jerarquizado. Y el inca, como hijo del dios Solar, era la suprema autoridad religiosa.
Por lo demás, en el imperio inca, como en el azteca, toda la vida cívica se ve enmarcada en una sucesión de fiestas religiosas: se practica la confesión de los pecados, se celebran mortificaciones, ayunos y oraciones solemnes, hay ceremonias para la interpretación de signos fastos o nefastos, y también a veces embadurnan las huacas e imágenes divinas con la sangre de las víctimas sacrificadas. Especial importancia tiene también en la religiosidad de los incas la exposición de las momias de los antepasados en fiestas públicas o domésticas.
Sacrificios humanos rituales
Al parecer, los incas en sus sacrificios religiosos ofrendaban normalmente víctimas sustitutorias, como llamas. Garcilaso de la Vega y el jesuita Blas Valera (1548 –1598), experto en quechua e Historia del Perú, niegan que practicaran sacrificios humanos.
María Concepción Bravo Guerreira, dice: “numerosas informaciones, corroboradas por estudios arqueológicos, nos permiten afirmar que, aún cuando no fue muy usual, esta práctica no fue ajena a las manifestaciones religiosas de los incas. Las víctimas humanas (“copaccochas”), niños o adolescentes sin mácula ni defecto, eran sacrificadas con ocasión de ceremonias importantes en honor de divinidades y huacas, y también para propiciar buenas cosechas o ahuyentar desastres de pestes o sequías” (AV, Cultura y religión, 290; + 271). Recientes investigaciones, hechas en la región selvática sureste del Perú, han comprobado en ciertas tribus la persistencia actual del sacrificio ritual de doncellas (25/05/1997).
Guamán Poma de Ayala, cuando describe al detalle el calendario cívico – religioso de los incas, hace ver que los sacrificios humanos se producían entre los incas, no precisa la época, de forma ordinaria; así por ejemplo, en la fiesta “Ynti Raymi” de junio (Nueva Crónica, 247), en la “Chacra Yapuy Quilla" (mes de romper tierras) de agosto (251) o en la “Cápac Ynti Raymi” (fiesta del señor Sol) (259). El Inca supremo es quien ordenaba las normas de estos sacrificios (265, 273), y los “tocricoc” (corregidores) y “michoc incas” (jueces) debían rendirle cuentas de su fiel ejecución (271).
Al respecto, todo parece indicar que si existieron sacrificios humanos, en forma ocasional; como por ejemplo, ante la presencia de fenómenos aleatorios como el caso de grandes terremotos, producto de la tectónica de placas, común en el Perú, Ecuador, Chile y Argentina, debida a la Placa de Nazca, que los incas atribuían a la furia o enojo de los apus.
La presencia de la “Momia Juanita”, “Dama de Ampato” o “Dama de Hielo” (muerta alrededor del 1450 d.C.), en las faldas del Ampato en Arequipa, Perú, muerta durante el gobierno del Sapa Inca Pachakutiq Inka Yupanki, deducción hecha por los análisis y el fechado radioactivo respectivo; la “Momia Urpicha” (Pichu Pichu), “Momia Sarita” (Sara Sara), cinco momias encontradas en el nevado Misti y los restos de tres niños encontrados en el nevado Llullaillaco, Argentina, confirman lo afirmado, además de confirmar la presencia inca en el norte de Argentina (Tucumán).
Antropofagia
No es posible en algunas cuestiones hacer afirmaciones generales acerca del Imperio Inca, dada su enorme extensión y la relativa tolerancia que mantenía hacia los cultos y costumbres de las tribus sujetas.
Salvador de Madariaga, escribe: “hay datos suficientes para probar la omnipresencia del canibalismo en las Indias antes de la conquista. Unas veces limitado a ceremonias religiosas, otras veces revestido de religión para cubrir usos más amplios, y otras franco y abierto, sin relación necesaria con sacrificio alguno a los dioses, la costumbre de comer carne humana era general en los naturales del Nuevo Mundo al llegar los españoles. Los mismos incas que, si hemos de creer a Garcilaso, lucharon con denuedo contra la costumbre, se la encontraron en casi todas las campañas emprendidas contra los pueblos indios que rodeaban el imperio del Cuzco, y no consiguieron siempre arrancarla de raíz aún después de haber conseguido imponer su autoridad sobre los nuevos súbditos”.
“Sabemos por uno de los observadores más competentes e imparciales, además de indiófilo, de las costumbres de los naturales, el jesuita Blas Valera, dice que aún casi a fines del siglo XVI, y habla de presente, porque “entre aquellas gentes se usa hoy de aquella inhumanidad, los que viven en los Antis (Selva Amazónica|selva amazónica)]) comen carne humana, son más fieros que tigres, no tienen ley ni dios, ni sabe qué cosa es virtud; tampoco tienen ídolos ni semejanza de ellos; si cautivan alguno en la guerra o de cualquier otra suerte, sabiendo que es hombre plebeyo y bajo, lo hacen cuartos, y se los dan a sus amigos y criados para que se los coman o vendan en la carnicería: pero si es hombre noble, se juntan los más principales con sus mujeres e hijos, y como ministros del diablo, le desnudan, y vivo le atan a un palo, y con cuchillo y navajas de pedernales le cortan a pedazos, no desmembrándole, sino quitándole la carne de las partes donde hay más de ella; de las pantorrillas, muslos, asentaderas y molledos de los brazos, y con la sangre se rocían los varones, las mujeres e hijos, y entre todos comen la carne muy aprisa, sin dejarla bien cocer ni asar, ni aún mascar; tragándosela a bocados, de manera que el pobre paciente se ve vivo comido de otros y enterrado en sus vientres. Las mujeres, más crueles que los varones, untan los pezones de sus pechos con la sangre del desdichado para que sus hijuelos la mamen y beban en la leche. Todo eso se hace en lugar de sacrificio con gran regocijo y alegría, hasta que el hombre acaba de morir. Entonces acaban de comer sus carnes con todo lo de dentro; ya no por vía de fiesta ni de deleite como hasta allí, sino por cosa de grandísima deidad; porque de allí adelante las tienen con suma veneración, y así las comen por cosa sagrada. Si al tiempo que atormentaban al triste hizo alguna señal de sentimiento con el rostro o con el cuerpo, o dio algún gemido o suspiro, hacen pedazos sus huesos después de haberle comido las carnes, asadura y tripas, y con mucho menos precio los echan en el campo o en río; pero si en los tormentos se mostró fuerte, constante y feroz, habiéndole comido las carnes con todo el interior, secan los huesos con sus nervios al sol, los ponen en lo alto de los cerros, los tienen y adoran por dioses, y les ofrecen sacrificios” (“Auge y ocaso”, 384-385). Escenas semejantes describe Cieza de León en 1537, como vistas por él mismo en la zona de Cali y Antioquía, al extremo norte del imperio incaico (Crónica del Perú, cps., 11-12, 19, 26, 28).
Por otra parte, en algunas regiones del imperio inca la antropofagia se hace necrofagia. Cuando Guamán refiere las ceremonias fúnebres propias de los Anti Suyos, escribe: “son indios de la montaña que comen carne humana. Y así apenas deja el difunto que luego comienzan a comerlo que no le dejan carne, sino todo hueso…Toman el hueso y lo llevan los indios y no lloran las mujeres ni los hombres, y lo meten en un árbol que llaman “uitica”, allí lo meten y lo tapan muy bien, y de allí nunca más lo ven en toda su vida ni se acuerdan de ello” (“Nueva crónica”, 292). Parece increíble lo anterior; pues bien, vayamos por partes:
- 1º Los incas nunca fueron antropófagos, ni siquiera en sus inicios; esa práctica era no sólo rechazada sino penalizada.
- 2º El sólo asesinato, era castigado con la pena de muerte; con los prisioneros de guerra, los incas, dependiendo de su actuación, podían ser condenados a pena de muerte, nunca comidos; pero generalmente, eran reducidos a la condición de yanaconas o esclavos de por vida, él y sus descendientes. A veces el Inca era benevolente con ellos, tanto así, que se sabe que incluso se les escogía esposa.
- 3º Las referencia que hace Salvador de Madariaga, se refiere a los Antis; se sabe que los Incas, nunca conquistaron a los Antis, además de lo insalubre del territorio, los consideraban “no dignos de ser gobernados por Incas e indignos de ser anexados al imperio”.
- 4º Con respeto a la cita de Pedro Cieza de León, el Imperio Inca limitó al norte con Pasto, nunca llegaron a Cali.
- 5º Los españoles llegan al Perú con la idea preestablecida y generalizada de que iban a encontrar entre los indios antropófagos.
- 6º En sus fiestas religiosas dedicadas a sus dioses tutelares sol (inti), tierra (pachamama) y otras, si hubo sacrificios, éstos eran de animales pero lo común era hacer “pagos” (ofrendas) de maíz, chicha de jora y hojas de coca para lograr el “permiso” de los apus (cerros tutelares) para usar las tierras de los alrededores para la siembra y cosecha de productos para su sustento.
Ver
Ver también
- Alpaca
- Altiplano
- Anecdotario de la Historia del Perú
- Caminos del Inca
- Civilización inca
- Cusco
- Cultura inca
- Conquistas del Imperio Inca
- Guanaco
- Grandeza y miseria de los Incas
- Imperio Inca
- Inca
- La mujer en la sociedad inca
- Leyendas sobre el origen del Imperio Inca
- Lista de artículos relacionados con Perú
- Llama
- Los incas de Vilcabamba
- Mitología inca
- Machu Picchu
- Manco Cápac
- Momia
- Momia Inca
- Momias de Llullaillaco
- Momia Juanita
- Papa
- Perro sin pelo del Perú
- Quechua
- Quipu
- Sacsayhuamán
- Vicuña (animal)
- Viracocha
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Firma y fecha: Cmx 18:07 22 jun, 2005 (CEST)
