La mujer en la sociedad inca

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En general, el papel de la mujer inca aparece disperso e inserto en los aspectos generales de la sociedad (jornada cotidiana, agricultura, arte, etc.); en realidad la historiografía ha sobrevalorado el papel de las instituciones incas, sobre todo en aspectos como el de la mujer.

En el mundo de las culturas prehispánicas, qué duda cabe, el Imperio Inca, ocupó un sitial preponderante, la razón, tal vez no sea por la fortaleza del imperio, su capacidad de organización, la grandeza de sus obras públicas, sino el aspecto mítico de sus orígenes. ¿Quiénes fueron los Incas?, es una de las frecuentes preguntas que la historia no ha podido responder puntualmente. La razón está en que este imperio fue ágrafo y por tal motivo, no existen documentos escritos y por tanto los estudios parten de documentos indirectos o por la tradición oral, no siempre cierta y quizá manipulada ya sea por intereses o por simplemente el tiempo transcurrido. La documentación escrita, corresponde a los primeros cronistas españoles de la conquista y todos los estudios posteriores, se basan en ellos. Este aspecto ya lo hemos analizado al tocar los orígenes del imperio y las leyendas al respecto (Leyendas sobre el origen del Imperio Inca).

A través de las varias versiones del origen de los incas, podemos interpretar que el asentamiento de un no muy numeroso grupo étnico fue capaz de aglutinar, consolidar y agrupar en un solo y gran imperio. Es a partir de la derrota de los chancas, que comienza a darse la supremacía de los incas.

También hemos analizado el aspecto más original de los Incas, que fue, sin duda, la organización social y política. El gobierno de los Incas se caracterizó por el ejercicio de un poder absoluto controlado por el Zapa Inca, como "Hijo del Sol" a través de una compleja red burocrática que alcanzaba a todos los súbditos.

El Zapa Inca reina sin límites. La religión garantiza la unidad del Imperio, pero éste se respalda también en un ejército poderoso, una administración eficaz que coordina en particular toda la economía del Imperio.

Existen varias interpretaciones al respecto: Baudin caracteriza el Imperio Inca como socialista; Karsten como totalitario; y Godelier como “la existencia combinada de comunidades primitivas donde reina la posesión común del suelo y organizadas, parcialmente todavía, sobre la base de relaciones de parentesco y de un poder de Estado que expresa la unidad real o imaginaria de estas comunidades, controla el uso de los recursos económicos esenciales y se apropia directamente de una parte del trabajo y de la producción de las comunidades que él domina…”.

De lo que no existe duda es que el Inca era el vértice supremo de la pirámide social y suponía la súper individualización del poder; era de origen divino y, por consiguiente, sagrado para sus súbditos, era considerado como la encarnación del dios solar, y su mujer principal, era considerada la diosa lunar.

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El ciclo de la vida de la mujer Inca

El ciclo de la vida de la mujer Inca, estaba dividido en cuatro etapas: a) el nacimiento, b) la pubertad, c) el matrimonio y, d) la muerte.

Nacimiento

La mujer Inca, solía tener su primer hijo de jóven, normalmente entre los 18 y 21 años; las relaciones sexuales entre los jóvenes no importaban, por el contrario, el hecho de mantenerlas era un símbolo de atractividad de la chica, que era capaz de conquistar a varios varones, con lo que conseguía prestigio, así como más facilidades a la hora de casarse. Asimismo, no era raro que de estas relaciones naciera algún hijo; con ello, la mujer también demostraba cuánto valía, pues era una prueba incuestionable de que era fértil. A la virginidad no se le daba el menor valor.

Desde que la mujer quedaba embarazada, efectuaba una serie de rituales para la esperar la buena marcha del embarazo: invocaba a los dioses y multiplicaba sus ofrendas; esta práctica religiosa se extendía hasta mismo día del parto. Durante el período de embarazo su existencia cotidiana no cambiaba en nada. En el caso de que en el embarazo pudiera existir riesgo de aborto, inmediatamente la mujer se ponía en manos del hechicero para evitarlo. El hechicero practicaba una ceremonia muy complicada sobre el cuerpo de la mujer. En ella tenía un papel privilegiado, una pasta que se ponía encima del vientre de la embarazada; esta pasta curativa tenía varios ingredientes: el principal era el maíz, pero para que esto surtiera efecto tenía que haber sido masticado previamente por jovencitas vírgenes o por mujeres que cuidaran de permanecer castas y que no hubiesen ingerido ni sal ni pimienta, durante la preparación de dicha pasta.

Como se dijo, durante el período del embarazo, su existencia cotidiana, no cambiaba en nada, seguía trabajando en lo mismo y con la misma intensidad de siempre. La mujer paría ahí donde se encontrase, cortaba el cordón umbilical con un trozo de cerámica o con las uñas, y se lavaba ella y a la criatura en el arroyo más cercano: “La madre manifestaba su ternura absteniéndose de sumergir al pequeñito, toma el líquido en su boca y rocía el delicado cuerpo de su hijo” (Louis Baudin, “La vida cotidiana en el tiempo de los Incas”).

La vida cotidiana se desarrolla de una manera monótona y, en su conjunto, muy sencilla. El niño o la niña desde su nacimiento, era amorosamente atendido por su madre, que solía llevarlo en una cuna portátil, llamada “quiran”.

El marido debía permanecer junto a su mujer durante los primeros días que seguían al alumbramiento, aunque la mujer se haya incorporado a su trabajo ordinario paulatinamente. El niño, desde que nace, es instalado en una cuna, de la cual lo se le sacará ni para las tareas más imprescindibles, su madre le dará de mamar arrodillándose delante de la cuna y por tres veces al día: por la mañana, al mediodía y por la noche.

Las mujeres mientras criaban a sus hijos, se abstenían del coito, porque creían que era malo para la leche. El hecho de esta abstinencia era una forma clara de controlar la natalidad, mucho más si tenemos en cuenta la larga duración del tiempo en que la madre daba de mamar a su bebé. El destete se efectuaba a partir de los dos años o un poco más, entonces, si era hijo primogénito, se celebraba con una gran fiesta, de lo contrario, se celebraba únicamente con los parientes más cercanos. Al niño se le cortaba el cabello por primera vez y se le ponía el nombre propio que debía tener hasta que fuera adulto; entre los parientes se escogía uno de ellos para que fuera el padrino, éste daba el primer tijeretazo al ahijado y, tras él, cada uno de los invitados por su grado de afinidad y edad, cortaba un mechón de cabello al destetado, dejando su ofrenda. Esta minuciosa ceremonia se llamaba “rutu-chicuy”.

Desde que empezaban a caminar los pequeños eran educados por sus padres y acompañaban a todas partes a su madre. A partir de los seis o siete años se producía la división sexual del trabajo, a partir de la norma: si era niño, la educación corría a cargo de su padre, quien lo instruía en sus principales tareas como hombre. Si era niña la educación corría a cargo de la madre.

Los hijos de los runas o gente humilde, no asistían a la escuela que estaba reservada exclusivamente a los hijos de las clases privilegiadas, éstos eran educados en las escuelas del Cusco llamadas “yachayhuasi” por los amautas, sabios, instruidos en los que se concentraba toda la ciencia, formándolos para el mando y la administración de alto nivel. También recibían instrucción sexual.

Mientras no alcanzaban la edad requerida, mujeres de cierta experiencia (generalmente viudas) estaban encargadas de ocuparse de ellos y darles educación sexual” (Louis Baudin, “La vida cotidiana en el tiempo de los Incas”).

Por su parte las hijas de las clases privilegiadas, o bien permanecían al lado de sus madres, que les enseñaban las tareas de una mujer o entraban en las casas de las escogidas donde aprendían con maestras expertas o por su gran belleza, pasaban al rango de Vírgenes del Sol. La instrucción de las clases humildes (runas), se limitaba, a los conocimientos más elementales.

La Pubertad

La pubertad introducía un cambio: chicos y chicas, recibían un nombre definitivo. A la edad de doce años más o menos, en los chicos de forma más indefinida, en las chicas en forma más concreta (con la primera menstruación), se llegaba a la pubertad, que se consideraba como el umbral hacia el ser adulto. Este paso era muy importante ya que si bien en el orden laboral no habría ningún cambio fundamental, en el orden social si significaba una perspectiva hacia el matrimonio y la formación de la unidad económica: la familia. Este paso se ritualizaba; en el caso de la muchacha, era concreto o individual, la joven es objeto de una ceremonia cuando aparece la primera menstruación: para prepararse para esta ceremonia, la joven guardaba ayuno durante 48 horas, toma un poco de maíz crudo al tercer día, se lava al cuarto día, recibe sus vestidos nuevos y se trenza los cabellos, dándole su nombre definitivo de mujer.

Es interesante la idea de recibir vestidos nuevos y trenzarse sus cabellos, porque para los Incas, ambos elementos tienen un gran interés y son distintivos de diversos status, así como es curioso que se le dé ahora su nombre definitivo, una vez que ya se la considera mujer.

A partir de ahí su vida transcurre ayudando a su madre en las labores cotidianas, hasta la edad de 18 o 20 años que era cuando se solía casar, institución a la que la sociedad Inca daba gran importancia. Es necesario puntualizar que la mujer común, al revés del hombre, podía abandonar el ayllu: si la doncella gozaba de alguna habilidad especial en al arte o belleza, era llevada a la capital provincial; de esta forma podía llegar a convertirse en la mujer de un alto funcionario o si la fama la favorecía, en concubina del Zapa Inca. Este hecho es muy interesante, más aún si tenemos en consideración que nos encontramos en una sociedad de reglas muy rígidas en todos los aspectos; pero lo común era, que la mayoría de las mujeres nacieran y murieran dentro del ayllu.

Este grupo privilegiado de mujeres que abandonaban el ayllu era el de las mujeres escogidas o “acllas”, seleccionadas desde la pubertad, entre las hijas del pueblo y junto a las de la clase aristocrática, eran educadas y preparadas para cumplir importantes misiones. Durante cuatro años recibían una educación esmerada bajo la dirección de las llamadas “mamacunas”, que abarcaba desde el perfeccionamiento del idioma y las artes domésticas hasta la iniciación en los secretos de la religión y el culto.

Los jóvenes del pueblo (runas), no podían casarse antes de los 24 años los hombres, y antes de los 18 las mujeres.

El Matrimonio

La sociedad Inca daba gran importancia al matrimonio, tanto así, que es un paso determinante; el compromiso, asumía el rango de una función estatal al legalizarlo los representantes del Zapa Inca.

El matrimonio era un elemento muy diferenciado que estaba de acuerdo con la jerarquía social; una característica fundamental que tenía el matrimonio era que el de una mujer y un hombre del pueblo, era estrictamente monógamo, en cambio el de las clases privilegiadas o del Zapa Inca, era polígamo.

A la familia campesina no les estaba permitido trasladar su residencia, ni cambiar la forma o los colores de su atuendo, por los que podía identificarse su origen, siempre se casaban con gente perteneciente al mismo status social y estaba prohibido bajo sanciones muy drásticas, el “mezclar la sangre”: “no era lícito casarse de una provincia en otras, ni de un pueblo en otro, se reservaban las hermanas y todos los de un pueblo se tenían por parientes. Tampoco les era lícito irse a vivir de una provincia a otra, ni de un pueblo a otro, ni de un barrio a otro” (Garcilaso de la Vega, “Comentarios Reales”: El origen de los Incas”).

Como se vio antes, la distribución de la tierra de cada comunidad, era dividido en tres partes: una era asignada al sol (templos), otra al Inca y la tercera a la comunidad. Se repartían en usufructo para su cultivo, la unidad de medida utilizada era el “tupu”, extensión de terreno que se entendía suficiente para alimentar un matrimonio sin hijos. El indio recibía un tupu al casarse y posteriormente otro por cada hijo varón y sólo medio por hija.

Al ganado se aplicaban una reglas de reparto similares a las de las tierras, pero el número de cabezas adjudicadas al indio era pequeño, cada jefe de familia recibía una pareja de llamas para cría, que no podía matar hasta que los animales fueran muy viejos.

Respecto a la forma como el varón conseguía mujer en la sociedad inca, existen diversas versiones o interpretaciones. Por un lado, M. Hernández Sánchez Barba, afirma que el hombre adquiría mujer mediante compra, en presencia del curaca y del representante de la administración Inca. Luis Bonilla García, por su parte nos da la siguiente versión: “Todos los años el Inspector del Estado o visitador del Inca, llegaba a cada aldea , donde se reunían por separado ambos sexos, formando dos líneas paralelas, los mozos y las mozas, así como los hombres y mujeres que por anulación o repudio no estaban casados. El visitador, respetando primero las jerarquías caciques, repartía hombres y mujeres, es decir, daba carácter oficial al apareamiento” (Luis Bonilla García, “La mujer a través de los siglos”).

De todas las diversas versiones respecto a la forma de escoger pareja, quizá la más acertada, es la que entre los runas, si un hombre quería a una mujer, era normal que empezara a frecuentar la casa paterna de ésta y participaba en las tareas. Esta relación se consolidaba cuando la pareja se sometía a lo que han llamado “matrimonio de ensayo” (servinacuy), que tenía como principal función constatar que ambos se entendían y eran rentables en sus tareas; era en definitiva una ensayo, ya que una vez realizado el matrimonio definitivo, la separación era muy difícil, a no ser por adulterio femenino o por infertilidad.

Este ensayo permite a la pareja darse cuenta de las actitudes de su futura y eventual esposa, que debe hacer su comida, confeccionar sus trajes, ayudarle en los trabajos agrícolas. Además, y a título secundario, permitía a la joven apreciar el carácter de su pretendiente y evitar así atar su existencia a la de un borracho o un bruto” (Louis Baudin, “La vida cotidiana en los tiempos de los Incas”).

Si los interesados no se llegaban a entender, la joven volvía con sus padres y no suponía ningún perjuicio moral; en el caso de que de esta unión naciera un hijo, éste se quedaba con la madre. De esta relación se desprende y se comprueba, que la virginidad a nivel de los runas, no tenía ninguna importancia, más bien no tenerla, era signo de prestigio: “La joven que ha tenido relaciones (sexuales) con hombres ha probado con ello, simplemente, la atracción que ejerce y de esto tenía prestigio” (Louis Baudin, “La vida cotidiana en los tiempos de los Incas”).

Por otro lado, la virginidad y la abstinencia sexual serán dos puntos clave en otros niveles de la sociedad, concretamente en el aspecto religioso. Después del tiempo de prueba o servinacuy, si todo había funcionado bien, se llevaba a cabo el matrimonio definitivo, éste solía ser una réplica del que se efectuaba entre la nobleza y variaba según las regiones. Una de las ceremonias comunes era donde el marido calzaba solamente la sandalia derecha de la mujer, ofreciendo seguidamente regalos a sus parientes.

Quedaban los que no tenían novia: una vez al año pasaba por las aldeas el inspector del Estado, uniendo parejas. Para ello, al llegar a determinado pueblo, unía a los chicos y chicas, que habiendo llegado a la edad de matrimonio todavía no tenían pareja, poniéndolos en dos filas, como se explicó líneas arriba, una frente a otra, invitaba uno a uno a cada chico a escoger una muchacha, empezando por el que tenía mayor rango; si permanecían vacilantes, eran entonces cuando el inspector les asignaba una mujer.

Estas nuevas parejas iniciaban así su servinacuy y luego el definitivo, entonces eran ya las mujeres legítimas. En el caso de las mujeres, salvo que el inspector apartara a una joven para el Inca, las demás estaban libres de ser escogidas para esposa de cualquier miembro del pueblo.

En el caso de la joven apartada, suponía una distinción que iba a variar totalmente el rumbo de su vida, al ser conducida a una de las "casas femeninas" de ser una aclla, donde permanecerá al servicio de la clase sacerdotal hasta que sea destinada para esposa de un noble o curaca o pase a ser concubina real o a permanecer de por vida en las “casas femeninas” dedicada a la religión y al culto.

En las familias nobles, la ceremonia del matrimonio gozaba de la exclusividad de la presencia del Zapa Inca. La ceremonia era llamada “de la mano del Inca”: el Zapa Inca se ponía en medio de la pareja, llamaba a él y a ella, a cada uno los tomaba por las manos y los juntaba, con lo que los unía en matrimonio y los entregaba a sus padres. La boda se solemnizaba durante dos o tres días, pues eran las mujeres legítimas, las “entregadas por la mano del Inca”. Esta idea de la mujer legítima se hace extensivo a todos los grupos sociales.

El Supremo Inca o Zapa Inca, era considerado el hijo del Sol, del cual descienden todos los Incas, por esta razón, los Zapa Incas, seguían las pautas marcadas por su padre, el Sol o Inti: en una de las leyendas, el Sol se había casado con su hermana la Luna, para mantener la pureza de la sangre divina, siguiendo estas pautas, el Zapa Inca se tenía que casar con su hermana mayor, que recibía el nombre de “coya”. Si no tenía hermana legítima, se casaba con la parienta más cercana, así también si no tenía hijos con su primera hermana, se casaba con la segunda hasta tener descendientes. La descendencia del Zapa Inca, tanto masculina como femenina, con exclusión del heredero, formaba la panaca real.

En cuanto al lugar de residencia del nuevo matrimonio, entre los runas (clase popular), las casas eran construidas por sus parientes, quienes también reunían el ajuar ofreciendo cada uno una pieza. Entre los incas no existieron los muebles, se comía en el suelo y la cama era un lecho hecho de piel de llama. Los enseres, ropa, amuletos y herramientas se guardan en cestos y tinajas y en una especie de nichos abiertos en las paredes. El menaje y adornos del hogar consistía en los productos de la alfarería: ollas negras adornadas con dibujos, platos, cucharas de madera y de calabaza, cántaros y tinajas decoradas.

Las casas de los matrimonios jóvenes de las clases aristocráticas, las realizaban los indígenas de la provincia y su menaje estaba constituido de hermosas vajillas de oro macizo o de plata. La mujer Inca, una vez casada proseguía su vida, efectuando las mismas labores que de pequeña le había enseñado su madre, en su nuevo hogar hasta que de mayor, le sobrevenía la muerte.

La Muerte

Sobre la muerte, podemos establecer dos puntos:

a) que el pueblo inca creía en la otra vida, esto se observa por hechos puntuales en la vida cotidiana del difunto o difunta para que pudiera seguir trabajando, obedeciendo o gobernando en el más allá: “Cuando se trataba de una mujer se ponía en su tumba su telar y lana para hilar” (Garcilaso de la Vega, “Comentarios Reales”: El Origen de los Incas);
b) Si el difunto era hombre, las mujeres de la familia se cortaban los cabellos como signo de duelo, poniéndose un manto en la cabeza, llorando y gimiendo y cantando alabanzas al difunto. Duraba varios meses, y las viudas no volvían a casarse. Las viudas guardaban castidad una vez muerto su marido.

No es de deixar en el olvido la honestidad de las viudas en común que guardaban gran clausura por todo el primer año de su viudez, y pocas de las que no tenían hijos se volvían a casar y las que los tenían no habían de casarse jamás, sino que vivían en continencia” (Garcilaso de la Vega, “Comentarios Reales”: El Origen de los Incas).

El hombre intentará volverse a casar rápidamente.

El trabajo de la mujer

La mujer dentro de la sociedad inca tenía un trabajo específico, determinado a partir de una división sexual, que no sólo arraigaba en el mundo laboral sino que invadía todas las esferas dando una diferente importancia al hombre y a la mujer dentro de la sociedad.

En este sentido y a pesar de tener un trabajo específico, el hombre estaba considerado superior a la mujer y en la vida común del matrimonio; ello se observaba en cuestiones puntuales: la mujer no podía comer del mismo cazo que su marido, pero si era permitido meter el morro a las llamas y otros animales domésticos.

A pesar de la fuerte división sexual del trabajo y de este rango de inferioridad, la mujer tenía un papel fundamental: se ocupaba de la casa, se dedicaba a tejer los vestidos de toda la familia, ayudaba en el campo, cuidaba a sus hijos, y se ocupaba de la comida y de preparar la chicha: “Cuando la mujer no estaba ocupada en el campo, o bien cocinando o hilando, se dedicaba a tener hijos…

En el campo la mujer también tenía un trabajo concreto y principal: “Los hombres trabajaban caminando hacia atrás, y las mujeres les seguían dándoles el frente y rompiendo o desmenuzando los terrones con una especie de lanzadera…”. Además en época en que la cosecha podía estar en peligro por la amenaza de los pájaros que se comían la semilla, "los niños y las mujeres iban a asustarlos y estas últimas danzaban pidiéndole al dios del campo su ayuda”.

Es curioso resaltar que el fragmento de Garcilaso de la Vega, que expresa que la actividad de los pueblos que era distinta a la inca, era “primitiva”: “En algunas provincias muy apartadas del Cuzco, que aún no habían sido bien cultivadas por los reyes incas, iban mujeres a labrar el campo y los maridos quedaban en casa a hilar y tejer”.

La mujer, ejercía su trabajo en forma muy intensa, hacía tres o cuatro cosas a la vez, incluso intentaba no perder ni un solo momento de su tiempo; cuando por fuerza tenía que ir a visitar a una parienta de un barrio a otro o ir a trabajar al campo y su hijo era lo suficientemente pequeño para no caminar todavía, pero lo suficientemente grande como para ir en la cuna, lo llevaba en la espalda en un repliegue de la capa, además se llevaba trabajo para hilar y tejer, por el camino iba efectuando lo que se llama “hilado”.

Este trabajo diario e intenso, la inferioridad social frente al hombre, ha sido resaltado por diversos historiadores. Louis Baudin se refiere de la siguiente manera: “el triste papel de la mujer”.

En la familia india de la época precolombina, la mujer era considerada inferior al hombre: ella era una cosa escribe un cronista y podía ser tratada como tal”.

La mujer india estaba absolutamente esclavizada por su marido y abrumada de ocupaciones”.

La cena era la comida final del día y se tomaba entre las cuatro y las cinco de la tarde. Los hombres se sentaban en cuclillas alrededor de las vasijas puestas sobre una manta tendida en el suelo y tomaban con los dedos el alimento de la olla o sorbían la sopa de cazuelas de arcilla cocida, las mujeres se sentaban detrás del círculo, de espaldas a los hombres…”.

Si tenían que hacer un viaje corto o ir a trabajar al campo, y su hijo era lo suficientemente pequeño para no caminar todavía, pero lo sufcientemente grande para ir en la cuna, lo llevaba en la espalda en un repliegue de la capa como lo hacen todavía hoy. Pero si el viaje duraba más de media jornada, hasta cargaba el alimento de la familia, la jarra de chicha, las calabazas, los palitos para encender el fuego. Si conseguía tener las manos libres, mientras iba andando hilaba o masticaba maíz, de manera que no perdía el tiempo. Y cuando se acurrucaba, exhausta en el umbral de su choza, expurgaba a sus hijos, aplastando los bichos con los dientes o frotándoles la cabecita con un cocimiento de cebadilla”.

El papel de las mujeres de la nobleza o del Zapa Inca era totalmente diferente, aunque su función principal era también tejer, hilar y cuidar de sus hijos, tenía mucho más tiempo para ellas mismas, cuidar su aspecto, etc.; también se observa en la práctica de las visitas de las mujeres que se hacían unas a otras en momentos concretos, la mujer de la clase privilegiada si iba a visitar a una mujer de rango inferior no llevaba labor suya que hacer, más después de haber entablado las primeras palabras de la visita, pedía que le diesen que hacer, dándole a entender que iba a visitar como superior a inferior, la mujer de rango inferior por gran favor correspondía dándole algo que hacer de lo que ella misma hacía o alguna de sus hijas, para no igualarle con las criadas y sí con ella.

La Coya, la primera de las mujeres, única esposa legítima del emperador tiene a veces un papel importante en la vida del país. Es ella quien dirige Cusco en ausencia del Zapa Inca, organiza en caso de necesidad las ayudas a los damnificados, en casos de grandes catástrofes. Pero como todas las otras mujeres, ella vive también en un estado de inferioridad bien marcada. Por ejemplo, a la mínima señal de cólera del Zapa Inca, la Coya cae de rodillas y se ha de quedar en esa posición hasta que el Inca la invite a levantarse. Por otro lado, la Coya y sus hijas tenían acceso a las Vírgenes del Sol.

Si duda, que la organización social inca produjo en la mujer dos tipos bien distintos en su clase de vida; la de la inca noble, destinada a vivir en lujosos palacios o en monasterios sacerdotales, y la de la humilde artesana o labriega.

En todos los relatos y estudios sobre la mujer runa (del pueblo inca), es siempre considerada inferior al hombre y como una cosa perteneciente al lote familiar… Llevaba la peor parte del equilibrio matrimonial en lo que respecta al trabajo, pues no sólo ayudaba al marido en la agricultura, sino que servía como bestia voluntaria de carga en los desplazamientos, llevando las provisiones en los brazos, porque sobre sus espaldas llevaba al hijo sujeto con la manta. Además de dedicarse a sus quehaceres domésticos, cocinar, hilar, y tejer para toda la familia, sólo pensaba en dormir.

Algunos autores indican que, en el momento de la conquista española, los pueblos de las altas culturas americanas (mayas, incas y aztecas) estaban en un proceso de transición al patriarcado. Si bien no existen estudios acerca de cómo este tipo de dominación repercutió en la pérdida de derechos por parte de la mujer.

La indumentaria

La indumentaria, la vestimenta y el aspecto seguían marcando una diferencia de clase, eran en detalles, distinta en la mujer runa (del pueblo), el vestido y el cuidado de su aspecto iba deteriorándose a medida que ésta iba haciéndose mayor y pasaba a ostentar otros roles (esposa, madre, trabajo en el campo, etc.) donde el trabajo era más intenso y el tiempo disponible menor. “De jovencita, y durante algún tiempo de casada, poseía algo de coquetería: se lavaba los vestidos, se peinaba sirviéndose de pines de espinas de cactus y de espejos de obsidiana; desgrasaba los cabellos con orina y se depilaba con aplicaciones de ceniza con orina caliente… pero después con el paso de los años… se descuidaba, se lavaba raramente… estaba tan quebrantada por la vida que a los 30 años parecía de 50…” (Louis Baudin, “La vida cotidiana en el tiempo de los incas”).

A pesar de los comentarios de Louis Baudin, cuando se refiere a la indumentaria, la mayoría de los cronistas e historiadores indican que, de todas las mujeres precolombinas, es la inca la que vestía con más gracia, que se traducía en elegancia y lujo en las grandes señoras de la nobleza.

La diferencia de las clases sociales en la indumentaria era notable, no en la forma de sus vestidos, sino en la calidad. Así mientras el vestido de las mujeres del pueblo (runas), en general, era simple, una larga pieza rectangular de tela de alpaca tejida, que se metía por la cabeza y que era bastante ancha para cruzarse, ciñéndose un cinto, llegaba hasta los tobillos, casi hasta las sandalias; sobre la prenda llevaba una capa tejida de lana de alpaca, que se colocaba sobre los hombros en la noche o cuando el día era frío, rodeando los hombros usaban un chal, que cogían con un alfiler de cobre o plata y si gozaban de fortuna, de oro. Las sandalias eran de piel de llama o lana de vicuña, sujetas al tobillo con correas.

Las mujeres de la nobleza utilizaban un tipo de vestido similar, pero elaborado con finas lanas o algodón de colorido magnífico. El esplendor de las telas que usaban las damas de la nobleza tenía su máxima expresión en los tejidos con plumas, pues aparte de tejer ellas mismas, recibían vestidos de las Vírgenes del Sol y de las concubinas del monarca.

Un distintivo para diferenciar su origen social, era el colorido de las listas que formaba el tejido de las telas y las formas del vestido. En lo que se refiere al cabello, tanto entre los hombres como entre las mujeres, parece haber sido objeto de una atención particular en todas las clases sociales de la población, por considerarse un marco de belleza; al igual que es estilo de peinarse el cabello variaba según las regiones, era un elemento característico que marcaba estados determinados de la vida de una persona, por ejemplo: al niño o niña cuando se le destetaba se le cortaba el cabello con el que había nacido; al fallecimiento de un pariente cercano, las mujeres se cortaban el cabello como símbolo de duelo.

A pesar de que existía una variación regional del peinado, los dos más característicos eran: trenzar el cabello atándolo con listones de algodón; largo y peinado en brechas; además los cabellos como símbolo de belleza, era una de las partes del cuerpo más cuidada. Con referencia al cabello, todas las citas y artículos, al contrario de las citas de Baudin, indican que la mujer inca se peinaba todos los días un par o tres veces, se lavaba a menudo la cabeza y le daba brillo a sus cabellos desgrasándolo, y junto con unas hierbas determinadas lo convertían en color negro o azabache. Sobre la cabeza se colocaban una especie de manteleta llamada “ñañaca” o “pancpacuna”.

En cuanto a la fisonomía y composición anatómica, se encuentra escasa información; en cuanto a su complexión sólo se ha encontrado un pasaje que se ocupa de esto: “las mujeres como es natural, son más pequeñas y de físico más delicado, sin embargo, esta fragilidad es engañosa, porque en realidad son capaces de arduos esfuerzos físicos…” (Víctor Von W. Hagen, “El Imperio de los Incas”).

Cuenta también el cronista Guamán Poma de Ayala que Mama Anahuarque, la mujer del Zapa Inca Pachacútec Inca Yupanqui, natural de Chocos: “…tenía la cara redonda y hermosa y los ojos y la boca chica”.

Los elementos de la indumentaria, eran: el prendedor (“tupayauri”), cubre cabeza (“”sukkupa” o “ñañaca”), Mantilla (“lliclla”), Alfiler (“tupu”), Franja (“tocapo”), Flores (“ttica”), Bolsa (“chchuspa”), Túnica (“acsu”) y Sandalia (“usuta”).

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