José Eustasio Rivera
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José Eustasio Rivera (n. Rivera, departamento del Huila, Colombia, 19 de febrero de 1888 - † Nueva York, EE.UU., 1 de diciembre de 1928). Escritor colombiano.
Estudiós en los colegios de Santa Librada, de San Luis Gonzaga de Elías, y después en la Escuela Normal Central de Bogotá, así como en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional, alcanzado el grado de doctor en Derecho y Ciencias Políticas el 3 de marzo de 1917.
Fue autor de la novela La Vorágine (1924),de corte naturalista, y considerada una de más importantes no solo de la literatura colombiana sino de la literatura hispanoamericana. Escribió Oda a san Mateo, en honor del héroe de la independencia Antonio Ricaurte, y de más de 168 sonetos de corte parnasiano, publicados, en parte, en el libro Tierra de promisión (1921).
Después de ser diputado al Congreso desempeñó el cargo de . Trabajó como abogado y , experiencias decisivas para su obr
Trabajó como abogado, fue parlamentario, inspector del gobierno en las explotaciones petrolíferas de la región del Magdalena. Fue representante de su país en México (1921), Perú (1924) y Cuba (1928). Participó en la fijación de los límites entre Venezuela y Colombia lo que le permitió conocer Los Llanos y también la selva tropical.
Escritor peregrino
"Desde niño escribió poemas y en 1910 publicó su primera selección: Oda a España, la siguió Tierra de promisión (1921). En 1922 comenzó a escribir su obra mayor, La Vorágine, y fue nombrado miembro de la Comisión Limítrofe colombo-venezolana con la que recorrió, entre septiembre de 1922 y octubre de 1923, las sabanas del Orinoco y las selvas del Putumayo y Caquetá; recopiló gran cantidad de información sobre la inhumana explotación cauchera en las selvas de Colombia, Venezuela y Brasil, así como sobre las injusticias y crímenes contra los colombianos; todo ello lo denunció ante el Ministerio de Relaciones Exteriores y lo publicó en la prensa nacional, pero sus acusaciones no tuvieron mayor eco.
Mientras que cumplía sus funciones en la Comisión siguió escribiendo su novela y pudo así incluir en ella gran parte de sus observaciones y experiencias. La Vorágine fue publicada en 1924 y al año siguiente su autor fue elegido miembro de la Comisión Investigadora de Relaciones Exteriores y de Colonización, lo que le dio pie para denunciar todo tipo de irregularidades, especialmente en la construcción del oleoducto Cartagena-Barrancabermeja, que despertaron grandes debates en el Parlamento.
En 1926 apareció la segunda edición corregida de La Vorágine y comenzó a escribir su segunda novela, La mancha negra, cuyos originales se perdieron luego de la muerte del escritor en Nueva York, víctima de un paludismo que contrajo en Orocué, en 1922. En Nueva York vivió solo unos meses, pero pudo realizar la quinta edición, nuevamente corregida, de La Vorágine y contrató la traducción de la misma.
En Orocué, en 1918, el abogado huilense José Eustasio Rivera conoció a un hombre, Luis Franco Zapata, manizaleño, que había huido de Bogotá con la joven Alicia Hernández para evitar que la casaran con un finquero viejo.
Franco y Alicia habían vivido por años lejos de todo, en las orillas del Casiquiare, el río que une la cuenca del Orinoco con la del Amazonas, y después en Puerto Carreño y en Ciudad Bolívar, y le contaron a Rivera las zozobras de su fuga y de su vida ulterior en los llanos y la selva. Ese encuentro casual de un viajero con unas personas que lo hospedaban fue el germen de una de las más grandes novelas de la literatura latinoamericana: La Vorágine.
De algún modo, allí murió el abogado y nació el novelista José Eustasio Rivera, cuyo nombre terminaría siendo inseparable de ese mundo amazónico en la memoria de la posteridad. Rivera, que tenía entonces treinta años, no podía imaginar que moriría diez años después, en el sitio menos imaginable para un amante de la selva tropical, en Nueva York, pero empezó una actividad frenética como lector, escritor y viajero, y sin duda fue dejando su vida entera en la páginas de su novela, todo lo que había sentido desde la infancia en una relación casi mística con la naturaleza, y todo lo que le enseñaron los árboles, las bestias y el hombre.
Uno de los temas más importantes y más recurrentes de la literatura colombiana es el conflicto de los seres humanos con la desmesurada naturaleza tropical. Ningún colombiano interrogó mejor ese tema ni lo desarrolló con más fuerza hasta hoy que Rivera. Basta abrir La Vorágine para que la realidad que construyen sus páginas se apodere de nosotros por completo.
Industria de sangre He oído decir que alguna vez Jorge Luis Borges, interrogado sobre esta novela, afirmó que la conocía, pero que no tenía la sensación de haber leído un libro sino de haber estado en un sitio. No concibo homenaje mejor para la labor febril de Rivera y para su amor desmedido por el país en que nació. Ese singular amor por Colombia no estaba hecho, como suelen estarlo los nacionalismos, de fanatismo y de rudeza, sino de perplejidad, de lucidez y de gratitud. Rivera creció en la vecindad de los enormes paisajes del alto Magdalena y en la cordillera del Huila, donde las montañas son más azules, entre campesinos pobres y sabios, y vio siempre las ciudades como una ruptura con el orden natural.
"¿Para qué las ciudades? –escribió–. Quizá mi fuente de poesía estaba en el secreto de los bosques intactos, en la caricia de las auras, en el idioma desconocido de las cosas; en cantar lo que dice al peñón la onda que se despide, el arrebol a la ciénaga, la estrella a las inmensidades que guardan el silencio de Dios". Le tocaron, como a todos los colombianos, una guerra, un magnicidio y un infierno. La guerra fue la última de las guerras civiles del siglo XIX y la primera del siglo XX, esa paciente discordia colombiana de caínes azules y rojos contra abeles rojos y azules que se llamó "la Guerra de los mil días". El magnicidio fue la muerte por el hacha, en las gradas del capitolio, del jefe liberal Rafael Uribe Uribe. Y el infierno fueron las atrocidades de las caucherías de Julio César Arana, continuador de la crueldad de los conquistadores y precursor de las barbaries de hoy, quien había instalado una industria de sangre en la selva hasta las regiones del Putumayo colombiano.
Como ha escrito Juan Loveluck, "caños y raudales, playones solitarios y misteriosos, furiosos rápidos y temibles chorreras, caseríos perdidos en la soledad agresiva, vieron pasar al escritor, asediado por los insectos y las enfermedades del trópico, sin protección para las lluvias, abandonado, como los de su grupo, por las esferas oficiales bogotanas". Estas lo habían nombrado secretario de una de las comisiones encargadas de fijar las fronteras entre Colombia y Venezuela, e inmediatamente después se olvidaron de él. Los llanos orientales de Colombia, las regiones del Vichada, del Vaupés y del Guainía, estaban muy lejos del corazón de los burócratas, y Rivera renunció al cargo, cuando comprendió que la única preocupación del Estado, antes que estudiar y proteger esos territorios, era el trazado mezquino de unas fronteras, para ostentar el orgullo abstracto de tener bien dibujado un país. En una canoa con dos remeros silenciosos, con unas latas de conserva y un revólver, Rivera tomó la decisión de recorrer el Orinoco, el Atabapo, el Guaviare y el Inírida, luchando con las fiebres de la malaria, recogiendo datos para su obra y escribiendo muchos de sus capítulos.
Rivera fue también un intenso poeta, y en su libro de sonetos modernistas, Tierra de promisión, hay poemas conmovidos y conmovedores como La paloma torcaz, cuyo lenguaje tiene la sencillez y la naturalidad del mundo que se propone describir:
Cantadora sencilla de una gran pesadumbre entre ocultos follajes la paloma torcaz acongoja la selva con su blanda quejumbre picoteando arrayanes y pepitas de agraz.
Según Rivera, la torcaza acongoja la selva con su blanda quejumbre, y en verdad ¿quién no ha sentido, andando por los bosques, que el grito desconsolado de un pájaro es capaz de comunicar tristeza a todo el espacio que lo rodea? De la misma manera, en su novela hay un momento en que Rivera recuerda el modo como un pequeño elemento, en este caso una piel de tigre, logra causar una descomunal estampida del ganado de una hacienda.
Ese sentimiento poético de cómo lo pequeño puede obrar poderosamente sobre lo inmenso, se siente en la frase final de aquel relato: "Cuando coloqué en su antiguo sitio la piel de tigre, todavía retumbaba el desierto".
A pesar de sus buenos poemas, donde todo es nítido y melodioso, y de otros que son más bien filigranas verbales, pintorescas y rítmicas, Rivera es fundamentalmente el autor de La Vorágine, y su poesía mayor está en ese libro desmesurado y terrible, ebrio de violencia y de selva, que muestra personajes sometidos a la fatalidad, y que arrastra al lector hacia el infierno.
Horizonte selvático
Lo primero que sentimos en él, es el contraste perturbador entre el mundo al que pertenecen los protagonistas, y el inmenso mundo virgen que gravita sobre ellos. Advertimos que Arturo Cova es un hombre de ciudad al que es difícil imaginar en otra parte. El amigo que le aconseja la fuga hacia los llanos orientales le dice: "No te queda mas refugio que Casanare. ¿Quién podría imaginar que un hombre como tú busque el desierto?". Alicia, por su parte, sufre con los menores inconvenientes: "No sabía montar a caballo, el rayo del sol la congestionaba...". Arturo, que no la ama, pero que no ha podido evadir la responsabilidad de salvarla, la lleva como si llevara un grillete atado a su pierna. El Casanare se extiende ante ellos como un horizonte de serpientes y tigres, un mundo inhóspito al que se resignan porque es su única posibilidad de escapar. Ya es suficientemente expresivo de lo inmanejable de la situación el hecho de que los campesinos que se cruzan en su camino siempre pregunten: "Patrón, ¿por qué va llorando la niña?".
Desde el comienzo deberíamos presentir que la vorágine va a devorarlos, pero el libro está hecho de la ilusión de un hombre que quiere sobrevivir a toda costa, y que está dispuesto a soportar todo peligro. Como en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, terminamos sintiendo que el mal no está en la naturaleza sino en la avidez del hombre por dominarla; el verdadero infierno no es la selva, fiel como el jaguar a sus leyes, sino la crueldad y la codicia de unos seres humanos, los campos de muerte de los empresarios del caucho. En el centro de ese océano de terrible inocencia que es la naturaleza equinoccial, el horror está en los corazones de los hombres.
La Vorágine de José Eustasio Rivera está tejida con la materia desordenada pero infinitamente viviente de este mundo americano, que muchos procuraron no ver. Se inscribe en la tradición de quienes se han esforzado por expresar, en la lengua que nos dejó la conquista, un mundo tan distinto de aquel en que esa lengua nació. El lenguaje nutrido de vistosidades modernistas se ve a veces debilitado por las hipérboles, pero esos errores menores, que se puede atribuir a la juventud de su autor y a los hábitos de su época, no logran atenuar lo más importante, los personajes vigorosos, lo dramático y auténtico de sus destinos, lo opresivo de las situaciones, la verdad de los diálogos y de las relaciones entre los personajes, la precisión de los detalles que nos trasladan a un mundo minucioso y tremendo, la sensación de conjunto de haber visitado a la vez el paraíso y el infierno. de José Eustasio Rivera está tejida con la materia desordenada pero infinitamente viviente de este mundo americano, que muchos procuraron no ver. Se inscribe en la tradición de quienes se han esforzado por expresar, en la lengua que nos dejó la conquista, un mundo tan distinto de aquel en que esa lengua nació. El lenguaje nutrido de vistosidades modernistas se ve a veces debilitado por las hipérboles, pero esos errores menores, que se puede atribuir a la juventud de su autor y a los hábitos de su época, no logran atenuar lo más importante, los personajes vigorosos, lo dramático y auténtico de sus destinos, lo opresivo de las situaciones, la verdad de los diálogos y de las relaciones entre los personajes, la precisión de los detalles que nos trasladan a un mundo minucioso y tremendo, la sensación de conjunto de haber visitado a la vez el paraíso y el infierno.
Con La Vorágine, una parte fundamental de nuestro mundo ingresó en la literatura. En ella el misterio de las llanuras tropicales y la mayor selva del planeta se ordenaron en el lenguaje y se cargaron de nuevo sentido. Es la obra de un hombre apasionado y generoso, que se entregó a su país, que lo recorrió, que lo interrogó y que luchó por él; uno de esos colombianos admirables que prefirieron siempre la dignidad de conocer al país, de compartirlo y de amarlo, antes que el orgullo mezquino de ser simplemente sus dueños.
Temas
- Romanticismo
Obras
Enlaces Externos
- http://home.att.net/~t.s.m/RiveraSalas.htm
- http://www.banrep.gov.co/blaavirtual/letra-b/biogcircu/rivejose.htm
- http://www.epdlp.com/eustasio.html
- http://www.nuestracolombia.org.co/m_madeincolombia/madeincolombia.htm#JOSE%20EUSTASIO%20RIVERA (descripción corta)
- http://www.elaleph.com/libros.cfm?id=889&votos=1&wselect=Efectivo&wcomentario=&User_destino=&style=biblioteca (Se pueden descargar los archivos después de registrarse)
- http://www.bartleby.com/65/ri/Rivera-JE.html (en inglés)
Rivera, José Eustasio
