Historia del Perú: Época de la Conquista
Keywords: Historia del Perú: Época de la Conquista, 13 de noviembre, 1522, 1524, 1526, 1527
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La etapa de conquista del Imperio Inca por parte de los españoles fue una etapa crucial para la configuración actual del Perú. No sólo destruyó el imperio y sus organizaciones sociales y militares, sino que trató de sustituir la cosmovisión andina por una nueva religión, la católica. Al tiempo sentó las bases de una nueva sociedad rígidamente estratificada, basado en el trabajo semi-esclavo de los indígenas que, aunque quiso ser copia de la española, nunca pudo prescindir del dicho substrato indígena.
La brutalidad contra la población nativa fue moneda corriente. La población indígena se redujo a cifras muy bajas, sin que la aportación de colonos españoles o esclavos negros pudiese compensar el desastre demográfico indígena (para más información véase el artículo Catástrofe demográfica tras la conquista española de América).
| Tabla de contenidos |
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2.1 Creación de la sociedad con Almagro y Hernando de Duque |
Características de la Conquista del Perú
La conquista de América por los españoles se organizó siguiendo dos modalidades, una directa y financiada por la corona y otra indirecta, financiada por capitales privados. En ambos casos, el monarca español participaba con el quinto real, es decir, le tocaba la quinta parte del botín. El rey tenía que convalidar las conquistas, por dos razones fundamentales: para hacer prevalecer su autoridad sobre los súbditos españoles y para cuidar sus intereses económicos. Asimismo, la jefatura y los permisos de la expedición se lograba después de una tediosa negociación. Llegados a los acuerdos ésta tenía que ser validada por una capitulación de compromiso. Bajo estas circunstancias, se emprendió la conquista del Perú.
Con respecto a la edad de los conquistadores, eran en general jóvenes. El caudillo no era ni jóven ni viejo. Pablo Macera, nos dice: "Los caudillos de la empresa conquistadora no eran jóvenes ni adolescentes como el resto de la hueste. Eran, más bien, hombres maduros. Ni jóvenes ni ancianos, porque al mozo se le pierde el respeto y al viejo la fuerza. Los caudillos de la conquista de México (Cortés, Alvarado) tenían 34 años. Francisco Pizarro fue el mayor de todos. Por eso, los españoles le decían El Viejo y los incas le llamaron el Apu Macho".
Las huestes guardaron una relación de "amo y siervos", de autoritarismo absoluto de los jefes y de sumisa obediencia de la soldadesca. La ligazón entre jefes y subordinados era el botín de guerra. El encargo real, la experiencia y el control del botín de guerra aseguraban la autoridad del caudillo. En algunas ocasiones, el caudillo tuvo que recurrir a acciones extremas para asegurar su autoridad como el caso de Hernán Cortés cuando mandó quemar sus naves o el de Francisco Pizarro, en la isla del Gallo, cuando trazó la raya con su espada en el suelo. A partir de ese tipo de acciones, la soldadesca comienza a verlos como héroes, figuras legendarias. En el caso de la conquista del Perú, la disciplina se mantuvo férrea hasta antes del reparto del botín. Después de ello, se desataron las bajas pasiones, asesinatos, actos de indisciplina y guerras civiles.
Otra característica de los conquistadores era que no provenían de la nobleza. Julio R. Villanueva Sotomayor nos dice que un sólo el treinta por ciento eran hidalgos, el grado más bajo de la nobleza española. El resto era de la clase popular. La empresa de la conquista era un medio (probablemente el único en la España de la época) de ascenso social en una sociedad rígidamente estratificada.
La característica común tanto de la conquista de México como de la de Perú, fue que en ambas culturas existían diferendos y guerras intestinas, así como pueblos indígenas sometidos al poder central azteca o inca. Todo ello fue sistemáticamente aprovechado por los españoles. Elementos comunes de ambos imperios fueron pues las pugnas por el poder político entre los miembros de la élite imperial y la asfixiante opresión que ejercían las castas dominantes. Como se vió en Historia del Perú: Época Inca o Era del Tahuantinsuyu, Huascar y Atahualpa eran representantes de dos panacas del [[]] en pugna para convertirlos en Zapa Inca. Se desató una inclemente guerra civil, justo a cuyo término llegó al Perú Francisco Pizarro. Sin esa guerra civil previa, parece poco probable que Pizarro hubiese conseguido someter al Imperio Inca en la forma en que lo hizo.
Otra característica, tanto de la cultura inca como de la azteca, fue que sometieron a diversas etnias, ya sea por voluntad propia o por la fuerza de las armas. Muchas de esas etnias, a la llegada de los españoles, creyeron que la ansiada libertad del yugo inca estaba cerca y no dudaron en ayudar a los conquistadores a aplastar a los ejercitos imperiales, convencidos de que así se libraban del yugo inca. En el Perú, los huancas fueron uno de las etnias que, esperanzados en alcanzar la ansiada libertad, prestaron su concurso, en armas, tropas y alimentos a los españoles. En México, los tlaxcaltecas, que mantenían una independencia precaria de los aztecas, fueron "los informantes, la fuerza de choque y la tabla de salvación de Hernán Cortés", como afirma Julio R. Villanueva Sotomayor. El común denominador de la conquista de ambas culturas fue la odiosa dominación y en el caso del Perú, el adicional fue la guerra civil entre Huascar y Atahualpa por el poder político. Sin embargo, como señala Henry Kamen en Imperio, "la captura de Atahualpa fue un acontecimiento único en la historia del imperio español. Por primera y última vez un pequeño grupo de hombres compuesto únicamente por españoles y sin aliados nativos fue capaz de llevar a cabo una hazaña increíble frente a una fuerza abrumadoramente superior en número y sin garantías de poder continuar su éxito". El apoyo de algunas etnias sometidas por los incas, así como la utilización sistemática de las diferencias entre las facciones partidarias de Huascar y Atahualpa no vendría hasta después de la captura y asesinato de Atahualpa.
Las anteriores no fueron las únicas facilidades que encontraron los españoles a su llegada a América. Hubo otras que decidieron las batallas a favor de los españoles, fundamentalmente tecnológicas. Mientras que los indios usaban la porra, la lanza, el arco y la flecha, y la honda, los españoles utilizaban el arcabuz, la ballesta y el cañón. Aparte del campo de tiro, estaba la cadencia de disparo, el alcance de la bala. Esto último fue decisivo en las batallas: antes de que el indio estuviera a distancia de disparo de su arco y flecha, ya había recibido una herida mortal, una ballesta tenía un efecto cincuenta veces superior al arco y la flecha (como ya se había demostrado en Europa desde la Guerra de los Cien Años). Prácticamente el arcabuz y la ballesta decidieron las batallas. Un disparo de cañón, para derribar un muro de medio metro de grosor, "tenía la fuerza de 1.000 indios juntos". La eficiencia de las armas españolas aumentaba si el soldado iba montado sobre un caballo y con armadura. La fuerza del caballo y la protección de la armadura lo hacían casi invencible ante las armas del indio. Como consecuencia, el soldado de caballería tenía un trato especial al momento del reparto del botín. Con respecto al soldado de infantería, la paga era muy superior. Por ello el caballo, las bridas, la montura, etc., eran para el soldado de caballería una inversión que cuidaba mucho, porque con ellos, si quedaba vivo después de la batalla, se hacía rico en el reparto. Para los indios el soldado a caballo fue el más atróz, efectivo y despiadado enemigo.
"Balboa se hizo también famoso porque introdujo, estando de gobernador en La Antigua y en su viaje por el istmo de Panamá perros amaestrados para que ayuden a los conquistadores. Fueron llamados "mata indios" y quien los poseía recibía el 50% más que el soldado de infantería con ballesta. Era una raza injerta de dogo con mastín, entrenada para morder y alimentarse de carne humana. El Bobo, perro del conquistador Melchor Verdugo, devoró al hijo del [[curaca] de Bambamarca en Cajamarca. Hernando Pizarro tenía caballos, dogos y criados traídos de España. Se le decía el "príncipe de los conquistadores". Su jauría de perros fue útil para su hermano Francisco en las conquistas de la Puná, Tumbes, Piura y Cajamarca" (Julio R. Villanueva Sotomayor, El Perú en los tiempos modernos).
Villanueva afirma también que la conquista se manejó con criterio empresarial. Eso fue así porque la asociación tenía un fin específico: el botín de guerra. Se asociaban y se repartían las tareas, se fijaba la recompenza en riquezas y títulos. Para los que no eran socios se fijaba la recompensa en forma jerárquica. "Por ejemplo, los caballeros recibían el doble en oro que los peones de infantería".
Los prolegómenos de la conquista
Creación de la sociedad con Almagro y Hernando de Duque
Hacia 1523, a los 47 años de edad, Francisco Pizarro estaba afincado en Panamá, ciudad de la que llegó a ser su alcalde en el año 1522. Unos dicen que era hombre rico, con una fortuna que llegaba a los "30 mil de oro fino, un repartimiento en Taboaga y, junto con Diego de Almagro, dueño del más renombrado establo de vacas de la región". Para otros, en cambio, era un hombre de "modesta fortuna, tenía una mediana propiedad con algunos siervos". Jerez y Estete, amigos de Pizarro, son los únicos que aseguran que Pizarro era de una holgada posición económica. Al respecto, Horacio Urteaga afirma que "Estete es el único cronista que asegura que la situación económica de Pizarro y Almagro era holgada. Quintana y Mendiburu, que mucho averiguaron sobre la vida de los célebres conquistadores, nos aseguran que Pizarro era uno de los moradores de Panamá menos acaudalados, y cuando llegó el caso de la famosa contrata para descubrir el Perú, ambos socios no pudieron poner otra cosa que su industria personal y su experiencia".
El análisis histórico se inclina a creer que poseía una fortuna modesta porque para emprender la aventura, él y Almagro tuvieron que asociarse con un cura influyente, Hernando de Luque, que a la sazón era cura de Panamá. Villanueva habla de un cuarto "socio oculto": el licenciado Espinosa, que no quizó figurar públicamente, pero que fue el financiador de las expediciones. Ello debió ser así, por cuanto nunca uno sólo de los socios decidía de manera unilateral las acciones. Sólo Francisco Pizarro, iniciada la conquista física del Perú, tomó decisiones de campaña o sobre acciones militares y administrativas, prerrogativas de su cargo de Gobernador de Nueva Toledo.
Pizarro tiene ya 49 años cuando se asocia con Diego de Almagro y el cura Hernando de Luque para conquistar "Biru" o "El Biru", repartiéndose las responsabilidades de la expedición. Pizarro la comandaría, Almagro se encargaría del abastecimiento militar y de alimentos y Luque se encargaría de las finanzas y de la provisión de ayuda.
Pizarro no fue ni el primero ni el único que intentó la conquista del Perú. Dos años antes, en 1522, Pascual de Andagoya fue el primero en tratar de efectuar esa aventura: su expedición terminó en un estrepitoso fracaso. Las noticias de la existencia de "Biru" y de sus enormes riquezas en oro y plata, debió influir en el ánimo de tales aventureros y podría haber aportado el ingrediente decisivo para preparar la expedición no sólo de Pizarro sino de Andagoya. Por tal razón, Pizarro, Almagro y Luque se lanzaron a la aventura.
Primeras expediciones
Entre 1524 y 1527, Pizarro y sus socios hicieron dos intentonas de conquista, siendo ambas fallidas. La primera comenzó el 14 de noviembre de 1524, con el barco "Santiago", 112 hombres, 4 caballos y varios dogos. Llegaron hasta los manglares de Colombia, y parando de puerto en puerto, llegaron a otro, en donde Francisco Pizarro, decide quedarse, enviando a un navío a la isla de Las Perlas, cerca de Panamá, para abastecerse de provisiones. Dicha nave tardó en regresar y en aquella espera, murieron más de 20 españoles: se le denominó Puerto del Hambre. El refuerzo no llegó hasta 45 días después. Reparadas las fuerzas, la expedición continuó al sur, hasta un puerto que tomaron sin resistencia y que estaba provisto de gran cantidad de víveres. Al día siguiente, fueron atacados por los naturales, que hirieron a Francisco Pizarro y a otros españoles y matando a cinco. Lo llamaron Puerto de las Piedras. Pizarro de este puerto dispone el regreso a Panamá. Por su parte, Diego de Almagro va en busca de Pizarro en otro navío y llega a Puerto de las Piedras, en donde también es atacados por los belicosos naturales. En esta acción Almagro pierde un ojo. Sigue al sur hasta la desembocadura de un río al que denominaron San Juan, encontraron oro, pero no a Pizarro. De este río, retorna Almagro a Panamá, encontrando a Pizarro en Chicama. La expedición fracasa y tienen que retornar a Panamá. En Chicama, ambos conquistadores acordaron que Almagro iría a Panamá a componer las carabelas, reclutar más gente y organizar una nueva expedición.
En el segundo viaje tuvieron problemas desde el principio, por la oposición del gobernador de Panamá, Pedrarias, debido al fracaso de la primera expedición en la que se embarcó Pizarro. Sin embargo, finalmente el gobernador de Panamá cede y da su permiso para la segunda expedición de Pizarro. Diego de Almagro sale de Panamá en 1526, con dos carabelas y 110 hombres y se reúne con Pizarro en Chicama, que tenía 50 hombres más y continúan viaje juntos al sur, pegados a la costa. Pizarro decide quedarse en la desembocadura del río San Juan, enviando a la carabela más pequeña, al mando del piloto Bartolomé Ruiz, al sur. Al otro navío lo hizo retornar al mando de Diego de Almagro a Panamá en busca de más gente y de provisiones. Bartolomé Ruíz retornó luego de 70 días a la desembocadura del río San Juan, e informó a Pizarro de sus descubrimientos. Incluso habían capturado a seis indios tumbesinos. Pizarro escogería a dos de ellos, a los que llamó Francisco o Francisquillo y Felipe o Felipillo, para llevarlos a España. Este último sería el intérprete de los españoles en la celada de Cajamarca y acompañaría más tarde a Diego de Almagro a la conquista de Chile. Sería ajusticiado por su rebeldía. A estos indios, Bartolomé Ruíz los había capturado en una balsa que navegaba por la mar hacia el norte. No sólo capturaron a sus tripulantes, sino varias cosas que llevaban los indios a bordo, incluyendo una balanza de doble plato para pesar oro. Esto entusiasmó sobremanera a los conquistadores, por lo que, una vez que retornó Diego de Almagro, continuaron su expedición al sur. Llegaron al poblado de Tacánez y ahí fueron bien recibidos, les dieron alimentos y continuaron su viaje a la Isla del Gallo.
Pizarro se quedó en la Isla del Gallo. Almagro con parte de aventureros regresó a Panamá, para dar cuenta de la buena nueva al gobernador y para conseguir nuevos refuerzos a fin de continuar la expedición. Pedrarias había sido trasladado a Nicaragua y Pedro de los Ríos fue nombrado en su reemplazo. La orden de de los Ríos fue envíar dos navíos al mando de Juan Tafur para recoger a Pizarro. Llegaron a fines de septiembre a la Isla del Gallo. Ahí se produce la acción extrema de Francisco Pizarro de trazar una raya en el suelo de la isla. Los "Trece de la Fama", o los "Trece caballeros de la isla del Gallo", fueron: Pedro Alcón, Alonso Briceño, Pedro de Candia, Antonio Carrión, Francisco de Cuéllar, García Jerén, Alonso Molina, Martín Paz, Cristóbal de Peralta, Nicolás de Rivera (el viejo), Domingo de Soraluce, Juan de la Torre y Francisco de Villafuerte. Un dato histórico del que no se tiene noticia es que el piloto Bartolomé Ruíz también cruzó la línea. O sea, que fueron catorce los valientes y no trece. La historia no lo cuenta, por cuanto Francisco Pizarro le ordenó regresar a Panamá con Juan Tafur, en busca de refuerzos. Sobre la escena que se vivió en la Isla del Gallo, luego que Juan Tafur le trasmitiera la orden del gobernador Pedro de los Ríos, nos la cuenta el historiador José Antonio del Busto:
"El trujillano no se dejó ganar por la pasión y, desenvainando su espada, avanzó con ella desnuda hasta sus hombres. Se detuvo frente a ellos, los miró a todos y evitándose una arenga larga se limitó a decir, al tiempo que, según posteriores testimonios, trazaba con el arma una raya sobre la arena: "Por este lado se va a Panamá, a ser pobres, por este otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere". Un silencio de muerte rubricó las palabras del héroe, pero pasados los primeros instantes de la duda, se sintió crujir la arena húmeda bajo los borceguíes y las alpargatas de los valientes, que en número de trece, pasaron la raya. Pizarro, cuando los vió pasar la línea, "no poco se alegró, dando gracias a Dios por ello, pues había sido servido de ponelles en corazón la quedada". Sus nombres han quedado en la Historia".
Pizarro y los Trece de la Fama esperaron en la isla del Gallo por los refuerzos cinco meses, los cuales llegaron de Panamá, enviados por Diego de Almagro y Hernando de Luque, al mando de Bartolomé Ruíz (otros cronistas aseguran que fue Bartolomé Pérez). El navío encontró a Pizarro y los suyos en la Isla de la Gorgona, hambrientos y acosados por los indios. Ese mismo día, Pizarro ordenó zarpar hacia el sur.
De esta isla llegaron a Tumbes (al norte del actual Perú), en donde Pizarro hizo desembarcar a Pedro de Candia con una tropa. A su retorno, le informó de la existencia de un pueblo "con oro" y de la existencia de un gran señor. Continuaron por la costa navegando hasta la desembocadura del río Santa. En esta expedición, la gente de Pizarro capturó animales, objetos de oro y plata, cinco o seis muchachos, para enseñarles el castellano y puedan servir de intérpretes, ropa, y otras cosas para llevarlas a España y enseñárselas al rey. En Tumbes quedaron dos españoles, uno de apellido Morillo, que desertó y otro llamado Bocanegra, al que "Pedro de Candia dio licencia para quedarse".
Las capitulaciones
En 1528 Pizarro viaja a España. Llevó a España auquénidos, ropa, objetos de oro y plata y otras cosas para mostrar al soberano español. En Sevilla, su pariente el conquistador Hernán Cortés, lo vincula con el rey Carlos V, a quien informa de sus planes, obteniendo aceptación inmediata.
Francisco Pizarro finalmente terminó negociando con el Consejo de Indias, del que era presidente el Conde de Osorno. Estas negociaciones, se trabaron porque al parecer, Pizarro solicitó la gobernación del Perú para él y para Diego de Almagro, a lo que el Conde de Osorno se opuso, por la experiencia de Santa Marta, en donde dos conquistadores que habían ocupado el mismo cargo se habían enemistado y uno de ellos asesinado al otro. Por ello, Pizarro terminó aceptando la gobernación para él, desplazando a Diego de Almagro. Terminada la negociación con el Consejo de Indias, Francisco Pizarro y el rey Carlos I de España acuerdan la firma del convenio. Ante la ausencia del rey de España, la reina Isabel de Portugal y Fracisco Pizarro ajustan la Capitulación de Toledo, el 26 de julio de 1529. Villanueva, sobre esta Capitulación, nos dice:
"Pizarro consigue la plena autorización para proseguir la conquista, y, además, lo siguiente:
- 1. Para Francisco Pizarro: los títulos de Gobernador, Capitán General, Adelantado y Alguacil Mayor de la Nueva Castilla. Extensión de su gobernación 200 leguas (1.110 km) al sur del pueblo de Santiago, Ecuador (aproximadamente hasta la actual Chincha). Sueldo: 725 mil maravedíes al año.
- 2. Para Diego de Almagro: Gobernador de la Fortaleza de Tumbes. Título: Hidalgo. Sueldo: cien mil ducados.
- 3. Para Bartolomé Ruíz: el cargo de Piloto Mayor del Sur.
- 4. Para Pedro de Candia: el cargo de Jefe de Artillería.
- 5. Para los trece caballeros de la isla del Gallo, títulos de Hidalgos.
Como se puede notar, las diferencias a favor de Pizarro con respecto a Almagro eran notables".
Ajustada la Capitulación, Francisco Pizarro viaja a Sevilla, para retornar a América. Fletó tres embarcaciones: dos navíos y una zabra. Villanueva Sotomayor nos hace la aclaración de que "los navíos en ese tiempo se caracterizaban por ser bajeles de guerra, de tres palos y velas cuadradas, con dos o tres cubiertas o puentes y otras tantas baterías de cañones. La zabra, era un buque menor, de dos palos de cruz".
Entre los que se embarcaron rumbo a América con Francisco Pizarro se encontraban cuatro hermanos y un primo. Se traslada a Sanlúcar de Barrameda. Allí espera la autorización para zarpar, que no llega por cuanto el Consejo de Indias tenía que inspeccionar lo que Pizarro había ofrecido: los navíos y los 300 hombres. Ahí utiliza una argucia para burlar la inspección del Consejo. Zarpa con una de las naves a la isla de la Gomera y deja a su hermano Hernando Pizarro para la inspección. Hernando hace creer a los miembros del Consejo de Indias que los faltantes a los 300 hombres habían zarpado con su hermano Francisco, en un navío. Finalmente convence al Consejo y se le da autorización para zarpar. Se une a Pizarro en la isla de la Gomera y de ahí zarpan juntos hacia América.
Recalan en Santa Marta y de ahí pasan a Nombre de Dios, para encontrarse con Diego de Almagro y con el cura Luque. Ahí enterado de los términos de la Capitulación, "...y entendido no traía la gobernación para ambos..., se amotinó, y se alzó con el dinero y hacienda que tenía recogida, y no quiso ayudar al D. Francisco Pizarro..., y lo mismo hizo el padre Luque, porque no le trajo negociado el obispado...". Las diferencias entre Diego de Almagro y Francisco Pizarro se agravan por los pleitos que tuvo Almagro con Hernando Pizarro. La expedición partió en esas condiciones a Panamá. Parece ser que por mediación de Hernando de Soto y de Hernando Ponce de León, los antiguos socios amistaron.
La Conquista en marcha
Primera fase
La expedición sale de Panamá en 1531, con tres navíos, 180 españoles, varios indios auxiliares, 37 caballos, perros dogos, etc. Llegaron a la bahía de San Mateo, en donde la expedición se divide: una avanza por mar, en los navíos y la otra, por tierra, con los caballos y a pie, siendo constantemente hostigados por los naturales. En estas condiciones, llegaron a Coaque (en la costa norte de la provincia de Manabi, actual Ecuador), siendo recibidos con hostilidad por los naturales, lo que hizo que los españoles entraran a sangre y fuego. En este sitio los españoles saqueron la ciudad y se produce el primer reparto del botín. Es en Coaque, que los españoles toman contacto pleno con las costumbres de los pueblos que estaban bajo el dominio inca, como la momificación de los cadáveres. Reducidos los pobladores, Pizarro se queda en Coaque, mientras que sus navíos retornan a Panamá, por refuerzos. Hernando de Soto fue a Nicaragua para entrevistarse con Hernando Ponce de León, llevando varios objetos de oro y plata. Recluta unos 100 hombres y retorna a Coaque. Se une a Pizarro el conquistador Benalcázar con otro navío y con treinta hombres. Los otros dos navíos que habían ido a Panamá también retornaron, con 56 soldados y 26 caballos. Con ellos continuó al sur por mar y tierra, llegando a la Bahía de Caraque (Caráquez) y sin ser hostilizados, continuaron al sur. Llegando a la isla de la Puná fueron recibidos con algarabía por los naturales, ofreciéndoles una fiesta y obsequios ("...Había un señor Inca, de la nobleza del , funcionario real de la Puná, Túmbez y Puerto Viejo (Guayaquil). Su actuación fue muy discreta; a tal extremo que, luego de observar con detenimiento a los extranjeros, prefirió salir de la isla, seguramente para informar al Zapa Inca de la presencia de los españoles").
Como sucedió durante toda la conquista, la indisciplina y los abusos fueron una constante y ya en Puerto Viejo (actual Guayaquil), comenzaron dentro de la tropilla de Hernando de Soto, que había llegado a esta ciudad procedente de Nicaragua con dos navíos, nativos y españoles. La razón fue el descontento al no encontrar en ese primer contacto el oro y plata prometidos. En cambio encontraron guerra y hambre. La indisciplina se agudizó en Túmbez (Tumbes), al encontrarla arrasada.
A pesar de haber sido bien recibidos los españoles en la Isla de la Puná, éstos entregaron a los de Túmbez a principales de Puná, los cuales fueron degollados en presencia de los españoles. Los Puná preparaban la venganza, cuando fueron descubiertos por los españoles, que capturaron al cacique, saquearon su casa y destruyeron el pueblo. Los de Puná que lograron escapar atacaron el campamento español, pero fueron repelidos con los arcabuces, ballestas y "perros dogos", ante lo que se retiraron. Pizarro durante días los buscó con perros y tropas a caballo, apresándolos y matándolos. A los principales, los juzgaron y los condenaron a muerte, ejecutándolos, quemándolos y cortándoles la cabeza. A pesar de la matanza, en un acto inusual, Pizarro liberó al cacique de la Puná. Hecho esto, partió hacia Túmbez, dejando en Puná un capitán y algo de tropa.
Tres días duro la travesía de La Puná a Túmbez. Llegando a ella se entera que el cacique de este sitio, Quilimasa, estaba alzado. Mandó a buscarlos Pizarro. Encontraron unas balsas perdidas, sin sus tripulantes, pero con víveres. El encargado de repartir los víveres era Rodrigo Núñez. Sin embargo, para los españoles en esta etapa de la conquista, a dicho cargo no le daban importancia, dado que estaban acostumbrados a comer de lo que les ofrecían los indígenas, ya sea por voluntad o porque se los quitaban por la fuerza. Recién con Pedro de Alvarado se implantó el "rancho para la tropa" y fue practicado por los españoles que realizaron la expedición sin éxtito a Chile, que organizó Diego de Almagro.
Villanueva Sotomayor nos dice que la traición entre los conquistadores, "era pan de cada día": "Se produjo otro hecho curioso. Hernando de Soto quiso aprovechar la ocasión y, en vez de ir primero en búsqueda de Quilimasa y sus huestes, tomó el camino a Quito. ¿Pretendió huir?, ¿hacer su propia expedición conquistadora?. La maniobra fue descubierta por leales de Pizarro. Juan de la Torre y varios soldados se separaron de Hernando de Soto y regresaron a avisarle a Pizarro. El Gobernador mandó increpar su conducta. Hernando de Soto, viéndose descubierto, a manera de disculpa, explicó que "había confundido el camino". Como ambos conquistadores se necesitaban, disimularon el motín y se reemprendió la marcha por la ruta hacia Quilimasa. Pero, a partir de entonces, Juan y Gonzalo Pizarro siempre acompañaron a Hernando de Soto, en cada misión que se le encomendaba.".
Segunda fase
Hernando de Soto con su tropa persiguió a los tumbesinos levantados durante toda la noche y en la mañana: cayeron sobre sus campamentos, sorprendiéndolos y matándolos salvajemente, apoderándose de los campamentos. Al día siguiente continuó la persecución, el saqueo y la matanza. El cacique Quilimasa con las debidas garantías para su vida, se presentó ante Hernando de Soto, quien lo llevó donde el Gobernador. De la conversación con Quilimasa, se entera que otros caciques más importantes habían ordenado la muerte de los españoles.
Otra conversación importante fue la que sostuvo Pizarro con un principal venido del [[]]. Al respecto Pedro Pizarro dice: "...pues preguntando al indio qué era el dijo que era un pueblo grande donde residía el Señor de todos ellos, y que había mucha tierra poblada y muchos cántaros de oro y plata, y casas chapeadas con planchas de oro; y cierto el indio dijo verdad, y menos de lo que había..."; les informó también sobre valles más fértiles. Además de lo anterior, informó a Pizarro sobre la situación del Imperio. Todos estos informes entusiasmaron a Pizarro, quien decidió continuar con la conquista.
En vista que no encontraron a los indios que perseguían y que los poblados tumbesinos habian sido arrasados por los Punás, Pizarro decide continuar dejando en ella a su teniente y abandonarla en dos etapas. La vanguardia a su mando, acompañada por Hernando de Soto, partió hacia Poechos. La retaguardia, al mando de Hernando Pizarro, salió de Túmbez tiempo después, porque en sus filas había enfermos: se les ordenó que siguieran a la vanguardia.
En Poechos, Pizarro tiene noticias del Inca Atahualpa, que se estaba desplazando de Quito a Cajamarca. Además, tuvo detalles de la guerra que sostenía con Huascar Inca Yupanqui. Decide enviar a Hernando de Soto a Caxas, con la finalidad de recopilar información sobre Atahualpa Inca. Hernando de Soto se tomó un tiempo en esto, lo que causó la precocupación de Francisco Pizarro. En tanto se une la retaguardia de conquistadores que venían con Hernando Pizarro. En este tiempo se habían levantado los indios de Chira y Tangarala (Tangarará), obligando a los españoles de Hernando de Soto, a atrincherarse en la huaca Chira, enviando por ayuda a una parte de españoles donde Pizarro.
Francisco Pizarro deja a Hernando Pizarro en Poechos, y se dirige a la huaca Chira para auxiliar a sus compañeros de aventuras. Allí castigó severamente a los curacas: "Trece curacas fueron muertos a garrote y quemados sus cuerpos". Según la cosmovisión indígena, el ser quemados los anulaba para la vida después de la muerte, ya que creían que la muerte era un tránsito entre ésta y la otra vida, necesitaban sus cuerpos para ello; el fuego destruía ese cuerpo.
Luego de apaciguar a Chira, se dirige a Tangarala (Tangarará), en donde funda la Villa de San Miguel, el 29 de septiembre de 1531. Fue la primera ciudad española fundada en el Perú. Luego pasó a Piura, territorio de los tallanes. En esta ciudad, Francisco Pizarro hace el primer reparto de tierras e indios entre los españoles que quisieron afincarse en ella. Este primer reparto incluyó además de Piura, Túmbez (Tumbes). Pedro Pizarro, que había quedado con su hermano Hernando en Poechos, describe la presencia de un noble inca entre los curacas de Poechos, quien estaba allí para espiar a los españoles: "Y llegado que fue a Caxamalca donde Atabalipa estaba, le dijo que eran unos ladrones barbudos que habían salido de la mar, que venían caballeros en unos carneros como los del Collao, que son los mayores que hay en esta tierra". Así Pizarro tiene por primera vez noticia de Atahualpa, de la guerra civil que enfrentaba a los hermanos y del triunfo de los generales atahualpanos sobre Huascar, que había sido capturado.
Antes de entrar a la sierra, Francisco Pizarro tomó una serie de precauciones, que según Villanueva, fueron: "1. Que su hermano Juan Pizarro, con cincuenta de a caballo, se instalase en Piura, alerta ante las huestes de Atabalipa, haciendo gran actividad de espionaje; 2. Y que, con las demás gentes su hermano Hernando Pizarro se instalara en Tangarala; 3. El repartimiento de Túmbez, que era el más ambicionado, lo entregó a Hernando de Soto, cumpliendo la promesa que le hiciera a Hernando Ponce de León cuando le fletó dos navíos en Panamá; 4. En Tangarala puso como su teniente gobernador a Antonio Navarro, contador del rey de España; 5. Además, dejó en Tangarala a cincuenta y cinco vecinos españoles, que se quedaron a poblarla".
Luego de dictar las dispociones anteriores y de reforzar su retaguardia, se dirige a Cajamarca por el Cápac Ñam (Camino Inca de la sierra), en donde sabía se encontraba Atahualpa. Jerez dice que Pizarro salió de San Miguel de Piura el 24 de setiembre de 1532 con "sesenta y dos de caballo y ciento dos de pie". Camino a Cajamarca, un noble orejón se entrevista con Pizarro para hacerle saber que el Zapa Inca "tiene la voluntad de ser su amigo, y esperalle en paz en Caxamarca". Luego de esto el indio retornó a Cajamarca a informar a Atahualpa Inca y a entregarle los regalos que envió con él Francisco Pizarro y para decirle "que se paresuraría en llegar a Caxamarca y ser amigo del Inca"". Para no ser hostigado por ambos bandos de la confrontación intestina, Pizarro pregonaba que era pardiario de Huascar Inca Yupanqui y al Apoo, le decía que venía a apoyar a Atahualpa Inca.
Las tropas de Atahualpa acababan de derrotar a las de su hermano Huascar en Huanacopampa, el cual había sido hecho prisionero. Según María Rostworowski, "El consenso de cronistas de acuerdo en señalar las crueldades ordenadas contra los deudos, mujeres e hijos de Huascar. Todos fueron ahorcados y se persiguió en las casas de los difuntos Incas a los que habían pertenecido al linaje de Huáscar. El mayor ensañamiento se cumplió con los miembros de la panaca de Tupac Yupanqui, matando a todos los miembros que se pudieron hallar" (Historia del Tahuantinsuyu). Mientras esta represión tenía lugar en , Atahualpa permanecía en Huamachuco festejando los triunfos de sus generales y se preparaba para dirigirse al . En esto llegaron mensajeros enviados por los curacas de Payta y de Tumbes avisando de la llegada de unos extraños personajes que habitaban unas casas flotantes y montaban unos enormes animales. Quizá por curiosidad, Atahualpa retrasó su marcha a para ver a los recién llegados y dio a sus generales la orden de ir a Cajamarca con Huascar, lugar donde se reuniría con ellos.
En la llacta de Cinto, el curaca informó a Pizarro de que Atahualpa Inca había estado en Huamachuco y de que se dirigía a Cajamarca con cincuenta mil hombres de guerra. Continuando su camino hacia Cajamarca, los españoles llegaron a una bifurcación del camino. Uno de ellos llevaba a Chincha y el otro a Cajamarca. Muchos españoles opinaban que sería mejor ir a Chincha y evitar el enfrentamiento con Atahualpa Inca por el momento. Sin embargo, Pizarro decide ir a Cajamarca, por varias razones que explica Villanueva Sotomayor:
"1. Recuerda las recomendaciones de Hernán Cortés: "lo primero que hay que hacer es apoderarse del jefe, lo consideran como su dios y tienen poder absoluto. Con ello, los demás no saben qué hacer". 2. Por su propia experiencia, en Coaque, la Puná y Túmbez, sabe que apresando un curaca y teniéndolo como rehén se gana mucho. En cambio, suelto, el curaca se convierte en enemigo peligroso. 3. Los huascaristas lo ayudan porque él se ha declarado "su partidario". Tomar una ruta distinta a donde están los protagonistas de la guerra civil sería perder ese valioso apoyo. 4. A Atahualpa Inca le ha mandado decir que va a su encuentro porque "quiere ser su amigo" y "apoyarlo" en su lucha contra Huascar Inca. No cumplir con esa promesa debilitaría las posibilidades de la sorpresa y el engaño que le tenía preparado al Inca. 5. Cambiar la ruta hacia Chincha sería la perdición para Pizarro, porque quedarían al descubierto sus planes secretos...".
En un poblado de sierra, Pizarro decide dividir su ejército en dos fracciones: la vanguardia con él y cuarenta de a a caballo y sesenta de a pie. El resto, al mando de Hernando Pizarro, formaría la retaguardia y se uniría a Pizarro cuando él lo indicase. Luego de unos días de marcha, Pizarro mandó decir a su hermano Hernando que se le uniese para continuar el viaje a Cajamarca juntos. Los informes que le daban eran traquilizadores. Pizarro hace acampar a su fracción. En ese campamento, es que Pizarro recibe una embajada de Atahualpa Inca, con diez llamas que el Zapa Inca había enviado como regalo y para conocer el día que llegarían a Cajamarca, a fin de enviarles comida por el camino. En otra llacta del camino, Pizarro recibió otro obsequio de diez llamas, más informes que lo tranquilizaron, y con ellos se quedó uno de ellos que los acompañó todo el camino hasta Cajamarca.
En otra llacta, según Villanueva, hubo un incidente entre dos indios (entre el venido de Cajamarca y el que dio el alcance a Pizarro, de San Miguel de Piura, que había sido enviado a Cajamarca). La razón del pleito la explicó el indio de San Miguel así:
"1. El enviado del Inca mentía. Atahualpa no estaba en Cajamarca sino en el campo (Baños del Inca) y tenía mucha gente. 2. A él lo habían querido matar, pero se había salvado porque amenazó con que los embajadores de Atahualpa serían ajusticiados por el Gobernador. 3. No permitieron que hable directamente con el Inca, porque estaba ayunando. 4. Se entrevistó por fin, con un tío de Atahualpa, quien le requirió por los cristianos. Su respuesta resumida por Jerez, fue: "Y yo les dije que son valientes hombres y muy guerreros; que traen caballos que corren como viento y los que van en ellos, llevan unas lanzas largas, y con ellas matan a cuantos hallan, porque luego en dos saltos los alcanzan, y los caballos con los pies y bocas matan muchos. Los cristianos que andan a pie dije son muy sueltos, y traen en el brazo una rodela de madera con que se defienden y jubones fuertes colchados de algodón y unas espadas muy agudas que cortan por ambas partes , de cada golpe, un hombre por medio, y a una oveja (nota: llama) llevan la cabeza, y con ella cortan todas las armas que los indios tienen; y otras traen ballestas que tiran de lejos, que de cada saeteada matan un hombre y tiros de pólvora que tiran pelotas de fuego, que matan mucha gente".
El mensajero de Atahualpa replicó:
"1. Que si Atahualpa Inca no estaba en Cajamarca era porque esa llacta había sido reservada para aposentar a los cristianos. 2. Que Atahualpa Inca acostumbraba acampar desde que estaba en guerra con Huascar Inca. 3. Que cuando el Inca ayunaba no dejaban que hablara con nadie más sino con su padre el Inti. 4. Muy diplomáticamente, Pizarro, zanjó la discusión "...teniendo en lo secreto por cierto que era verdad" la versión del huascarista, su aliado".
Luego del incidente, los españoles continuaron su camino hacia Cajamarca. Muy cerca de esa llacta, Francisco Pizarro recibió otra embajada de Atahualpa Inca con comida. Después de esto caminó hasta que se ubicó a una legua de Cajamarca, "y toda la gente y caballos se armaron, y el Gobernador los puso en concierto para la entrada del pueblo, e hizo tres haces de los españoles de pie y de caballo".
"Llegado a la entrada de Caxamalca vieron estar el real de Atabaliba una legua de Caxamalca, en la falda de una sierra" (El Perú en los tiempos antiguos).
Los españoles habían llegado a Cajamarca por las alturas de Shicuana, al noreste del valle. Era el viernes 15 de noviembre de 1532. Habían caminado 53 días desde San Miguel de Piura.
El Inca Garcilaso de la Vega y Miguel de Estete aseguran que los españoles encontraron en Cajamarca "gente popular y algunos de la gente de guerra" de Atahualpa Inca. Además, que fueron muy bien recibidos. Otros cronistas, como Jerez, aseguran que los españoles no encontraron gente en la llacta. Herrera dice que "sólo se veían en un extremo de la plaza unas mujeres que lloraban la suerte que el destino reservaba a los españoles que habían provocado la cólera del Emperador indio" (Hechos de los castellanos, Década V).
Cuando Pizarro entró en Cajamarca, el Zapa Inca Atahualpa Inca se encontraba a media legua del asiento, en los Baños del Inca, donde habia asentado su real, "con cuarenta mil indios de guerra" (Pedro Pizarro). Entrados en Cajamarca y antes de apearse, Francisco Pizarro envió a Hernando de Soto con cinco o seis y un intérprete donde Atahualpa Inca, para que le diga "que él venía de parte de Dios y del Rey a los predicar y tenerlos por amigos, y otras cosas de paz y amistad, y que viniese a ver con él".
Parece ser que el recibimiento del Inca a Hernando de Soto fue más bien seco, pero envió una embajada para decirles que "podían quedarse en la llacta de Cajamarca, que él no podía ir porque estaba terminando su ayuno".
El Zapa Inca, una vez que se fueron los españoles, ordenó que veinte mil soldados imperiales se apostasen en las afueras de Cajamarca, para atrapar y amarrar a los españoles: estaba seguro que al ver tanta gente, los españoles huirían. Los españoles por su parte, pasaron en vela la noche por las noticias de Hernando de Soto y de Hernando Pizarro, sobre la cantidad de gente que habían visto. Y por el hecho que no sabían cómo atacaban los indios de guerra al no haber peleado nunca contra ellos. Por su parte, Francisco Pizarro que sí tenía experiencia, por los largos relatos que le hacía Hernán Cortés sobre la conquista de los aztecas, tenía en mente aplicar el mismo método que el empleado en México por Cortés.
Pizarro dispuso que Pedro de Candia se colocase en lo más alto del tambo real, en el centro de la plaza, con tres trompeteros y un falconete pequeño. Tenían la orden de disparar cuando ya el Inca, se encontrara en la plaza. Luego del estruendo del falconete, harían sonar las trompetas. A los de caballo los dividió en dos fracciones al mando de Hernando de Soto, uno y de Hernando Pizarro, el otro. La orden era que cuando escuchasen el estruendo deberían salir de sus escondites. La infantería tambien estaría dividida en dos fracciones, una al mando de Francisco Pizarro y la otra al mando de Juan Pizarro. La orden, avanzar a capturar al Zapa Inca. Todos debían estar escondidos en los edificios que rodeaban la plaza hasta escuchar la voz de ataque: ¡Santiago!, que sería dada por el cura Valverde, en su momento.
Al día siguiente, los espías de Atahualpa Inca le informaron de que "los españoles estaban tan asustados que se habían escondido en los tambos". No se apuró en ir a Cajamarca el Zapa Inca, primero comieron. Mientras, para los españoles la espera era angustiante. Pedro Pizarro, sobre esto, escribió "... yo oí a muchos españoles que sin sentirlos se orinaban de puro miedo".
Los cronistas fijan las cuatro de la tarde como la hora en que Atahualpa Inca ingresa a la plaza de Cajamarca. Este dice: "A la hora de las cuatro comienzan a caminar por su calzada delante, derecho a donde nosotros estábamos; y a las cinco o poco más, llegó a la puerta de la ciudad". El inca comenzó su entrada en Cajamarca, antecedida por su vanguardia de cuatrocientos hombres con "grandes cantares", ingresó a la plaza con toda su gente, que cubría toda ella, en una "litera muy rica, los cabos de los maderos cubiertos de plata...; la cual traían ochenta señores en hombros; todos vestidos de una librea azul muy rica; y él vestido su persona muy ricamente con su corona en la cabeza y al cuello un collar de esmeraldas grandes; y sentado en la litera en una silla muy pequeña con un cojín muy rico". Jerez, escribía. "Entre estos venía Atabaliba en una litera aforrada de plumas de papagayos de muchos colores, guarnecida de chapas de oro y plata".
Cabe destacar que los acompañantes del Zapa Inca no traían armas; éstas, en poder de los soldados, venían a retaguardia. Atahualpa Inca se sorprendió de no ver a ningún español en la plaza y mandó orejones a inspeccionar los tambos. Uno de los generales incas, sospechando, mandó traer la tropa de retaguardia. Esas lanzas y esas tropas jamás llegaron porque los acontecimientos de Cajamarca se sucedieron rápidamente y en una gran confusión.
Francisco Pizarro envió al cura dominico, fray Vicente de Valverde, al soldado Hernando de Aldama y al intérprete Martinillo. Ante el Zapa Inca, el cura Valverde hace el requerimiento formal a Atahualpa de abrazar la fe católica y someterse al dominio del rey de España, al mismo tiempo que le entregaba un evangelio. El diálogo que siguió es narrado de forma diferente por todos los testigos. Es posible que la tremenda angustia vivida en esos instantes impidiera después recordar las frases que se cruzaron en ese momento de tragedia.
Según algunos cronistas, la reacción del Zapa Inca fue de sorpresa, curiosidad, indignación y desdén. Atahualpa abrió y revisó el evangelio minuciosamente. Al no encontrarle significado alguno a lo escrito en él, lo tiró al suelo. Villanueva, dice que "luego le pidió (el Zapa Inca) su espada a Aldama. El español se la enseñó, pero no la entregó". La reacción posterior de Atahualpa fue decirle a Valverde que los españoles devolviesen todo lo que habían tomado de sus tierras sin su consentimiento; que nadie tenía autoridad para decirle al Hijo del Sol lo que tenía que hacer y que él haría su voluntad; y finalmente, que los extranjeros "se fuesen por bellacos y ladrones"; en caso contrario los mataría.
A una señal de Francisco Pizarro se puso en marcha lo planificado por él. Disparó el falconete de la artillería de Pedro de Candia y las trompetas y salieron los caballos. Según María Rostworowski "...sonaban los cascabeles atados a los caballos, disparaban ensordecedores los arcabuces; los gritos, alaridos y quejidos eran generales. En esta confusión los aterrorizados indígenas, en un esfuerzo por escapar, derribaron una pirca de la plaza y lograron huir. Tras ellos se lanzaron los jinetes, dándoles alcance mataron a todos los que pudieron, otros murieron aplastados por la avalancha humana".
Mientras tanto en la plaza de Cajamarca Pizarro buscaba el anda del Zapa Inca y Juan Pizarro la del Señor de Chincha. El Señor de Chincha y el Señor de Cajamarca fueron muertos por los españoles que los capturaron. Tambien mataron a mucha gente del entorno de ambos señores. "Otros capitanes murieron, que por ser gran número no se hace caso de ellos, porque todos los que venían en guarda de Atabaliba eran grandes señores" (Jerez).
Igual suerte hubiera corrido Atahualpa Inca de no ser por Francisco Pizarro, que ya se encontraba cerca de él, debido a que no podían derribar la litera del Zapa Inca, a pesar de que mataron a los portadores de la litera, ya que otros de refresco se metían a cargarla. Asi estuvieron forcejeando gran tiempo; un español quizo herir al Zapa Inca, cuando Francisco Pizarro, gritó que "nadie hiera al indio so pena de la vida...", hasta que hicieron caer el anda y capturan al Zapa Inca, al que ponen bajo arresto en un ambiente del Templo del Sol.
Al caer la noche de aquel aciago 16 de noviembre de 1532, habían terminado para siempre el Tahuantisuyu, el Zapa Inca estaba cautivo y con su prisión llegaba a su fin la independencia del estado inca.
Aquel fatítico atardecer, la ceguera de Atahualpa subestimó totalmente la tecnología y audacia de los extranjeros. No pasó por su mente el peligro que corría al dejar a unos forasteros avanzar hasta su real en lugar de tenderles una emboscada en un desfiladero. El Inca creyó que podría eliminarlos en cualquier y quiso primero satisfacer su curiosidad.
Tercera fase
Después de la captura de Atahualpa se inició el saqueo del real del Zapa Inca en los Baños del Inca. El soldado cronista Estete, dice: "... todas esas cosas de tiendas y ropas de lana y algodón eran en tan gran cantidad que a mi parecer fueran menester muchos navíos en que cupieran". Otro cronista dice: "...el oro y la plata y otras cosas de valor se recogió todo y se llevó a Cajamarca y se puso en poder del Tesorero de Su Majestad". Jerez nos dice del saqueo: "el oro y plata en piezas monstruosas y platos grandes y pequeños, y cántaros y ollas o braseros y copones grandes y otras piezas diversas. Atabalipa dijo que todo esto era vajilla de su servicio, y que sus indios que habían huído habían llevado otra mucha cantidad". Fue el primer botín de importancia que tomaron los españoles. Villanueva Sotomayor dice al respecto: "Se valoró ese primer tesoro de los incas en "ochenta mil pesos de oro y siete mil marcos de plata y catorce esmeraldas"".
Estando en prisión Atahualpa Inca, venian los curacas a visitarle trayéndole obsequios, en oro y plata. El Zapa Inca se dio cuenta entonces de que el oro y la plata tenía para los españoles otro valor, diferente, al que él y su pueblo le daban. También se dio cuenta y convenció que la única forma de salvarse era ofreciéndoles gran cantidad de oro y plata. Y así lo hizo. Le propuso a Francisco Pizarro: "...daría de oro una sala que tiene 22 pies de largo y diecisiete de ancho, llena hasta una raya blanca que está en la mitad del alto de la sala; y dijo que hasta allí henchiría la sala con diversas piezas de oro, cántaros, ollas y tejuelos, y otras piezas, y que de plata daría todo aquél bohío dos veces lleno, y que esto cumpliría dentro de dos meses" (El Perú en los tiempos modernos). La propuesta hizo estremecer de codicia a los españoles, y Pizarro se apresuró a confirmar la promesa por escrito en un acta ante escribano. Atahualpa le informó además del Templo de Pachacámac y de sus riquezas, que se encontraba a "diez jornadas al sur".
Pizarro comenzó a tomar una serie de providencias; reforzó la seguridad de Cajamarca, con obras civiles, en las cuales trabajaron "muchos indios huascaristas". El primer cargamento de oro ofrecido por Atahualpa Inca llegó del y lo trajo un hermano del Zapa Inca, "trájole unas hermanas y mujeres de Atabaliba, y trajo muchas vasillas de oro; cántaros y ollas y otras piezas y mucha plata, y dijo que por el camino venía más; que como es tan larga la jornada, cansan los indios que lo traen y no pueden llegar tan aína; que cada día entrará más oro y plata de los que quedan más atrás". "Y así, entran algunos días veinte mil, y otras veces treinta mil, y otras cincuenta, y otras sesenta mil pesos de oro en cántaros y ollas grandes de tres arrobas y de a dos, y cántaros y ollas grandes de plata y otras muchas vasijas". Pizarro iba acumulando esas piezas en uno de los aposentos donde estaba Atahualpa Inca, "hasta que cumpla su promesa".
Estando en Cajamarca Pizarro, arribaron al puerto de Manabi (actual Ecuador) seis navíos. El 20 de enero de 1533, Pizarro recibió mensajeros enviados desde San Miguel de Piura, avisándole tal arribo. Tres de las naves mayores arribaron de Panamá, al mando de Diego de Almagro, con 120 hombres. Las otras tres carabelas llegaron de Nicaragua, con 30 hombres más. En total desembarcaron, además, 84 caballos. El cacique de Túmbez entró en rebeldía, más no levantó a su gente.
Esta tercera etapa de la conquista fue más de consolidación del triunfo que habían tenido en la plaza de Cajamarca y de reparto del primer botín de guerra. A Francisco Pizarro debió preocuparle no sólo la presion de sus hombres para el reparto del oro y la plata, sino la presión de debían estar recibiendo sus socios en Panamá y Nicaragua para el pago de los fletes y demás pertechos. Para demostrar el éxito de su empresa y poder así reclutar mas gente para la empresa, gente que por otro lado debía necesitar con suma urgencia, dada la escasez de hombres con que contaban.
Cuarta fase
El 6 de enero de 1533, Hernando Pizarro con Francisco de Jerez, secretario del Gobernador, parte con 20 hombres a caballo, algunos de infantería y varios indios auxiliares, hacia Huamachuco, por orden de Francisco Pizarro. El 21 de enero de 1533, ingresó a Cajamarca otro cargamento de oro y plata, traído por otro hermano de Atahualpa Inca. Fueron "trescientas cargas de oro y plata en cántaros y ollas grandes y otras diversas piezas". Este hermano del Zapa Inca informó también de la existencia de otro cargamento que se encontraba en Xauxa, al mando del general Challcuchima. En Huamacucho, los españoles tranquilizan al conquistador Pizarro al informarle que todo se encontraba en calma, a lo que Pizarro les ordena avanzar hasta Pachacámac, ya que tenía de rehenes a los señores de este lugar, que también habían ofrecido oro y plata por su libertad.
Entre tanto en Cajamarca, la ambición de los españoles llegaba a límites extremos, lo que obligó a Pizarro a comisionar a un hermano de Atahualpa Inca, a los españoles Pedro Martín de Moguer y a Martín Bueno, negros esclavos y cientos de indios aliados, para que viajen al , por el Cápac Ñam, y apresuren el envío del oro y plata de Xauxa y se informen de la situación en la capital del Imperio. Esta tropa salió de Cajamarca el 15 de febrero de 1533.
El 14 de abril de 1533 llega Diego de Almagro a Cajamarca y el 28 del mismo mes,entró otro cargamento de oro y plata a esa ciudad, procedente de Xauxa. Traían "ciento siete cargas de oro y siete de plata". El 25 de marzo de 1533, llega a Cajamarca el grupo enviado al mando de Hernando Pizarro. Habían recorrido Huamachuco, el Callejón de Huaylas, Pachacámac, Xauxa, las pampas de Junín y en Conchucos. De Pachacámac traían "veintisiete cargas de oro y dos mil de plata" y un rehén importante: el general Challcuchima, apresado en Xauxa.
El 13 de mayo, la presión de la tropa por el reparto del botín de guerra era tal que obligó a Pizarro a empezar la fundición de las piezas de oro y plata que había en Cajamarca. Además, Pizarro tenía el convencimiento de que ya se había recolectado la mayor parte del oro y plata de este reino.
Uno de los españoles que había ido al , informó a Pizarro de que "se había tomado posesión en nombre de su majestad en aquella ciudad del ", así como el número y descripción de las ciudades existentes entre Cajamarca y el y de la cantidad de oro y plata recogidas. Quizá un dato importante del que informan a Pizarro es la presencia en el del general Quízquiz con "treinta mil hombres de guarnición". El 13 de junio llega a Cajamarca el oro y plata procedentes del y de Xauxa. Eran "doscientas cargas de oro y veinticinco de plata". Días después llegaron "otras sesenta cargas de oro bajo".
Villanueva Sotomayor nos dice que Francisco Pizarro, para cuidar sus "dos tesoros" (el Inca y las riquezas de oro y plata), "...hacía resguardar la plaza fuerte de Cajamarca con una vigilancia permanente, por rondas, de 50 soldados de a caballo, durante el día y gran parte de la noche. Durante las madrugadas, era de 150 de a caballo, amén de los espías, informantes y vigías de pie; indios y españoles".
Finalmente, el 18 de junio, Pizarro ordenó fundir lo recaudado y repartirlo. Toda la fundición arrojó un valor total de "un ciento y trescientos mil veintiséis mil quinientos treinta y nueve pesos de buen oro" (1.326.539 pesos de oro). En el libro El Perú en los tiempos modernos, se dice al respecto: "Luego de pagar los derechos del fundidor, el quinto real para la Corona española fue de 262.259 pesos de oro de alta pureza; El fundidor al que se le pagó fue un orfebre español. Pero toda la fundición la hicieron metalistas indígenas, de acuerdo con su método. "Comúnmente se fundían cada día cincuenta o sesenta mil pesos. Esta fundición fue hecha por los indios, que hay entre ellos plateros y fundidores, que fundían con nuevas forjas"". El total de plata fundida se valoró en 51.010 marcos. A la Corona le tocó 10.121 marcos.
Los de a caballo recibieron en total: 610.131 pesos de oro y 25.798'6 marcos de plata. Promedio individual: 9.386'60 pesos de oro y 396'9 marcos de plata. Los de infantería recibieron en total: 360.994 pesos de oro y 15.061'70 marcos de plata. Promedio individual: 3.438 pesos de oro y 143'4 marcos de plata.
El Gobernador, según su criterio, premió a unos con más y a otros les quitó algo. También entregó unos 15.000 pesos de oro a los vecinos que quedaron en San Miguel. A Diego de Almagro y sus huestes les repartió de acuerdo con su criterio, dándoles 20.000 pesos de oro para que se repartieran entre todos ellos. Pos supuesto, recibieron mucho menos que los caballeros e infantes que intervinieron directamente en la captura de Atahualpa Inca.
Almagro había pedido que a él y a sus compañeros les tocase la mitad que a los de Cajamarca. Esta falta de acuerdo fue otro motivo para que ambos socios se distanciasen más, arrastrando en sus diferencias a los soldados que estaban bajo el mando de cada uno de ellos. Los que en Cajamarca se beneficiaron del reparto fueron el cura Valverde, 65 de a caballo y 105 de infantería. En total: 171 conquistadores.
Según Pablo Macera, "El Rescate de Atahualpa consistió en 6.087 kilogramos de oro y 11.793 kilogramos de plata. A cada soldado a caballo le tocaba 40 kilogramos de oro y 80 kilogramos de plata. A los peones, la mitad. A los soldados con perros más que a los peones. A Pizarro siete veces lo que a un jinete de caballo, además del trono de Atahualpa que pesaba 83 kilogramos de oro. Los sacerdotes recibieron la mitad de un peón". Prescott dice que dicho tesoro "teniendo presente el mayor valor de la moneda en el siglo XVI, vendría a equivaler en el actual (siglo XIX) a cerca de tres millones y medio de libras esterlinas o poco menos de quince millones y medio de duros" La historia no ofrece ejemplos de semejante botín, todo en metal precioso y reducible como era a dinero constante".
Según Henry Kamen, "La recopilación del tesoro inca es uno de los hechos más emblemáticos en la historia de todos los imperios. Esta acción demostraba a la perfección la obsesión de los europeos con la riqueza asociada a los metales preciosos, pero, sobre todo, demostraba su completa indiferencia ante la destrucción de las culturas con las que entraban en contacto. A medida que los emisarios del Inca recogían tesoros en todos los rincones de su imperio [..] los iban fundiendo sistemáticamente [..] Por espacio de dos mil años, los artesanos de los Andes habían aplicado sus técnicas a trabajar y a decorar el oro. Todo quedó convertido en un mero recuerdo.".
Una vez recibido el "rescate", la persona de Atahualpa dejó de tener interés para Pizarro y comenzó a estorbarle. Si bien el Inca había cumplido con su compromiso, Pizarro no pensaba mantener el suyo, es decir, dejar en libertad al soberano. Era obvio el peligro que corrían los españoles si liberaban al Inca, quien sólo con su prestigio como Hijo del Sol podía reunir en torno suyo a sus generales y sus ejércitos. A los españoles les convenía deshacerse de Atahualpa lo antes posible. Por ese motivo se corrió la voz sobre una supuesta rebelión de leales a Atahualpa. Pizarro no veía útil llevar consigo al Inca, puesto que se exponía a ataques de las tropas de Atahualpa para liberarle. Hernando de Soto, "...quien trabó cierta amistad con el Inca y defendía su persona, fue enviado a Caxas a la cabeza de un grupo de soldados para verificar la verdad de los rumores cuya falsedad se demostró posteriormente" (María Rostworowski, Historia del Tahuantinsuyu). Pizarro, junto con sus oficiales y los principales capitanes juzgaron a Atahualpa, lo acusaron de la muerte de Huascar y de reunir tropas en contra de los españoles.
Efectivamente, Pizarro se había enterado de la prisión de Huascar y le manifestó a Atahualpa su deseo de conocerlo y de que lo trajesen a Cajamarca. Al temerse Atahualpa que Pizarro pretendiese nombrarle Inca en su lugar, mandó secretamente un mensajero a sus generales con las órdenes de matar a Huascar, lo que sucedió en Antamarca, cerca de Yanamayo.
Utilizando este hecho y los falsos rumores de rebelión contra los españoles, se sentenció a Atahualpa a morir en la hoguera ("...que muriese quemado si no se tornase cristiano, Atabaliba dijo que quería ser cristiano, "y bautizóle el muy reverendo padre Fray Vicente de Valverde""). De esta forma, se le conmutó la pena por la del garrote. Nada había peor en el ámbito andino que la pérdida del cuerpo, lo que impediría la momificación y la inmortalidad. Esta es, sin duda, la razón por la que Atahualpa aceptó el bautismo. Le pusieron de nombre Francisco y no de Juan, como a veces se ha asegurado.
La fecha de la ejecución de Atahualpa no es segura y se ha prestado a errores y controversias. De acuerdo con Franklin Peace, un documento del Archivo de Indias, encontrado en Sevilla por él dice: "Y en dicho pueblo de Caxamalca en treinta y un días del dicho mes de julio en presencia de los dichos oficiales de S.M. manifestó Francisco Pizarro mil ciento ochenta y cinco pesos en piezas labradas de indios que dijo que se le había dado el cacique Atahualpa y manifestóles después de la muerte de dicho Atahualpa cinco días". Esto es, el 26 de julio de 1533. Por su parte María Rostworowski, escribe: "...parece lógico suponer que la muerte del Inca ocurrió después del 8 de junio y antes del 29 de julio de 1533. La partida de Cajamarca se inició a mediados de agosto por grupos, el 26 de ese mismo mes, estaban en Andamarca y el 2 de setiembre arriban a Huaylas. La fecha antojadiza del 29 de agosto es completamente equivocada y se hace necesario rectificar el error". Kamen cita la fecha del 28 de julio del 28 de julio. Los comentaristas españoles posteriores nunca dejaron de ver la muerte del Inca como un crimen. José de Acosta consideró lo siguiente: "pecaron gravemente los nuestros matando al príncipe".
Muerto Atahualpa Inca, termina la dinastía de los Zapa Incas. Tras estos sucesos, el desconcierto entre la nobleza de debío de ser enorme. Muertos Atahualpa y Huascar y a falta de leyes fijas para la sucesión, el Tahuantinsuyu quedó descabezado y a la deriva. Para evitar esto, Pizarro nombra a un hijo de Huayna Cápac Inca Yupanqui, como duodécimo Zapa Inca del Imperio: Túpac Huallpa, que había venido a visitar a Atahualpa preso. Los cronistas españoles le llaman Toparpa, quien reconoce vasallaje al rey de España.
Los conquistadores se apresuraron a confirmar sus concesiones ante el gobierno español (al tiempo que apartaba el "quinto real" para la corona). Hernando Pizarro salió con el quinto real de Cajamarca, rumbo a San Miguel de Piura. Ahí embarcaron rumbo a Panamá, cruzando el istmo, se embarcaron nuevamente hacia Sevilla. La primera de las cuatro naos llegó a Sevilla el 5 de diciembre de 1533, con los españoles Cristóbal de Mena y Fray Juan de Sosa (misionero de la Orden de La Merced). El oro y la plata que se desmbarcó de dicha nao ascendía a 38.946 pesos. El 4 de enero de 1534, arribó y ancló en Sevilla la nao "Santa María del Campo", en donde estaba embarcado Hernando Pizarro. Desembarcó con 153.000 pesos de oro y 5.048 marcos de plata. Todo lo traído de Perú fue depositado en la Casa de Contratación de Sevilla. Finalmente, el 3 de junio, llegaron las otras dos naos, en donde estaban embarcados Francisco de Jerez, primer secretario del gobernador Francisco Pizarro y Francisco Rodríguez. Se desembarcaron de estas naos 146.518 pesos de oro y 30.511 marcos de plata. Villanueva dice que el total desembarcado por las cuatro naos "... fue valorado en 708.580 pesos. El peso y el castellano eran monedas equivalentes; pero cada uno era igual a 450 maravedíes. Sólo el oro fundido (convertido en barras y otros pedazos) se valoró en 318.861,000 maravedíes. La plata fundida valió 180.307.680 maravedíes".
Quinta fase
A pesar de tener casi dominado el norte del Imperio con la toma de la Isla de la Puná y Túmbez, haber fundado una ciudad en San Miguel de Piura, haber tomado la plaza fuerte de Cajamarca, tener de rehenes a varios curacas y haber eliminado al Zapa Inca y tener de apoyo a muchos indios huascaristas y etnias esperanzadas en ser liberadas del yugo inca, los españoles aún no habían consolidado la conquista. Antes de dirigirse a Xauxa, Pizarro envió una comitiva de diez soldados a San Miguel con la finalidad que esperasen en ese lugar al primer navío de entrase procedente de Panamá o de Nicaragua. Con lo desembarcado, deberían reunirse con él en Xauxa. En Xauxa, Pizarro realiza otra fundición de oro y su respectivo reparto, con las piezas llegadas a Cajamarca antes de la salida de los españoles de la misma.
Los españoles salieron de Cajamarca "un lunes por la mañana". En el camino, se enteran del asesinato de Guaritico, que era hermano de Atahualpa Inca y de Túpac Huallpa (Toparpa). Éste colaboraba con los españoles y había salido antes que Pizarro de Cajamarca y formaba su vanguardia en el viaje al , la capital incaica, hasta hacía poco en manos de Huascar. Lo anterior parece probar que los españoles, a su desembarco en el Perú, ya tenían ganado a parte del Imperio, que los ayudó. Ello se debió no a las simpatías que pudieron haber generado, sino simplemente a que muchos en el Imperio estaban descontentos de la pesada opresión inca. Llegaron a Huamachuco y luego de reponer fuerzas por dos días, Pizarro envía una avanzada al mando de Diego de Almagro. Luego se encuentran en Huaylas, donde quedan por ocho días.
Continúan su viaje al sur por Andamarca, Corongo, Yungay, Huaraz, Recuay, Chiquián y llegan a Cajatambo. Ahí, Pizarro refuerza su vanguardia y retaguardia, ante el temor de levantamientos y ataques de los naturales, leales a Challcuchima, que venía con él y porque las llactas por donde pasaban siempre estaban abandonadas. En este camino, Francisco Pizarro se entera por informantes de que los generales atahualpistas Yncorabaliba, Yguaparro y Mortay venían reclutando gente de guerra en Pumpu (Bombón). A partir de entonces quedaron incomunicados Challcuchima y el Inca títere, Túpac Huallpa.
Tomando el camino de Oyón, se enteran que a cinco leguas de Xauxa había gente de guerra para destruirla y para que los españoles no encontraran nada. Llegaron a Tarma sin encontrar resistencia. En esta llacta, pasaron la noche. Al amanecer reemprendieron la marcha hacia Xauxa. A dos leguas de ésta, Pizarro divide su ejército. Cerca se da cuenta que la llacta está íntegra y no sólo eso, sino que tuvieron un recibimiento cordial, "celebrando su venida, porque con ella pensaban que saldrían de la esclavitud en que les tenía gente extranjera".
Entrando a Xauxa, encuentran levantado al general Yukra Huallpa, dejado ahí por Challcuchima antes de su captura. Los españoles emboscaron a las tropas de Yukra Huallpa, haciendo una matanza. Dicha tropa, estacionada por Challcuchima, eran partidaria de Atahualpa Inca, y había sido enviada por los generales Yncorabaliba, Yguaparro y Mortay, que se encontraban con el grueso de su ejército a seis leguas de Xauxa y en permanente contacto con el ejército de Quízquiz, que se hallaba en el . Enterado Francisco Pizarro, envía una tropa a hacerles frente, mas los incas los hacen retroceder. Pizarro ante esto pretende atacar por sorpresa a la tropa inca; pero es engañado y cuando quiere continuar hacia el , se da cuenta que los puentes estratégicos habían sido cortados.
En la ciudad de Xauxa Francisco Pizarro deja a 80 españoles, al tesorero de Su Majestad y a un lugarteniente como su representante. En esta ciudad muere misteriosamente, probablemente envenenado, Túpac Huallpa.
Muerto el Zapa Inca, Pizarro convoca a Challcuchima y otros nobles colaboracionistas que viajaban con él para que propongan al nuevo Zapa Inca "títere". En esta reunión y frente al enemigo común, nuevamente se notan las diferencias entre huascaristas y atahualpistas, lo que es explotado hábilmente por Francisco Pizarro. Challcuchima, propone a Aticoc, hijo quiteño de Atahualpa Inca, mientras que los nobles cuzqueños proponen a un hermano del Zapa Inca muerto, pero de orígen cuzqueño. Como estaban cerca del , Pizarro hábilmente se decide por el Inca de orígen cuzqueño. Mientras los nobles buscaban a este hermano cuzqueño del Zapa Inca asesinado, Pizarro envió expediciones a la costa, con la finalidad de encontrar lugares idóneos para instalar puertos marítimos, y esperando los resultados se quedó en Xauxa. Entre tanto, envió otra tropilla con rumbo al , a fin de que fueran reponiendo los puentes que estuvieran cortados. Los españoles, en su viaje por todo el valle del Mantaro fueron constantemente ayudados por los huancas. Entraron a Tarcos, una llacta entre Xauxa y Vilcas el 31 de octubre de 1533. En Vilcas se enfrentan a los incas en una feróz batalla, que a pesar de la superioridad numérica, los incas pierden, debido a la superioridad de las armas españolas, con gran matanza entre los indios.
Continuó Pizarro su viaje hacia el , cuando recibe la noticia de Hernando de Soto de que el general inca Narabaliba se encontraba con una tropa de dos mil soldados, enviados por Quízquiz en Andabailla (Andahuaylas). Algo que contribuyó a debilitar los ataques de los incas, en este tramo del viaje hacia el , fue el hecho que tuvieran como rehén al general Challcuchima, hombre muy querido por sus tropas. Temían la represalia de Pizarro y la muerte del valiente general atahualpista.
Pizarro entró en Andahuaylas (Anadabailla para los españoles) sin ser molestado. Pasó la noche y al día siguiente continuó hasta Curamba o Airamba, en donde encontraron dos caballos muertos. Esto preocupó al gobernador sobre la suerte de Hernando de Soto y su tropa. Luego de la entrada a Andahuaylas y del hallazgo de los caballos, Pizarro recibe la noticia de que Hernando de Soto se encontraba en el camino al , y de que estaba bloqueado, pero que no había tropas incas y que los caballos habían muerto de "tanto calentarse y enfriarse". Luego de Andahuaylas, Pizarro continuó su viaje hacia el y encontrándose en un río, recibe la noticia de un enfrentamiento de su vanguardia con los rebeldes incas.
Lo que había pasado era que Hernando de Soto, en su avance con la vanguardia hacia el , luego de vadear un río al que habían cortado los puentes, se encontró con tropa imperial, que le hizo frente. Esta tropa pertenecía al ejército imperial de Quízquiz. Los incas se habían dado cuenta de que los españoles estaban cansados, de igual manera sus caballos y perros, por lo que de motu propio, a veces sin ordenes de Quizquiz, atacaban a los españoles. Eso fue lo que pasó luego del vadeo del río, en que los españoles fueron atacados por los indios, que presionaron con tanta fuerza que mataron a cinco jinetes españoles. "A cinco cristianos cuyos caballos no pudieron subir a lo alto, cargó tanto la muchedumbre, que a dos de ellos les fue imposible apearse y los mataron encima de sus caballos..."; "les abrieron a todos la cabeza por medio, con sus hachas y porras"; "... hirieron diez y ocho caballos y seis cristianos; pero no de heridas peligrosas, que sólo un caballo de éstos murió".
Luego de este ataque, los incas se fueron a una colina cercana, esperando el enfrentamiento franco, "casi concertado, esperando siempre un arreglo amistoso", costumbre de la guerra andina. Mientras que Hernando de Soto, recurría a una argucia, al fingir que se refugiaba en un llano, aparentando huir, mientras que una parte de la tropa imperial los perseguía a hondazos, hasta que una vez que los hubieron alejado lo suficiente del grueso de las tropas incas, sobreparó la caballería y arremetió contra ellos, aniquilándolos. Cuando el grueso del ejército inca vió esto, se retiró, pero acamparon tan cerca los dos ejércitos que se oían las voces. La llegada inesperada de Diego de Almagro, con 40 a caballo, hizo que los indios se retiraran sin presentar batalla. Juntos, Hernando de Soto y Diego de Almagro continuaron viaje hacia el , cuando fueron informados de la presencia de una tropa inca, que había enviado el general Quízquiz, por lo que optaron por atrincherarse en una llacta, en donde esperaron a Francisco Pizarro.
Noticiado de estos hechos, Francisco Pizarro sospechó que todos sus movimientos eran espiados y que el general Challcuchima era el que enviaba dichos informes a las tropas incas. Villanueva Sotomayor, nos dice que el Gobernador en esa oportunidad, amenazó al general inca, acusándolo de traidor: "... tan luego como haya llegado a donde está el capitán con mis gentes, te haré quemar vivo..., de esto no te quepa duda si no das traza de que estos indios amigos tuyos dejen las armas y vengan en paz como te he dicho otras veces". Continuando el camino y estando ya cerca del , Diego de Almagro se presentó en el campamento del Gobernador y ambos continuaron hasta donde se encontraba Hernando de Soto. Unidos así, siguieron ese mismo día a "Sachisagagna (Xaquixaguana), Sacsahuamán o Jaquijahuana), donde acamparon".
Diego de Almagro y Hernando de Soto estuvieron de acuerdo con Francisco Pizarro en que todas las cosas que les estaban pasando eran producto de la "infidencia de Challcuchima", y lo condenaron a ser quemado vivo. "El religioso trataba de persuadirlo a que se hiciera cristiano diciéndole que los que se bautizaban y creían en fe verdadera en nuestro redentor Jesucristo iban a la gloria del paraíso, y los que no creían en él iban al infierno y a sus penas, haciéndole entender todo por un intérprete. Más él no quizo ser cristiano diciendo que no sabía que cosa fuese esa ley y comenzó a invocar a Paccamaca (Pachacámac) y al capitán Quízquiz que vinieran a socorrerlo". Murió en la plaza de Sachisagagna, quemado vivo. "Toda la gente de la tierra se alegró infinito de su muerte, porque era muy aborrecido de todos por conocer lo cruel que era". Tal cosa es explicable, porque Xaquixaguana está cerca del , donde Huascar tenía sus bases de poder y sabían sus pobladores de las "atrocidades que habían cometido él y Quízquiz con la panaca de Huascar Inca y sus servidores" tras la derrota de Huascar.
El 14 de noviembre de 1533, se presentó en el campamento de Francisco Pizarro, de Xaquixaguana, Manco Inca Yupanqui, hijo de Huaina Cápac Inca Yupanqui, de ascendencia cuzqueña, que había andado fugitivo de las huestes de Atahualpa. Cuando Pizarro vió a Manco Inca Yupanqui, le dijo: "Mucho me place lo que me dices y hallarte con tan buena disposición para echar fuera esta gente de Quito, y has de saber que yo no he venido de Xauxa por otro efecto sino para impedir que ellos te hicieran daño, y librarte de su esclavitud, y puedes creer que yo no vengo para provecho mío..., pero sabiendo los agravios que te hacían, quise venir a remediarlos y desfacerlos, como me lo mandaba el Emperador mi señor". "Y así puedes estar seguro de que haré en favor tuyo todo lo que me parezca conveniente, y también para liberar de esta tiranía a los del ".
Sin obstáculos, entró al el conquistador Francisco Pizarro, con Manco Inca y las huestes españolas e incas huascaristas. "De este modo entró el Gobernador con su gente en aquella gran ciudad del sin otra resistencia ni batalla, el viernes a la hora de misa mayor, a quince días del mes de noviembre del año del Nacimiento de Nuestro Salvador y Redentor Jesucristo MDXXXIII".
Entre tanto, Pizarro, al no ser hostilizado cuando tomó el , organizó otro ejército con gente de Manco Inca Yupanqui reuniendo "cinco mil guerreros". Ordenó a Hernando de Soto que apoyara a dicha tropa india con cincuenta de a caballo, saliendo del para presentar batalla a Quízquiz a cinco leguas del , en donde estaba su campamento. En la localidad de Sapi se enfrentaron ambos ejércitos, de donde salió victoriosa la tropa combinada de Manco Inca Yupanqui, pero sin poder derrotarlo decisivamente. Luego de esta batalla regresaron al . El general Paullu Inca, que comandaba las tropas de Manco Inca, persiguió al ejército de Quízquiz, siendo derrotado en esa persecusión. En el se recibió la noticia "que les habían muerto mil indios". Entre tanto Manco Inca Yupanqui solicitó a los curacas "gente de guerra", y en menos de diez días tenía en el un ejército de diez mil guerreros.
Astutamente Francisco Pizarro hizo legalizar el vasallaje de Manco Inca Yupanqui un domingo a la salida de la misa a la que habían asistido ambos. Hizo salir a la plaza al Zapa Inca, y le ordenó a su secretario Sancho de la Hoz que leyera la "demanda y requerimiento". Pizarro siguió el protocolo español para estos casos; al final Pizarro abrazó a Manco Inca Yupanqui y éste retribuyó el gesto, ofreciéndole chicha en un vaso de oro.
Llegado el verano y las copiosas lluvias estivales, no se organizó ninguna campaña contra las tropas de Quízquiz. En febrero de 1534, el ejército de Manco Inca Yupanqui, que a la sazón contaba con veinticinco mil soldados y los cincuenta de a caballo de Hernando de Soto, se puso en movimiento persiguiendo a Quízquiz, por la ruta de Vilcas. Llegando a Vilcas, el ejército de Manco Inca descansó. Allí fueron noticiados de que el ejército de Quízquiz se encontraba en Xauxa. Esto preocupó sobremanera a la tropa española de Manco Inca Yupanqui, porque en Xauxa se encontraba la guarnición que había dejado Francisco Pizarro en su avance sobre el . Toda la caballería española al mando de Hernando de Soto más cuatro mil guerreros del ejército de Paullu Inca, comandados por él, se apresuraron a ir en auxilio de los españoles dejados en Xauxa. Manco Inca Yupanqui y el resto del ejército regresó al . Parece que la tropa de Hernando de Soto y de Paullu Inca, llegó a tiempo, porque el ejército de Quízquiz había puesto sito a la plaza sin atacarla.
En uno de los reconocimientos a la plaza de Xauxa por parte del ejército de Quízquiz, llegaron a una legua de dicha llacta. Hernando de Soto y Paullu Inca tomaron veinte de a caballo y tres mil guerreros incas y fueron en su búsqueda. Los de Quízquiz fueron alcanzados en Maracaylla, en donde se produjo el enfrentamiento. Villanueva dice que el enfrentamiento fue duro, aunque no de "cuerpo a cuerpo", ya que un ejército se encontraba en una orilla del río Mantaro y el otro, en la otra orilla. Las armas que más se usaron en esta batalla fueron la ballesta, flechas y "arcos como de piedra". Los españoles decidieron cruzar el río mientras las tropas de Quízquiz inician la retirada del lugar, siendo perseguidas por las tropas de Paullu Inca "hasta hacerlas ocultar en un monte". Como no salían de él, las tropas de Paullu Inca las atacaron en ese monte, muriendo varios curacas comarcanos y miles de la tropa de Quízquiz, retirándose y siendo perseguidos por Paullu Inca "tres leguas". El ejército de Quízquiz se retiró a Tarma. Ahí, el curaca impidió la entrada de Quízquiz a la llacta, presentándole batalla. Las tropas de Francisco Pizarro y de Paullu Inca se habían enfrentado a las de Quízquiz en Vilcaconga, Anta y Sapi, en el ; Xauxa y Maracaylla, en Junín y en Vilcashuamán, en Ayacucho.
Francisco Pizarro se apresuró en nombrar Zapa Inca a Manco Inca Yupanqui: "El 16 de noviembre, a un año de la toma de Cajamarca y de la captura de Atahualpa Inca. Pizarro convirtió a Manco Inca en Zapa Inca". Era costumbre inca que cada curaca tuviera en el su alojamiento, porque tenía que venir a la ciudad imperial para entregar sus tributos al Zapa Inca, a las fiestas (principalmente al Inti Raymi) y a toda convocatoria que se le hiciera desde el "Ombligo del mundo". Pero, además, el auqui del curaca (su hermano o uno de sus hijos) siempre estaba en el , disfrutando de los favores de la corte del Zapa Inca. Su permanencia era la garantía del vínculo entre el Estado cuzqueño y los dominios del curaca. Era una especie de rehén.
"Si Pizarro no optaba por darle el mando imperial a Manco Inca, los auquis y los curacas que estaban en esos momentos en el , podían romper ese vínculo y actuar a su manera. Tal vez, podrían haberse unido a las tropas rebeldes de Quízquiz u organizar de otro modo la resistencia".
Los nobles del no se daban cuenta aún de que Francisco Pizarro estaba manejando el gobierno del Imperio al nombrar como Zapa Inca, primero a Túpac Huallpa y luego a Manco Inca Yupanqui, manteniéndolos como rehenes, incluso. Bien pudieron haber nombrado los curacas del al nuevo Zapa Inca de entre las panacas reales, y manejar el gobierno con más independencia para organizar mejor la resistencia inca. Sin embargo, las heridas de la guerra civil aún no se habían restañado.
La presencia de los españoles en el .
No cabe duda que el era la ciudad principal de todo el imperio inca. Al tomarla los españoles, mermó significativamente la resistencia inca, no sólo porque allí se encontraba toda la organización del imperio, sino por el significado que tenía para los ejercitos incas ver su capital tomada y dominada por los españoles. El por aquella época debió ser espectacular a los ojos de los españoles.
"Hay en dicha ciudad otros muchos aposentos y grandezas; pasan por ambos lados dos ríos que nacen una legua (5'5 kilómetros) más arriba del y desde allí hasta que llegan a la ciudad y dos leguas (11 kilómetros) más abajo, todos van enlosados para que el agua corra limpia y clara y aunque crezca no se desborde; tienen sus puentes por lo que se entra a la ciudad..."
Los españoles también dieron suelta a su codicia de metales preciosos en el , saqueándolo, especialmente el Coricancha, los palacios imperiales y otros aposentos señoriales. Este oro y plata saqueados fueron fundidos, obteniéndose 580.200 pesos de "buen oro". El quinto real representó 116.460 pesos de oro; además la plata representó 215.000 marcos: 170.000 "eran de plata buena en vajilla y planchas limpias y buena, y el resto no porque estaba en planchas y piezas mezcladas con otros metales conforme se sacaba de la mina".
Francisco Pizarro realiza la fundación española de la ciudad del el 23 de marzo de 1534 con el nombre de "La Muy Noble y Gran Ciudad del ". Se hizo el acta de fundación y se repartió entre los españoles solares, tierras e indios. Como en toda ciudad española, se escogió la Plaza Mayor, el sitio de la iglesia y se instalaron los primeros vecinos españoles del . Bajo el pretexto de "los enseñaran y doctrinaran en las cosas de nuestra santa fe católica", se entregó a los españoles una cantidad de indios para su uso en trabajo e impuestos. Pizarro favoreció a sus amigos en el el reparto de solares, tierras e indios. Ello disminuyó la ya frágil cohesión española, aumentó las diferencias y ahondó los resentimientos entre ellos.
Francisco Pizarro, en compañía siempre del Zapa Inca Manco Inca Yupanqui y de su ejército, sale del en busca de Quízquiz, hacia Xauxa, en la zona central norte del Imperio. En Vilcas, el Gobernador se entera de que Quízquiz con su ejército se encontraba 40 leguas (225 kilómetros) al norte de Xauxa, camino a Cajamarca. Pizarro solicita al en envío de refuerzos y pasa a Xauxa. Allí se entera que Diego de Almagro, que había sido enviado a socorrer al general Paullu y a Hernando de Soto, luego de ahuyentar a las tropas de Quízquiz, pasó a Chincha y Pachacámac.
Llegado a Xauxa, el 25 de abril de 1534, Pizarro funda la nueva ciudad española de Jauja, con reparto de solares y demás protocolo español de la ocasión. En este interín llegan los refuerzos del , consistente en 4.000 indios a los que se unen los 30 españoles de a caballo y 30 de a pie. Paralelo a lo anterior, Pedro de Alvarado había organizado otra expedición de conquista al Perú y ya se encontraba en las costas del imperio con cuatro navíos, desembarcando en Puerto Viejo (actual Guayaquil) cuatrocientos soldados, "de los cuales 150 eran de a caballo", mientras que Sebastían de Banalcázar, con 70 de a caballo, se dirigió a Quito.
Preocupado Francisco Pizarro por la presencia de Pedro de Alvarado en el Perú, instruye a Diego de Almagro para que celebre negociaciones con él. Almagro, con el apoyo de Sebastián de Benalcázar, salió el encuentro de Pedro de Alvarado, el cual se encontraba camino a Quito. Alvarado había salido con destino al Perú desde Guatemala, con la intención de conquistar la zona norte del imperio inca. Para ello, desembarcó en Caraques (actual Ecuador), dirigiéndose inmediatamente hacia Quito. En Riobamba se encuentran Pedro de Alvarado con Diego de Almagro y Sebastián de Benalcázar y celebran conversaciones. En ellas se acuerda que Pedro de Alvarado debía retornar a Guatemala, dejando en el Perú a su tropa, buques y todo el parque, recibiendo a cambio una cantidad en oro y plata como compensación.
El pago efectuado por Francisco Pizarro a Pedro de Alvarado fue una fortuna: se le entregaron 100.000 pesos de oro. Esa compensación significaba el doble del oro que recibió Francisco Pizarro en la repartición de Cajamarca. Era de cuatro veces más que la que recibió Hernando Pizarro y cinco veces más que la que recibió Hernando de Soto. Por sólo llegar hasta el Perú, Alvarado recibió más oro que la que obtuvo por todas sus conquistas de Mesoamérica y "sin disparar un solo tiro de arcabuz". Todo lo anterior, hizo una zanja aún más profunda entre los socios de la conquista.
Para Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Sebastián de Benalcázar, fue un negocio haber recibido las tropas, los navíos y los pertrechos traídos por Pedro de Alvarado, para poder consolidar la conquista.
En otoño de 1534, Pizarro abandonó para dirigirse hacia la costa, donde, el 6 de enero de 1535, fundó la Ciudad de los Reyes, más tarde conocida como Lima.
La revuelta inca
Entre tanto, Manco II o Manco Inca Yupanqui, comenzaba a darse cuenta de que a pesar de estar en el , la capital del Imperio, no podía reinar ni recibir a sus súbditos sin ser vigilado. Además veía los abusos que cometían los españoles con su pueblo: robo de alimentos y otras bienes, violación de mujeres, recibía burlas, ofensas y humillaciones. En definitiva, se dio cuenta que no era más que un títere de los españoles. Los españoles lo mantuvieron casi preso, hasta que llegó de España Hernando Pizarro, quien lo puso en libertad, pero no podía salir del .
Julio R. Villanueva Sotomayor nos dice que "Harto de esa situación, tramó un engaño. Como prueba de gratitud, le regaló a Hernando Pizarro una vajilla de oro, algunas estatuas de oro, arybalos llenos de oro en polvo y vigas de plata del Coricancha. Cuando observó que la ambición del conquistador iba creciendo, le dijo a Hernando Pizarro que iba a traerle la estatua de Huaina Cápac, toda de oro, incluso las tripas. El ambicioso español le creyó. Manco Inca salió del el 18 de abril de 1536 y ya no regresó". Su primer refugio fue Calca. En coordinación con el sumo sacerdote Willaq umu o Villaoma (hay duda de si era título o nombre propio) llamó a sus fieles generales y curacas y armó un poderoso ejército. Tenía la ventaja de haber convivido con los españoles y saber de sus costumbres y sus artes de la guerra; la potencia y manejo de sus armas, sus tácticas de guerra, el dominio de la cabalgadura y sus aperos y de su ambición desmedida por el oro y la plata. La rebelión duraría desde 1536 hasta 1572. Comienza con Manco II o Manco Inca Yupanqui y termina con la ejecución de Túpac Amaru I. Tuvieron en jaque a los españoles y su centro de operaciones fue Vilcabamba en el valle de la Convención.
Hernando Pizarro se dio cuenta tarde del engaño y salió hacia Calca en busca del Zapa Inca rebelde, siendo derrotado y perseguido hasta cerca del . En el valle de Yucay, el Inca se enfrenta con las tropas de Gonzalo Pizarro, siendo los españoles derrotados. En mayo de 1536, Manco Inca Yupanqui inicia los ataques en dos frentes: uno en Lima y el otro en el . La estrategia era cortar las comunicaciones entre Francisco Pizarro que en encontraba en Lima y Hernando Pizarro que estaba en el . El ejército inca de Lima estaba al mando del príncipe Quisu Yupanqui, mientras que el del estaba al mando del propio Inca. La primera ofensiva duró once meses: de mayo de 1536 a abril de 1537. Muchos de los integrantes de los ejércitos incas ya sabían usar las armas de los españoles (montar a caballo y usar arcabuces, ballestas, etc...). La primera acción de Manco Inca Yupanqui fue en mayo de 1536, poniendo sitio al .
El cronista indio Titu Cusi Yupanqui nos dice sobre el cerco al : "Por la parte de Carmenca, que es hacia Chinchasuyu, entraron Cori Atao y Taypi y otros muchos que cerraron aquél póstigo con la gente que traían. Por la parte del Condesuyu, que es hacia Cachicachi, entraron Huaman Quicana y Curi Huallpa y otros muchos que cerraron una gran mella de más de media legua de box, todos muy bien enderezados, con orden de guerra. Por la parte del Collasuyu entraron Lliclic y otros muchos capitanes con grandísima suma de gente, la mayor cantidad que se halló en este cerco. Por la parte del Antisuyu entraron Anta Allca y Rampa Yupanqui y otros muchos, los cuales terminaron con el cerco que a los españoles pusieron".
Estaba defendida por 200 españoles y 30.000 indios leales a Francisco Pizarro al mando de los generales Huaypar, Inguill y Pascaq. Lo que podía haber sido tarea fácil para los incas sublevados resultó todo lo contrario. El asedio a se prolongó hasta abril de 1537. "La batalla habría de ser sangrienta para ambos bandos, porque de los muchos nativos que apoyaban a los españoles había entre ellos dos hermanos de mi padre, con muchos de sus seguidores", cuenta el hijo de Manco Inca Yupanqui.
Manco Inca Yupanqui toma la fortaleza de Sacsayhuamán y desde ahí lanza el ataque que esperaba definitivo al por siete frentes. La resistencia de la ciudad duró una semana, después de la cual cedió y los españoles se vieron cercados en los edificios del centro de la ciudad. "Los españoles nos recogimos en la plaza, a las casas que junto a ella estaban, como era Hatuncancha..., y aquí estuvimos todos recogidos y en Amarocancha y Caxana y algunos toldos, porque todo lo demás del pueblo lo tenían los indios tomado y quemado" (Pedro Pizarro). El séptimo día Hernando Pizarro ordena a la caballería que rompa el cerco por el camino de Chinchasuyu. Las huestes de los generales incas Curi Atao, Cuillas y Taype los dejan pasar, para cazarlos en campo abierto; pero los caballos eran más veloces. Hernando Pizarro, ya en campo abierto, decide dirigirse a Sacsayhuaman y tomarla conjuntamente con su aliado, el general inca Pascaq.
Las tropas de los generales Villaoma y Páucar se repliegan a la fortaleza, porque corrían el riesgo de ser derrotadas por las fuerzas de Hernando Pizarro y de Pascaq. En la fortaleza se produjeron varios encuentros. Un testigo de esos combates, cuenta: "Y estando batallando con ellos para echarlos de allí, Juan Pizarro se descuidó a cubrirse la cabeza con la adarga (escudo), y con las muchas pedradas le acertaron una en la cabeza que le quebraron los cascos; y así herido estuvo forcejeando con los indios y españoles hasta que se ganó este terreno (peldaño) y ganando se bajaron al ... y desde allí a quince días murió". La tropa al mando de los españoles sitió la fortaleza. Cuando los pertrechos y, sobre todo, los alimentos y el agua empezaron a faltar, Villaoma consulta con su estado mayor sobre las acciones a seguir y acuerdan la retirada. Sin embargo, un general siguó luchando hasta morir: se llamaba Titu Cusi Huallpa o simplemente Cahuide. Llega al Alonso de Alvarado con tropas de refresco y se organizó una sangrienta contraofensiva española, en noviembre de 1536.
Villanueva Sotomayor, dice: "El mariscal Alonso de Alvarado salió de la Ciudad de los Reyes con una formidable tropa de 850 hombres, bien pertrechados, de la "mejor gente que nunca se ha visto en las Indias", para enfrentarse a los focos de resistencia inca que estaban maniobrando en el centro del Perú. Toda llacta sospechosa de haber colaborado con Manco Inca era salvajemente saqueada y quemada. Tomaban prisioneros a sus curacas, los torturaban y quemaban vivos. A sus mujeres si no las mataban, les cortaban los senos..."
Las tropas de Manco Inca se repliegan sobre Ollantaytambo y hasta ahí son perseguidos por Hernando Pizarro, quien ataca la pucara. Miles de soldados de Manco Inca aparecen por los muros y Hernando Pizarro se ve obligado a replegarse, siendo perseguidos por los soldados de Manco Inca, que "estrenaban ballestas y mosquetones". Ante en inminente peligro, Hernando Pizarro se repliega al , dejando abandonados en el campo sus toldos de campaña. Manco Inca los persiguió hasta el , pero tuvo que replegarse ante el avance de las tropas de Alonso de Alvarado y de Paullu Inca. El Zapa Inca Manco II en secreto trata de convencer a Paullu Inca para formar un ejército inca y batir a los españoles, pero Paullu no aceptó. Así las cosas, el ejército de Manco Inca Yupanqui se retiró a Vitcos, cruzando el puente de Chuquicaca. En Vitcos, son sorprendidos por la fuerza del mariscal Rodrigo de Orgóñez, quien hace huir a Manco Inca, a Villaoma y a sus leales. Orgóñez entra a Vitcos y la saquea; en esta llacta, recibe Orgóñez la orden de Diego de Almagro de retornar al .
El asedio a fue uno de los grandes momentos heroicos del valor español. Sin embargo, la supervivencia de tan reducido número de españoles durante un asedio de más de un año sólo fue posible gracias a la ayuda constante recibida por parte de tribus locales que secularmente se oponían a los incas.
Mientras tanto, el 15 de noviembre de 1537, Diego de Almagro abandona el , llevando prisionero a Hernando Pizarro, con rumbo a la Ciudad de los Reyes. Era el principio de los sucesos que conducirían a la guerra civil entre los conquistadores españoles.
Luego de las batallas descritas, la resistencia de Manco Inca Yupanqui se reduce a los territorios de Vilcabamba, en el valle de la Convención. La ciudad de Vilcabamba se encuentra a 1.000 metros de altitud, en el valle de Chontamayu, afluente del río Pampaconas "cuyos vestigios se conocían con el nombre de ruinas de Erombom o Estpíritu Pampa", en la provincia de la Convención en la región . "Vilcabamba llegó a tener 50 edificios públicos y 300 casas palaciegas". Desde esta ciudad, Manco Inca Yupanqui pretendió encender la llama de la resistencia por todo el Tawantinsuyu. Su ejército lo dividió en tres:
- Sector Norte, al mando del príncipe Illa Túpac, estaba encargado de la reconquista de Huanucopampa, Huacrachucu, Piscobamba, Conchucu, Huamachuco, Cajamarca y Piura. Este ejército estuvo activo en su resistencia hasta 1544.
- Sector Centro, al mando de Manco Inca Yupanqui. Dominó la zona de Jauja y Vilcas (Vilcashuaman). Para combatir a este ejército, Francisco Pizarro comisionó al capitán Villadiego y su caballería. Cuando la tropa de Villaduego subían la cuesta de Uripa (provincia de Andahuaylas), Manco Inca los sorprendió y cargó sobre ellos, cayendo los españoles al abismo "salvándose solamente dos españoles, que huyeron por un río". Francisco Pizarro salió en ayuda del capitán Villadiego desde el y cuando llegó a Vilcas, no encontró a Manco Inca Yupanqui. Fundó en esa zona una ciudad fortaleza a la que denominó San Juan de la Frontera de Huamanga.
- Sector Sur, al mando de Villaoma, Tisu Yupanqui y Cura Ocllo. Villaoma fue al Contisuyu y los otros dos generales se dirigieron al Collasuyu. Los caciques de la zona comenzaron a formar alianzas, unos a favor de Manco Inca Yupanqui y otros a favor de Francisco Pizarro, tomando como base su enemistad. Tisu Yupanqui fue derrotado en la batalla de Tapacan. Luego en 1539 capituló ante el general pizarrista Paullu Inca. Villaoma fue derrotado por los españoles. Ambos generales fueron llevados al y luego de un juicio sumario fueron condenatos a ser quemados vivos. Como no abjuraron de su religión, la sentencia se cumplió en el valle del Yucay.
Con esto las fuerzas combinadas de Pizarro y Paullu dominaron el sur del Imperio. Manco Inca se refugió en Vilcabamba y en junio de 1539, Gonzalo Pizarro y Paullu Inca iniciaron su campaña contra aquél reducto. En esta campaña, casi son derrotados los españoles en el paso de Chuquillusca y en Hatun Pucara. Luego, se dirigen a la base de Hatun Pucara para tomarla. Ahí se hallaban parapetadas las fuerzas de Manco Inca Yupanqui, que fueron cercadas por las tropas de Pizarro y Paullu. Las escaramuzas duraron diez días en donde mueren Huaypar e Inguill. En el contraataque, las fuerzas de Pizarro y de Paullu toman las alturas de la fortaleza y desde ahí acribillan a las tropas de Manco Inca, que se ve obligado a escapar por el río Pampaconas, dejando a su esposa la Colla Cura Ocllo y a su hermano Cusi Rimachi, que son tomados prisioneros por los españoles.
Apremiados por el inclemente clima de la sierra, Gonzalo Pizarro se replegó al valle del Yucay y en noviembre de 1539, Francisco Pizarro hizo lo propio. Para hacer que se entregue Manco Inca Yupanqui, los hermanos Pizarro mandaron decirle que si no se entregaba mataban a flechazos a la princesa y a su hermano. Manco Inca rechazó el chantaje. Los Pizarro cumplieron su amenaza. Estando la Colla Cura Ocllo, hija de Huaina Cápac, frente a sus asesinos, les dijo: "¿En una mujer vegáis vuestros enojos?, ¿Qué más hiciera otra mujer como yo?. Daos prisa, acabadme, porque se cumpla vuestros deseos en todo". El cronista Pedro Pizarro reconoció que su tío tuvo un final trágico por haber hecho matar a esta "princesa inca".
Luego de la muerte de la Colla, Manco Inca Yupanqui, repuesto ya de la indignación que le causó la felonía de los españoles, modificó su táctica y comenzó a emplear la táctica de las guerrillas: atacar y esconderse. Con este sistema, tuvo en jaque a los españoles que se movilizaban entre el y San Juan de la Frontera de Huamanga. El general Illa Túpac hizo lo propio en el Cápac Ñam, entre los huanacas y los caxamarcas.
En 1542, cuando Manco Inca supo de la muerte de Francisco Pizarro, apoyó a Diego de Almagro el Mozo: le envió caballos, armas y guerreros para enfrentar al pacificador Cristóbal Vaca de Castro. "El Mozo" fue derrotado en la Batalla de Chupas el 16 de setiembre de 1542. Luego de la batalla, Manco Inca Yupanqui recibió, alojó y protegió a varios almagristas que se refugiaron en Vitcos. Años después, cuando se rebeló Gonzalo Pizarro contra la corona española y se enfrentó al virrey Blasco Núñez de Vela, Manco Inca mandó decir al virrey que lo apoyaría, apoyo que no se dio porque el virrey murió en la batalla de Iñaquito.
Estando de gobernador del el capitán Alonso de Toro, hizo tratos secretos con los almagristas refugiados en Vitcos, al amparo de Manco Inca Yupanqui, ofreciéndoles perdón y libertad si mataban al Zapa Inca. Los desleales almagristas aceptan y asesinan al Zapa Inca Manco Inca Yupanqui en los primeros meses del año 1545.
"A pesar de sus mortales heridas, Manco Inca Yupanqui todavía vivió unos cuantos días más. Titu Cusi Yupanqui salió herido; pero, prontamente se recuperó. Los siete españoles, luego de ser torturados, fueron ejecutados. Sus cráneos fueron puestos sobre unas picas y exhibidos durante largos años en la plaza de Vilcabamba, para escarmiento. Titu Cusi Yupanqui recuerda que en una de las últimas conversaciones que tuvo con su agonizante padre, éste le dijo: "... no consientas que entren en tu tierra, aunque más te conviden con palabras, porque sus palabras melosas me engañaron a mí y ansí harán a ti si los crees"".
Titu Cusi Yupanqui cuenta sobre el asesinato de su padre: "Estaban un día con mucho regocijo jugando al herrón (nota: juego antiguo con tejo de hierro, que tenía hueco en el centro, y que se trataba de meter en un clavo hincado en el suelo) solos mi padre y ellos y yo, que entonces era muchacho, sin pensar mi padre consa ninguna ni haber dado crédito a una india de unos de ellos, llamada Bauba, que le había dicho muchos días antes que le querían matar aquellos españoles. Sin ninguna sospecha de esto ni de otra cosa se holgaba con ellos como antes, y en este juego como dicho tengo, yendo mi padre a levantar el herrón para haber de jugar, descargaron todos sobre él con puñales y cuchillos y algunas espadas; y mi padre como se sintió herido, con mucha rabia de la muerte, procuraba defenderse de una parte y de otra; mas como era solo y ellos siete, y mi padre no tenía arma ninguna, al fin lo derrocaron al suelo con muchas heridas y lo dejaron por muerto. Y como era pequeño y vi a mi padre tratar de aquella manera, quise ir allá a guarecerle; y volviéronse contra mí muy enojados, arrojándome un bote de lanza con la misma lanza de mi padre, que a la zazón allí estaba, que erraron poco que no me mataron amí también. Y yo de miedo, como espantado de aquello, huíme por unos montes abajo, porque aunque me buscasen, no me pudiesen hallar; y ellos, como dejaron a mi padre ya para expirar, salieron por la puerta con mucho regocijo, diciendo: Ya hemos muerto al inga; no hayáis miedo. Y unos andes, que a la sazón llegaron, y el capitán Rimachi Yupanqui, les pararon luego de tal suerte, que antes que pudiesen huir mucho trecho, a unos tomaron el camino mal de su grado, derrocándolos de sus caballos abajo, y trayéndolos por fuerza para sacrificarlos. A todos los cuales dieron muy crudas muertes".
El heredero al trono inca era Sayri Túpac, pero como era menor de edad, se nombró de regente a Atoc Supa. Conseguida la mayoría de edad, Sayri Túpac recibió la mascapaycha en Vilcabamba y por tanto, fue nombrado sucesor de Manco Inca Yupanqui. El virrey, enterado de los sucesos de Vilcabamba, nombró una comisión de notables, allegados a los incas de Vilcabamba, como Juan de Betanzos, Juan Sierra, Juan Bautista Muñóz (Corregidor del ) y fray Melchor de los Reyes. Juan de Betanzos, cronista, era casado con la ñusta Angelina Yupanqui, hija de Huaina Cápac y antigua concubina de Francisco Pizarro. Por tanto, era tío político de Sayri Túpac. Juan Sierra era hijo de la ñusta Beatríz Manco Yupanqui, hija de Huaina Cápac. Era pues, primo de Sayri Túpac. El objetivo de esta comisión, era la de rendir pacíficamente al Zapa Inca Sayri Túpac y a todos sus seguidores. Para ello le ofrecieron muchos beneficios.
El Zapa Inca, desconfiando de ellos, envió a Lima a dos de sus generales para que entablasen conversaciones directas con el virrey Andrés Hurtado de Mendoza. Este les ofrece para que transmitan al Zapa Inca, una renta de 17.000 castellanos, una encomienda en el valle del Yucay. Además, le ofreció tierras encima de la fortaleza del para "hacer su morada y casa y de sus indios", dándole además un plazo de seis meses para tan rendición. El Zapa Inca Sayri Túpac aceptó la oferta virreinal. Se firmó el documento el 5 de julio de 1557. En setiembre de 1557 sale Sayri Túpac de Vilcabamba y entra a Lima el 5 de enero de 1558 con su comitiva. Ratifica el pacto con el virrey y retorna al , donde toma posesión de su encomienda en Yucay. En 1561 muere el Zapa Inca Sayri Túpac, según algunos de muerte natural y según otros, envenenado.
A Sayri Túpac le siguió Titu Cusi Yupanqui como Zapa Inca. Se colocó la mascapaycha en Vilcabamba y acto seguido, se declaró en rebeldía. Como Manco Inca Yupanqui, utilizó la guerra de guerrillas contra los españoles en la zona sureste del Perú. Incursionó violentamente en las encomiendas españolas de Apurímac y Urubamba. Devolvió las tierras a los curacas que la poseían antes de la llegada de los españoles. Esta acción la valió muchas muestras de adhesión de los indígenas y el afecto de los curacas de otros valles, principalmente del . Fue el único Zapa Inca desde Huascar Inca Yupanqui y Atahualpa Inca en agrupar alrededor suyo a indios que incluso habían sido enemigos de los Incas para recuperar el Imperio, como fue el caso de los huancas, que aceptaron unírsele y que se sublevaron en 1565, fracasando su campaña. Esta corriente libertaria caló en el norte en Quito y en el sur hasta Tucumán. Pero los españoles ya habían ocupado militarmente las plazas principales del Virreinato del Perú. El año elegido por Titu Cusi Yupanqui para el Taquiy onqoy (levantamiento general), fue el año 1567, pero los españoles utilzaron brutales métodos de aniquilamiento y de destrucción de sus creencias hasta el punto de hacerla fracasar.
En el primer semestre de 1571, y luego de un altercado con el cura agustino Diego de Ortíz, el Zapa Inca Titu Cusi Yupanqui, cayó enfermo y murió "a las 24 horas, con la lengua hinchada y botando sangre por la naríz y boca". El cura Diego de Ortíz y el escribano Martín de Pando fueron acusados por los pobladores de Vilcabamba de haber envenenado al Zapa Inca y fueron linchados. La panaca de Vilcabamba ciñó la borla imperial en la frente de Túpac Amaru Inca y lo elevó a Zapa Inca.
El nuevo Zapa Inca formó un ejército y lo puso al mando de los generales Huallpa Yupanqui, Cori Páucar Yuayo y Colla Túpac. Denunció la Capitulación de Acobamba, expulsó a los españoles de Vilcabamba, cerró sus fronteras y pregonó que luchaba por la restauración del Tawantinsuyu. El virrey del Perú, don Francisco de Toledo, Conde de Oropesa y quinto gobernante del Perú hispano (1569 – 1581), que ya había recibido de España el cúmplase a la Capitulación de Toledo, incluida la bula que autorizaba el matrimonio de Quispe Titu, el 20 de julio de 1571, envía al dominico Gabriel de Oviedo y al licenciado Garcia de los Ríos a Vilcabamba, para que entreguen los documentos a Túpac Amaru Inca, y solucionen el problema de forma pacífica. Esta comisión no fue recibida por Túpac Amaru Inca y tuvo que volver al . Encontrándose el virrey en el , envió a Tilano de Anaya con una carta amenazante al Zapa Inca. Cruzando el puente de Chuquichaca, fue muerto por los leales a Túpac Amaru. Conocido el hecho, el virrey Toledo montó en ira y ordenó que el ejército terminara con la revuelta "a sangre y fuego". Este ejército español estaba al mando de los generales Martín Hurtado de Arbieto y Juan Álvarez Maldonado. Ambos generales consiguieron el apoyo de varios indígenas del y de los cañaris, enemigos naturales de los incas y en especial de la panaca de Túpac Amaru Inca. Ofrecieron como trofeo a la ñusta Beatriz, heredera de las riquezas de su padre Sayri Túpac. La ofrecieron en matrimonio para quien capturase a Túpac Amaru Inca.
El virrey Toledo dividió su ejército en tres fracciones. La fuerza principal del general Martín Hurtado de Arbieto, iría por el puente de Chuquichaca puerta de entrada al valle del río Vilcamayu (actual río Urubamba). Túpac Amaru Inca fortificó Vitcos (Vilcabamba) y Vilcabamba (Pampacona). Cortó el puente y para que no lo repasen los españoles, mandó una tropa, pero llegó tarde ya que la avanzada de Toledo, al mando del capitán Juan Álvarez de Maldonado lo había reconstruido con los naturales del lugar. En el mes de mayo de 1572, las tropas de Hurtado de Arbieto cruzaron el puente Chuquichaca, lo que obligo a Quispi Yupanqui y a Aucaylli a replegarse sobre Condormarca. Los españoles arremetirron ferozmente a las tropas de Quispi Yupanqui y de Aucaylli, replegándolas hasta Chuquillusca; en este sitio se produjo un sangriento enfrentamiento, con la victoria de las tropas virreinales. Sin embargo, el 1 de junio de 1572, a orillas del río Cuyaochaca, se produjo el enfrentamiento más encarnizado entre ambos ejércitos. Los ejércitos que se enfrentaron estuvieron al mando del capitán Loyola por los españoles y del inca Huallpa por las tropas rebeldes. La batalla duró más de una hora. Huallpa perleó con Loyola y la lo tenía al filo de un abismo, cuando otros españoles mataron a traición al general Huallpa. La desesperación de hacerse con la victoria hizo que las tropas de Túpac Amaru Inca, salieran de sus parapetos y "se metieran en las bocas de los arcabuces, no temiendo la ofensa que les podía hacer...".
La derrota anterior hizo que los generales incas Colla Túpac y Cori Páucar Yauyo ordenaran la retirada total de Vitcos a Pampacona para defender la ciudadela de Vilcabamba hasta la muerte. Los españoles siempre al mando de Hurtado de Arbieto y con el apoyo de los generales aliados Cuyu Túpac y Chillchi,los siguieron, acampando en el pueblo de Pampacona. Ahí descansan, curan a sus heridos y se preparan para acometer sobre Vilcabamba. La marcha final de reinicia luego de diez días de descanso y de planeamiento del ataque. Avanzaron sobre Vilcabamba a la vera del camino, puesto que éste se encontraba sembrado de trampas. Los leales a Túpac Amaru Inca se emboscaron en cada desembocadura de los riachuelo que tributan al río Pampacona, atacando a los españoles cuando llegaban. En una de estas escaramuzas, cae un noble inca, que torturado describió los detalles de la fortaleza Hatun Pucara, bastión de Túpac Amaru. A esta fortaleza llegan los españoles el 20 de junio de 1572. Hurtado de Arbieto ataca por la retaguardia a las fuerzas de Túpac Amaru Inca.
Los incas, ante el sorpresivo ataque, abandonaron la fortaleza y se retiraron. El 21 de junio la tropa española entró a Huaina Pucara y el 23 de junio, la tropa ya se encontraba en Marcanay, dispuesta a entrar a Vilcabamba. Túpac Amaru Inca, conociendo el estado de su ejército y sabiendo que no podían ofrecer una gran resistencia, ordenó quemar Vilcabamba, los palacios y tambos reales. Dispuso que su familia, nobles, generales, capitanes y su tropa, escaparan en diversas direcciones para dispersar a los españoles. Túpac Amaru Inca con su Colla, Huallpa Yupanqui y una pequeña escolta, escapó por el camino a los Manaries. Tomado Vilcabamba, los españoles se acordaron del ofrecimiento del virrey Francisco de Toledo y partieron en diversas direcciones con la intención de capturar al Zapa Inca y así poder casarse con la ñusta Beatriz y acceder con ello a su rica herencia. Por el camino, los españoles iban encontrando a los nobles, sus mujeres y sus hijos a los cuales hicieron feróz escarnio.
El escape del Zapa Inca Túpac Amaru Inca debió ser dramática, ya que su Colla se encontraba en avanzado estado de gestación y por tanto, la marcha era muy lenta. Pero aún así, consiguieron llegar al pueblo de Momori, "en la región del Cápac curaca Manarie". Loyola que se enteró que el Zapa Inca escapaba hacia la zona de los Manaries, lo persiguió sin tregua. El capitán Usca Maita, que cubría la retirada del Zapa Inca, fue alcanzado y ejecutado. Túpac Amaru Inca, entonces ordena al curaca Ispaca, de Momori, que con sus tropas se enfrente al enemigo. Loyola logró convencer a Ispaca para que se pase a sus filas. Por esa traición, el primero que cayó preso fue Huallpa Yupanqui. Más allá, cayo preso el Zapa Inca Túpac Amaru Yupanqui cuando se iba a embarcar en una canoa para internarse en la selva. Con esta captura, se terminó la revuelta iniciada por Manco II en 1536. Los incas de Vilcabamba habían mantenido su zona liberada, independiente y no conquistada durante 36 años. Durante ese lapso de tiempo murieron miles de indios de ambos bandos y los incas de Vilcabamba habían matado a unos 2.000 españoles, dejando en claro que los españoles no eran invulnerables. La captura de Túpac Amaru Inca fue los primeros días del mes de agosto de 1572. El 21 de setiembre de 1572 el Zapa Inca Túpac Amaru Inca entró en la ciudad del , "ante la mirada compungida de su pueblo". Villanueva Sotomayor nos dice que el virrey Francisco de Toledo, seguía las incidencias de la entrada del Zapa Inca desde la "casa de Diego de Silva... Cuando Túpac Amaru pasó debajo de dicha ventana, el capitán Loyola le ordenó que lo saludara, quitándose la borla imperial. El Inca le respondió que no tenía porqué hacerlo".
Ya en el , Túpac Amaru fue sometido a un juicio sumario y sentenciado a muerte. La ejecución se cumplió entre el 22 y el 23 de setiembre de 1572. A Túpac Amaru lo llevaron de Colcapampa al sitio de ejecución en la Plaza Mayor del . Un indio cañari le cortó el cuello de un hachazo. "Un multitudinario llanto estremeció los aires de la Plaza Mayor del Cusco. Había muerto el último Zapa Inca".
"Los hermanos y capitanes de Túpac Amaru I sufrieron diversos castigos, desde la muerte por ahorcamiento hasta la mutilación de las manos. El cadáver de Túpac Amaru fue velado en la casa de la viuda de Sayri Túpac. Al día siguiente, fue llevado a la Catedral de , donde, con la presencia de Toledo, se hicieron las exequias. Su cuerpo, según unos, fue entregado a los padres dominicos para que lo enterraran al lado de Sayri Túpac, en el Coricancha o Templo del Sol. Según otros, su cabeza fue puesta en una picota y exhibida para escarmiento. Como la cabeza no se "corrompía; al contrario mantenía su belleza", tuvo que ser enterrada junto con el resto del cuerpo. Dejó cinco hijos: 2 varones y 3 mujeres. Una de las hijas, doña Juana Pilco Huaco, fue la ascendiente directa de José Gabriel Condorcanqui. Toledo también dispuso que el cuerpo embalsamado de Manco Inca Yupanqui fuese quemado. El capitán García de Loyola, en efecto, fue premiado por la prisión de Túpac Amaru. Se casó con la princesa Beatriz, accediendo a las haciendas de Sayri Túpac" (Julio R. Villanueva Sotomayor, "El Perú en los tiempos modernos").
La guerra civil entre los conquistadores
Almagristas y pizarristas
La Capitulación de Toledo, ajustada entre Francisco Pizarro y el rey de España, marcó el inicio de las diferencias entre Francisco Pizarro, por un lado y Diego de Almagro y Hernando de Luque por otro; diferencias que sus partidarios harían suyas y que con el correr del tiempo y de la conquista, se irían ahondando hasta volverse infranqueables. Sumado a lo anterior, era práctica común en Francisco Pizarro, en el reparto del botín, que primara su libre albedrío.
La Gobernación de Nueva Castilla comenzaba en el norte en el pueblo de Teninpulla o Santiago (al norte del actual Ecuador) y, por el sur, terminaba a las 270 leguas. De ahí hacia el sur, empezaba la Gobernación de Nueva Toledo y se extendía por 200 leguas. Diego de Almagro, gobernador de Nueva Toledo, realizó un viaje por el sur hacia Chile que duró alrededor de dos años, que comenzó el 3 de julio de 1535 y terminó en Arequipa en 1537. El viaje por Chile fue duro y penoso y lo que puede haber sido peor, no encontró nada de valor que satisficiera sus intereses, a pesar de haber llegado hasta la altura del actual Valparaíso. A su vuelta, se entera del levantamiento del Inca Manco Inca Yupanqui (Manco II). Por un lado desalentado por los resultados de su viaje a Chile y por otro en la creencia que el estaba dentro de su gobernación, decide tomarlo. Y lo hace en los precisos momentos en que los españoles de esa ciudad peleaban contras las tropas de Manco Inca Yupanqui (abril de 1535). Después del triunfo sobre los incas, toma presos a Gonzalo y a Hernando Pizarro y se proclama gobernador. Con Hernando Pizarro se dirige a la costa hacia Lima (15 de septiembre). En su trayecto hacia allí, funda la ciudad de Chincha, con la intención de convertirla en la capital de la Gobernación de Nueva Toledo, con el nombre de Villa de Almagro. Posteriormente, esta capital sería trasladada a Sangallán en la provincia de Pisco, región de Ica.
Almagro avanzó sobre Lima por la costa y Francisco Pizarro le dio el alcance en Mala, en donde ambos conquistadores acuerdan una tregua hasta la llegada de un emisario del rey Carlos I. Otro de los acuerdos es que mientras se resuelva el diferendo, Diego de Almagro seguiría siendo Gobernador del y dejaría en libertad a Gonzalo y Hernando Pizarro. En Mala, deja libre a Hernando Pizarro. Luego de los acuerdos, Diego de Almagro toma el camino del . Francisco Pizarro, antes de su retorno a Lima, ordena a Hernando Pizarro que retorne al , a marchas forzadas por el camino de Huaytará (región Huancavelica), llevando tropas leales a él. Llegando al , se entera de la fuga de Gonzalo Pizarro, por lo que Francisco Pizarro, en este caso, había ordenado que se deponga sin miramientos a Diego de Almagro. Ambos ejércitos españoles se enfrentan cerca del el 6 de abril de 1538, en la batalla de Las Salinas. Las tropas de Almagro son derrotadas y él tomado prisionero y llevado
