Don Quijote de la Mancha

Keywords: Don Quijote de la Mancha, 1605, 1615, 1968, Adam Zagajewski, Alberto Gerchunoff, Alejandro Pushkin

Don Quijote de la Mancha (o Don Quixote de la Mancha) es una de las obras cumbre de la literatura española y la literatura universal, el libro más traducido después de la Biblia, escrito por Miguel de Cervantes. [[Imagen:Quijote_molinos-Doré.jpg|framed|right|Don Quijote y Sancho Panza después del fallido ataque a los molinos de viento. Por Gustave Doré]]

Tabla de contenidos

Estructura, génesis, contenido, estilo y fuentes

La novela consta de dos partes: la primera, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, fue publicada en 1605; la segunda, El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, en 1615.

La primera parte se imprimió en Madrid, en casa de Juan de la Cuesta, a fines de 1604, y salió a la venta en enero de 1605 con numerosas erratas a causa de la celeridad que imponía el contrato de edición. Se sospecha, sin embargo, que existió una novela más corta que sería una de sus futuras Novelas ejemplares y que fue divulgada o impresa con el título El ingenioso hidalgo de La Mancha y se ha perdido, pues autores como Francisco López de Úbeda o Lope de Vega, entre otros testimonios, aluden a la fama de esta pieza, que tal vez circulaba manuscrita y también podría ser ya la primera parte, en 1604. Ibrahim Taybilí, de nombre cristiano Juan Pérez, el escritor morisco más conocido de los establecidos en Túnez tras la expulsión general de 1609-1612 y natural de Toledo, aunque de origen murciano, narró una visita en 1604 a una librería en Alcalá en donde adquirió las Epístolas familiares y el Relox de Príncipes de Fray Antonio de Guevara y la Historia imperial y cesárea de Pedro Mexía. En ese mismo pasaje se burla de los libros de caballería de moda y cita como obra conocida el Don Quijote, lo que permitió a Jaime Oliver Asín añadir un dato a favor de la posible existencia de una discutida edición anterior a la de 1605. ¿Podría ser este personaje el inspirador de Cide Hamete Benengeli?

La inspiración de Cervantes para componer esta obra vino, al parecer, a partir del llamado Entremés de los romances, de fecha anterior (aunque incluso esto se discute), y cuyo argumento ridiculiza a un labrador que enloquece creyéndose héroe de romances y abandona a su mujer echándose a los caminos al igual que Don Quijote. Este entremés posee una doble lectura y es una crítica a Lope de Vega, quien, después de haber compuesto numerosos romances autobiográficos en que contaba sus amores, abandonó a su mujer y marchó a la Armada Invencible. Es conocido el interés de Cervantes por el Romancero y su resentimiento por haber sido echado de los teatros por el mayor éxito de Lope de Vega, así como su carácter de gran entremesista, por lo cual es una hipótesis muy verosímil.

La primera parte, en que se alargaba la previa "novela ejemplar", se repartió en cuatro volúmenes y conoció un éxito formidable y traducciones a todas las lenguas cultas de Europa; sin embargo, no supuso un gran beneficio económico para el autor a causa de las ediciones piratas, puesto que Cervantes sólo reservó privilegio de impresión para el reino de Castilla, con lo que los reinos aledaños imprimieron "Don Quijotes" más baratos que luego traían a vender a Castilla, arruinando el negocio a su autor. Por otra parte, las críticas de carácter neoaristotélico hacia la nueva fórmula teatral ensayada por Lope de Vega y el hecho de inspirarse en un entremés en que se le atacaba, supuso atraer la inquina de los lopistas y del propio Lope, quien, hasta entonces, había sido amigo de Cervantes. Eso motivó que en 1614 saliera una segunda parte de la obra bajo el nombre de Alonso Fernández de Avellaneda, con un prólogo donde se ofende gravemente a Cervantes tachándole de envidioso, en respuesta al agravio infligido a Lope. No se tienen noticias de quien era este Alonso Fernández de Avellaneda, pero un importante cervantista, Martín de Riquer, sospecha que fue otro personaje real agraviado por la publicación de la primera parte, que aparece como personaje ficticio en la obra, Ginés de Pasamonte. La novela no es mala y es posible incluso que se inspirara en parte de la continuación que estaba elaborando Cervantes, pero no es comparable a la que se imprimió poco después, en la que Cervantes jugó con el hecho de que el protagonista de su obra se enterara de que existía un suplantador.

Primera parte

Los preliminares de la primera parte constan de un prólogo donde se hace burla de la erudición pedantesca y de unos poemas cómicos en alabanza compuestos por el propio autor, quien seguramente no encontró quien quisiera alabar una obra tan extravagante como esta. Ya en el cuerpo de la obra se narran, interrumpiéndose varias veces la historia con otras entrelazadas en ella, como las de Grisóstomo y la pastora Marcela, la novela de El curioso impertinente, la historia del cautivo en que se han querido ver alusiones autobiográficas de Cervantes, o con digresiones como el discurso sobre las armas y las letras, las dos primeras salidas de Don Quijote, la primera solo y la segunda con su inseparable escudero Sancho Panza (la segunda parte narra la tercera y postrera salida). Alonso Quijano, hidalgo pobre, enloquece leyendo libros de caballerías y se cree un caballero medieval; decide armarse como tal en una venta que cree castillo y le suceden toda suerte de cómicas aventuras en que el personaje principal, impulsado en el fondo por la bondad y el idealismo, busca "desfacer entuertos" y ayudar a los desfavorecidos y desventurados, mientras persique un platónico amor por una tal Dulcinea de El Toboso, que es en realidad una tosca y zafia aldeana, Aldonza Lorenzo. Mientras, el cura de su lugar somete su biblioteca a un expurgo y quema parte de los libros que le han hecho tanto mal y su vecino, el bachiller Sansón Carrasco, decide ir a rescatarlo de su locura disfrazado a su vez de caballero, a fin de derrotarlo y extraerle la promesa de no volver a semejantes desatinados propósitos. Don Quijote lucha con unos gigantes que en realidad son molinos de viento, vela en un bosque donde cree que hay otros gigantes que hacen ruido, pero en realidad son los golpes de unos batanes, y tiene otros curiosos incidentes con un vizcaíno pendenciero, con rebaños de ovejas, con un hombre que azota a un mozo y con unos monjes benitos que acompañan un ataúd a su sepultura en otra ciudad, entre otros cómicos episodios como el del bálsamo de Fierabrás, el de la liberación de los traviesos galeotes, el de la bacía de barbero, en la que ve el Yelmo de Mambrino, y la zapatiesta causada por Maritornes y Don Quijote en la venta, que culmina con el manteamiento de Sancho Panza, todo entre amenas conversaciones entre amo y escudero donde se van revelando sus personalidades y se va fraguando una amistad basada en el mutuo respeto. Creyendo ser Amadís de Gaula, decide hacer penitencia en Sierra Morena y al fin es apresado y devuelto a su aldea en una jaula.

Segunda parte

La segunda parte posee un prólogo en que Cervantes se defiende irónicamente de las acusaciones del lopista Avellaneda y se lamenta de la dificultad del arte de novelar. La obra empieza con el renovado propósito de Don Quijote de volver a las andadas y sus preparativos; se juega con diversos planos de la realidad al incluirse dentro de ella la edición de la primera parte de Don Quijote y, posteriormente, de la apócrifa Segunda parte, que los personajes han leído; se defiende Cervantes de las inverosimilitudes que se han encontrado en la primera parte (misteriosa reaparición del rucio de Sancho después de ser robado por Ginés de Pasamonte, el destino de los dineros encontrados en una maleta de Sierra Morena, etc...) Después vuelve a los caminos Don Quijote, que ha prometido una ínsula a su escudero a cambio de su compañía, ínsula que le otorgan unos duques interesados en burlarse del escudero con el nombre de Barataria; increíblemente, Sancho demuestra su inteligencia reiteradamente en el gobierno de la ínsula, a la vez que su carácter pacífico y sencillo, que le hacen renunciar a un puesto en que se ve acosado por todo tipo de peligros y por un médico, Pedro Recio, que no le deja probar bocado. Tienen lugar los episodios de los actores que van a representar en un carro el auto de Las Cortes de la Muerte, el descenso a la Cueva de Montesinos, donde el caballero se queda dormido y sueña todo tipo de disparates que no llega a creerse Sancho Panza (es una parodia de los descensos a los infiernos de la épica, y para Rodríguez Marín se constituye en el episodio central de toda la segunda parte), el episodio del rebuzno, de la Barca, de la cabeza parlante, de los postergados azotes de Sancho, de Roque Guinart y sus bandoleros catalanes, el de la colgadura de Don Quijote, entre otros, y la final derrota del gran manchego en la playa de Barcelona ante el Caballero de los Espejos o de la Blanca Luna, que es en realidad el bachiller Sansón Carrasco disfrazado. Éste le hace prometer que volverá a su pueblo y no volverá a salir de él como caballero andante. Así lo hace Don Quijote, quien piensa por un momento en sustituir su obsesión por la de convertirse en un pastor como los de los libros pastoriles. Don Quijote retorna al fin a la cordura, enferma y muere de pena entre la compasión y las lágrimas de todos. Mientras se narra la historia, se entremezclan otras muchas que sirven para distraer la atención de las intrigas principales, y tienen lugar las divertidas y amenas conversaciones entre caballero y escudero, en que se percibe cómo Don Quijote va perdiendo sus ideales progresivamente, influido por Sancho Panza, y con ello va transformándose también su autodenominación pasando de Caballero de los Leones a Caballero de la Triste Figura.Sancho Panza va asimilando los ideales de su señor, que se transforman en la idea fija de llegar a ser gobernador de una ínsula.

Interpretaciones de Don Quijote

Don Quijote ha sufrido, como cualquier obra clásica, todo tipo de interpretaciones y críticas, a veces sinceramente desquiciadas y absurdas y tan convencidas de su verdad como el mismo protagonista de la obra. En una de sus genialidades, Miguel de Cervantes proporcionó en 1615, por boca de Sancho, el primer informe sobre la impresión de los lectores, entre los que "hay diferentes opiniones: unos dicen: 'loco, pero gracioso'; otros, 'valiente, pero desgraciado'; otros, 'cortés, pero impertinente'" (capítulo II de la segunda parte), pareceres que ya contienen las dos tendencias interpretativas posteriores: la cómica y la seria. Sin embargo, la novela fue recibida en su tiempo como un libro de entretenimiento, como regocijante libro de burlas, como una divertidísima y fulminante parodia de los libros de caballerías, que es al cabo la intención aparente que quiso mostrar el autor en su prólogo. Toda Europa leyó Don Quijote como una sátira. Los ingleses, desde 1612 en la traducción de Thomas Shelton. Los franceses, desde 1614 gracias a la versión de César Oudin, aunque en 1608 ya se había traducido el relato El curioso impertinente. Los italianos desde 1622, los alemanes desde 1648 y, en fin, los holandeses desde 1657, en la primera edición ilustrada. La comicidad de las situaciones prevalecía sobre la sensatez de muchos parlamentos.

Pero pronto empezaron a llegar las lecturas profundas, graves o esotéricas. Una de las más interesantes y aun poco estudiada es la que afirma, por ejemplo, que Don Quijote es una parodia de la Autobiografía escrita por San Ignacio de Loyola, que circulaba manuscrita y que los jesuitas intentaron ocultar. Ese parecido no se le escapó, entre otros, a Miguel de Unamuno, quien no trató sin embargo de documentarlo. En 1675, el jesuita francés René Rapin consideró que Don Quijote encerraba una invectiva contra el poderoso duque de Lerma (el acometimiento contra los molinos y las ovejas por parte del protagonista sería, según esta lectura, una crítica a la medida del Duque de rebajar, añadiendo cobre, el valor de la moneda de plata y de oro, que desde entonces se conoció como moneda de molino y de vellón), y, por extensión, sería una sátira de la nación española. Esta lectura que hace de Cervantes desde un antipatriota hasta un crítico del idealismo, del empeño militar o del mero entusiasmo, resurgirá a finales del siglo XVIII en los juicios de Voltaire, D'Alembert, Horace Walpole y el intrépido Lord Byron. Para éste, Don Quijote había asestado con una sonrisa un golpe mortal a la caballería en España. A esas alturas, por suerte, Henry Fielding, el padre de Tom Jones, ya había convertido a Don Quijote en un símbolo de la nobleza y a la novela en modelo admirable de ironía narrativa y censura de costumbres sociales. La mejor interpretación dieciochesca de Don Quijote la ofrece la narrativa inglesa de aquel siglo, que es, al mismo tiempo, el de la entronización de la obra como ejemplo de neoclasicismo es tético, equilibrado y natural. Algo tuvo que ver el valenciano Gregorio Mayáns y Siscar, que en 1738 escribió, a manera de prólogo a la traducción inglesa de ese año, la primera gran biografía de Cervantes. Las ráfagas iniciales de lo que sería el hucarán romántico anunciaron con toda claridad que se acercaba una transformación del gusto que iba a divorciar la realidad vulgar de los ideales y deseos. Ya en 1789 había escrito José Cadalso en sus Cartas marruecas que en Don Quijote "el sentido literal es uno y el verdadero otro muy diferente".

Había, pues, que descifrar el significado verdadero de la obra, y a eso se aplicó el Romanticismo alemán. Friedrich Schlegel asignó a Don Quijote, en su Diálogo sobre la poesía, de 1800, el rango de precursora culminación del arte romántico (honor compartido con el Hamlet de Shakespeare). Un par de años después, Friedrich W. J. Schelling, en su Filosofía del arte, estableció los términos de la más influyente interpretación moderna, basada en la confrontación entre idealismo y realismo, por la que Don Quijote quedaba convertido en un luchador trágico contra la realidad grosera y hostil en defensa de un ideal que sabía irrealizable. A partir de ese momento, los románticos alemanes (Schelling, Jean Paul, Ludwig Tieck...) vieron en la obra la imagen del heroísmo patético. El poeta Heinrich Heine contó en 1837, en el lúcido prólogo a la traducción alemana de ese año, cómo él había leído Don Quijote con toda afligida seriedad en un rincón del jardín Palatino de Dusseldorf, apartado en la avenida de los Suspiros, conmovido y melancólico. Don Quijote pasó de hacer reír a conmover y provocar el llanto, y Don Quijote, de la épica burlesca a la novela más triste. Así, filósofos como Hegel o Arthur Schopenhauer pudieron proyectar en los personajes cervantinos sus preocupaciones metafísicas. Con el Romanticismo se inició la interpretación figurada o simbólica de la novela y pasó a un segundo plano la lectura satírica. Que muelan a palos al caballero ya no le hizo gracia al poeta inglés Samuel Taylor Coleridge, a quien Don Quijote se le antojó "una sustancial alegoría viviente de la razón y el sentido moral", abocado al fracaso por falta de sentido común. Algo parecido opinó en 1815 el ensayista William Hazlitt: "El pathos y la dignidad de los sentimientos se hallan a menudo disfrazados por la jocosidad del tema, y provocan la risa, cuando en realidad deben provocar las lágrimas". Este Don Quijote triste se prolonga hasta los albores del siglo XX, cuando el poeta Rubén Darío lo invocó en su Letanía de Nuestro Señor don Quijote con este verso: "Ora por nosotros, señor de los tristes" y lo hace suicidarse en su cuento DQ, compuesto el mismo año, personificando en él la derrota de 1898. No fue difícil que la interpretación romántica acabara por identificar al personaje con su creador. De este modo, las desgracias y sinsabores quijotescos se leían como metáforas de la vapuleada vida de Cervantes y en la máscara de Don Quijote se pretendían ver los rasgos de su autor, ambos viejos y desencantados. Así, el poeta y dramaturgo francés Alfred de Vigny imaginó a un Cervantes moribundo que declaraba in extremis haber querido pintarse en su Caballero de la Triste Figura.

Durante el siglo XIX, el personaje cervantino se convierte en un símbolo de la bondad, el sacrificio solidario y el entusiasmo, y representa la figura del emprendedor que abre caminos nuevos, como revela el espléndido ensayo Hamlet y Don Quijote (1860), en el que el novelista ruso Ivan Turgueniev confronta a los dos personajes como arquetipos humanos antagónicos: el extravertido y arrojado frente al ensimismado y reflexivo. Este Don Quijote encarna toda una moral que, más que altruista, es plenamente cristiana. Antes de que W. H. Auden eleve al hidalgo a los altares de la santidad, Dostoievski ya lo había comparado con Jesucristo para afirmar que "de todas las figuras de hombres buenos en la literatura cristiana, sin duda la más perfecta es Don Quijote". También el príncipe Mishkin de El idiota está fraguado en el molde cervantino con un metal que procede del Cristo bíblico. Menos evangélicos, Gogol, Pushkin y Tolstoi vieron en él un héroe de la bondad extrema y un espejo de la maldad del mundo. El siglo romántico no sólo estableció la interpretación grave de Don Quijote, sino que lo empujó al ámbito de la ideología política. La idea de Herder de que en el arte se manifiesta el espíritu de un pueblo (el Volkgeist) se propagó por toda Europa y se encuentra en autores como Thomas Carlyle e Hippolyte Taine, para quienes Don Quijote reflejaba los rasgos de la nación en que se engendró. Pero, ¿cuáles eran esos rasgos? Para los románticos conservadores, la renuncia al progreso y la defensa de un tiempo y unos valores sublimes aunque caducos, los de la caballería medieval y los de la España imperial de Felipe II. Para los liberales, la lucha contra la intransigencia de esa España sombría y sin futuro. Estas lecturas políticas siguieron vigentes durante decenios, hasta que el régimen surgido de la guerra civil privilegió la primera, imbuyendo la historia de nacionalismo tradicionalista. Durante el siglo XX se recuperó la interpretación jocosa como la más ajustada con la de los primeros lectores, pero no dejó de ahondarse en la interpretación simbólica. Crecieron las lecturas esotéricas y disparatadas y muchos creadores formularon su propio acercamiento, desde Kafka y Jorge Luis Borges hasta Milan Kundera. Thomas Mann, por ejemplo, inventó en Viaje con Don Quijote (1934) a un caballero sin ideales, hosco y un punto siniestro alimentado por su propia celebridad, y Vladimir Nabokov, con lentes anacrónicos, pretendió poner los puntos sobre las íes en un célebre y polémico curso. Quizá el principal problema consista en que Don Quijote no es uno, sino dos libros difíciles de reducir a unidad de sentido. El loco de 1605, con su celada de cartón y sus patochadas, causa más risa que suspiros, pero el sensato anciano de 1615, perplejo ante los engaños que todos urden en su contra, exige al lector trascender el significado de sus palabras y aventuras mucho más allá de la comicidad primaria de palos y chocarrerías.

El realismo en Don Quijote

La primera parte supone un avance en el arte de narrar considerable, en cuanto a que constituye una ficción de segundo grado, es decir, el personaje influye en los hechos, frente a los habituales libros de caballerías en que la acción importaba más que los personajes y los traía y llevaba a su antojo (ficciones de primer grado). Los hechos, sin embargo, se presentan poco entrelazados entre sí y como encajados en una estructura poco homogénea, abigarrada y varia, típicamente manierista, en la que pueden reconocerse entremeses apenas adaptados, novelas ejemplares insertadas, discursos, poemas etc...; la segunda parte, por otra parte, más que manierista es barroca y representa incluso un avance narrativo mucho mayor de Cervantes en cuanto a estructura novelística: los hechos se presentan amalgamados más estrechamente y se trata ya de una ficción de tercer grado, por primera vez en una novela europea: el personaje transforma los hechos y al mismo tiempo es transformado por ellos. Los personajes evolucionan con la acción y no son los mismos al empezar que al acabar. Como primera novela verdaderamente realista, Don Quijote asume la idea, al regresar a su pueblo, no sólo de que no es un héroe, sino que no hay héroes. Y esta idea desesperanzada e intolerable, similar a lo que era el nihilismo para otro cervantista, Dostoievski, matará al personaje que era al principio y al final, Alonso Quijano, conocido por el sobrenombre de "El Bueno".

Temática

La riqueza temática de la obra es tal que en sí misma resulta inagotable, pues supone una reescritura, recreación o cosmovisión especular del mundo en su época, pero pueden dibujarse algunas directrices principales que pueden servir de guía a su lector.

El tema de la obra es si es posible encontrar el ideal en el mundo o, formulado de otra manera, si la realidad supera a la ficción o la ficción supera a la realidad; este tema principal está estrechamente ligado al tema de la libertad humana, como ha estudiado Luis Rosales. ¿A qué debe atenerse el hombre sobre la realidad, qué idea puede hacerse de ella mediante el ejercicio de la libertad? ¿Podemos cambiar el mundo o el mundo nos cambia a nosotros? ¿Qué es lo más cuerdo o lo menos loco? ¿Es moral intentar cambiar el mundo? De este tema principal, estrechamente ligado al tema erasmiano de la locura y al tan barroco tema de apariencia y realidad, derivan otros secundarios:

  1. Si es posible encontrar el ideal literario (con lo que se encuentran en la obra críticas a los libros de caballerías, las novelas pastoriles y la nueva fórmula teatral creada por Félix Lope de Vega).
  2. Si es posible encontrar el ideal de amor (con lo que aparecen diferentes historias de amor, algunas desgraciadas por concepciones de vida rigurosamente ligadas a la libertad, como es el caso de la de la pastora Marcela y Grisóstomo, otras por una inseguridad patológica (novela inserta del curioso impertinente) y amadas bien excesivamente idealizadas (Dulcinea del Toboso) bien excesivamente prosaicas (Aldonza Lorenzo).
  3. Si es posible encontrar el ideal político (con lo que aparece el tema de la utopía, en partes como el gobierno de Sancho en la ínsula Barataria, las ensoñaciones quiméricas de don Quijote en la cueva de Montesinos y otras)
  4. Si es posible encontrar el ideal de justicia (aventuras del mozo apaleado, de los galeotes, etc...)

[[Imagen:El Toboso Monumento a D. Quijote y Dulcinea .jpg|thumb|300px|Monumento a D. Quijote y Dulcinea en ]]

Originalidad

En cuanto a obra literaria, puede decirse que es sin duda alguna la obra maestra de la literatura de humor en todos los tiempos y la primera novela moderna, la primera novela polifónica. Como tal, ejerció un influjo abrumador en toda la narrativa europea subsecuente. Aportó, en primer lugar, la fórmula del realismo tal como había sido ensayada y perfeccionada en la literatura castellana desde la Edad Media, caracterizada por la parodia y burla de lo fantástico, la crítica social, la insistencia en los valores psicológicos y el materialismo descriptivo. En segundo lugar, creó la novela polifónica, esto es, la novela que interpreta la realidad no según un solo punto de vista, sino desde varios puntos de vista superpuestos al mismo tiempo, volviéndola algo sumamente complejo, pues no sólo intenta reproducir la realidad, sino que en su ambición pretende incluso sustituirla. La novela moderna, según la concibe el Quijote, es una mezcla de todo; tal como afirma el propio autor en la novela, por boca del cura, es una "escritura desatada": géneros épicos, líricos, trágicos, cómicos, prosa, verso, diálogo, discursos, chistes, fábulas, filosofía, leyendas... y la parodia de todos estos géneros. La voraz novela moderna que representa el Quijote intenta sustituir la realidad incluso físicamente, alargando más de lo que se acostumbraba la extensión del género narrativo y transformando la novela en un cosmos.

Técnicas narrativas

En cuanto a las técnicas narrativas que ensaya Cervantes en esta novela, son varias: la recapitulación, o resumen periódico cada cierto tiempo de los acontecimientos, a fin de que el lector no se pierda en una narración tan larga. El contraste entre lo idealizado y lo real, que se da a todos los niveles, por ejemplo en el estilo, que a veces aparece pertrechado con todos los elementos de la retórica y otras veces aparece rigurosamente ceñido a la imitación del lenguaje popular. O el contraste entre los personajes, a los que Cervantes gusta de colocar en parejas a fin de que cada uno le ayude a construir otro diferente mediante el diálogo, un diálogo en el que los personajes se escuchan y se comprenden, lo que hace que vayan cambiando de personalidad y perspectiva con su trato y conversación continua: don Quijote se sanchifica y Sancho se quijotiza. Si el señor se obsesiona con ser caballero andante, Sancho se obsesiona con ser gobernador de una ínsula, y tan desengañados llegan a estar el uno como el otro. A la inversa, don Quijote va siendo cada vez más consciente de lo teatral y fingido de su actitud, por ejemplo a raíz de su ensoñación en la cueva de Montesinos, que sirve de burla continua a Sancho a lo largo del camino. Esta mezcla y superposición de perspectivas se denomina perspectivismo. Por otra parte, el humor es constante en la obra, un humor muy especial, respetuoso con la dignidad humana de los personajes. Cervantes, por otra parte, ensaya una primera forma de contrapunto narrativo: una estructura compositiva en forma de tapiz, en la que las historias se van sucediendo unas a otras y entrelazándose y retomándose continuamente. Para ello es muy importante la suspensión, esto es, la creación de enigmas que "tiran" de la narración y del interés del lector hasta su resolución lógica, cuando ya se le ha formulado otro enigma para continuar más allá. Junto a esto, el perspectivismo, que ya se ha señalado, hace que cada hecho sea descrito por cada personaje en función de una cosmovisión distinta, y con arreglo a ello la realidad se torna súbitamente compleja y rica en sugestiones. Igualmente, Cervantes simula imprecisiones (en los nombres de los personajes, en los detalles poco importantes) y utiliza juegos metaficcionales a fin de difuminar y hacer desaparecer la figura del autor del texto por medio de continuos intermediarios narrativos (Cide Hamete Benengeli, los supuestos Anales de la Mancha, etc...) que hacen así menos literaria y más realista la obra desproveyéndola de su carácter perfecto y acabado.

Trascendencia. El Cervantismo

Aunque el influjo de la obra de Cervantes es obvio en los procedimientos y técnicas que ensayó toda la novela posterior, (se ha llegado a decir que toda novela posterior reescribe Don Quijote o lo contiene implícito), en algunas obras de la novela europea del siglo XVIII y XIX es perceptible todavía más esa semejanza. En España, por el contrario, Cervantes no alcanzó a tener seguidores dignos de su nombre, fuera de María de Zayas en el siglo XVII y José Francisco de Isla en el XVIII; el género narrativo se había sumido en una gran decadencia a causa de su contaminación con elementos moralizadores ajenos y la competencia que le hizo como entretenimiento el teatro barroco; solamente renace Cervantes como modelo novelístico en España con la llegada, al fin, del Realismo y la producción literaria de Benito Pérez Galdós, gran conocedor de Don Quijote, del que se sabía capítulos enteros.

Don Quijote alrededor del mundo

Don Quijote en Hispanoamérica

Francisco Rodríguez Marín descubrió que la mayor parte de la primera edición de Don Quijote había ido a parar a las Indias. En unas fiestas con motivo de haber sido nombrado virrey del Perú el marqués de Montesclaros, se aludió a la obra maestra de Cervantes. En los envíos de libros a Buenos Aires durante los siglos XVII y XVIII figuran quijotes y otras obras de Cervantes. En la novela La Quijotita y su prima del mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827) es evidente el influjo cervantino. El ensayista ecuatoriano Juan Montalvo (1832-1889) compuso una continuación de la obra con el ingenioso título de Capítulos que se olvidaron a Cervantes, y el cubano Luis Otero y Pimentel escribió otra con el título Semblanzas caballerescas o las nuevas aventuras de Don Quijote de la Mancha, cuya acción se desenvuelve en una Cuba identificada por el protagonista con el nombre de "Ínsula Encantada". Otro ensayista canónico, José Enrique Rodó, leyó en clave quijotesca el descubrimiento, conquista y colonización de América, y Simón Bolívar, su libertador, que un día dio la orden burlesca de fusilar a Don Quijote para que ningún peruano le imitase nunca, cercana ya la hora de su muerte hubo de pronunciar, con más de un desengaño a sus espaldas, estas asombrosas palabras: "Los tres grandísimos majaderos hemos sido Jesucristo, Don Quijote y yo". No es extraño, pues, que Rafael Obligado, en su poema El alma de Don Quijote, identifique a Bolívar y San Martín con El Caballero de la Triste Figura.

Uno de los más importantes cervantistas hispanoamericanos fue el chileno José Echeverría y Rubén Darío ofreció una versión decadente del mito en su cuento DQ, ambientado en los últimos días del imperio colonial español, así como en las Letanías a Nuestro Señor Don Quijote, incluidas en sus Cantos de vida y esperanza (1905). El costarricense Carlos Gagini escribió un breve relato denominado "Don Quijote se va", y el cubano Enrique José Varona la conferencia titulada Cervantes. El poeta argentino Evaristo Carriego escribió el extenso poema Por el alma de Don Quijote, que participa en la extendida santificación del personaje quijotesco. Por otra parte, los igualmente argentinos Alberto Gerchunoff (1884-1950) y Manuel Mújica Laínez (1910-1884) son habituales cultivadores de lo que se ha venido a llamar glosa cervantina. Se ha observado el influjo cervantino en el Martín Fierro de José Hernández y en otra obra maestra de la literatura gauchesca, Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes. Es perceptible el influjo cervantino en la gran novela histórica de Enrique Larreta La gloria de Don Ramiro, y Jorge Luis Borges posee una relación tan compleja con la ficción como la de Cervantes, pues no ven vano leyó la obra desde niño y la glosó en ensayos y poemas.

En efecto, Cervantes está presente en las grandes obras del boom hispanoamericano, empezando por Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, que es la segunda obra escrita en castellano más traducida de todos los tiempos.

Don Quijote en Inglaterra

En el siglo XIX, en Inglaterra puede verse el testimonio de una profunda huella ya incluso en el teatro del siglo XVII: Beaumont y Fletcher representaron en 1611 un drama heroico-burlesco titulado El caballero de la mano de almirez llameante inspirado en la primera parte, y se tradujo en fecha tan temprana como 1612 por Thomas Shelton; poco después, Shakespeare y el mismo Fletcher escribieron en 1613 otra obra sobre la "Historia de Cardenio" recogida en Don Quijote que se ha perdido. El Hudibras de Samuel Butler está inspirado también en Don Quijote como reacción contra el puritanismo. En 1687 se hace una nueva traducción, la del sobrino de John Milton, John Philipps, que alcanzó una enorme difusión, aunque le siguieron las traducciones dieciochescas de Anthony Motteux (1700), Jarvis (1724) y Smollet (1755). Hay huellas de Don Quijote en el Robinson Crusoe de Daniel Defoe y en los Viajes de Gulliver (1726) de Jonathan Swift y, más aún, en las obras de Henry Fielding. Uno de los personajes de su novela Joseph Andrews, escrita, según el autor, "a la manera de Cervantes", es Abraham Adams, "párroco quijotesco del siglo XVIII", en quien empieza una especie de santificación del héroe cervantino. El novelista Tobías Smollet notó la impronta de la novela que había traducido en sus novelas Sir Launcelot Greaves y Humphry Clinker. Lawrence Sterne fue un genial discípulo de Cervantes en su Tristram Shandy. Charlotte Lennox publica en 1752 su Mujer Quijote y Jane Austen experimenta su influjo en su muy célebre La abadía de Northanger, ya de 1818. El creador de la novela histórica romántica, el escocés Walter Scott, se veía a sí mismo como una especie de Don Quijote. Byron cree ver en su Don Juan la causa de la decadencia de España en Don Quijote, pues a su ver este libro había hecho desaparecer en este país las virtudes caballerescas. Wordsworth, en el libro V de su Preludio (1850), sintetiza en su ermitaño un nuevo Don Quijote y otro poeta lakista, Samuel Taylor Coleridge, asumiendo ideas de los románticos alemanes, viene a considerar a Don Quijote la personificación de dos tendencias contrapuestas, el alma y el sentido común, la poesía y la prosa. Por último, los maestros del ensayo romántico inglés, Charles Lamb y William Hazlitt dedicaron páginas críticas aún frescas a esta obra clásica de la literatura universal. Ya en el Realismo del periodo victoriano, Charles Dickens, por ejemplo, imitó la novela en Los documentos póstumos del club Pickwick (1836-1837), en donde Mr. Pickwick representa a don Quijote y su inseparable Sam Weller a Sancho Panza; su cervantismo llegó hasta hacer del personaje de Fagin en su David Copperfield una especie de Monipodio; su competidor William Makepeace Thackeray, imitó la novela en su The newcomers, así como George Gissing, que en su obra Los documentos privados de Henry Ryecroft hace a su protagonista pedir leer en su lecho de muerte el Don Quijote. A finales de siglo surgen tres nuevas traducciones, la de Duffield (1881), la de Ormsby (1885) y la de Watt (1888). Fitmaurice-Kelly colaborará después con Ormsby en la primera edición crítica del texto español (Londres, 1898-1899) y son ya lo que podemos llamar miembros de lo que se ha venido a llamar cervantismo internacional.

El "quijotismo" inglés se prolonga durante el siglo XX. Gilbert Keith Chesterton recuerda a Cervantes al final de su poema Lepanto y en su novela póstuma El retorno de Don Quijote convierte en Alonso Quijano al bibliotecario Michael Herne. Graham Greene asume la tradición cervantina de Fielding en su Monseñor Quijote a través del protagonista, párroco de El Toboso, que cree descender del héroe cervantino. W. H. Auden considera, por otra parte, a la pareja Quijote-Sancho la más grande de las parejas entre espíritu y naturaleza, cuya relación consiste en lo que llama projimidad cristiana.

Don Quijote en los Estados Unidos de América

En los Estados Unidos de América, se ha apreciado el influjo de la inmortal novela cervantina en el Moby Dick de Herman Melville. Es más, Mark Twain era un admirador de Don Quijote y acoge aspectos de la novela en su Huckleberry Finn; William Faulkner declaró releer la obra de Cervantes cada año y afirman su huella también autores como Saul Bellow, cuya primera y más aplaudida obra, Las aventuras de Augie March (1935) le debe bastante, y Thorthon Wilder, en Mi destino, (1934). Como crítico, Vladimir Nabokov no llegó, sin embargo, a entender la obra y, por otra parte, es patente, aunque apenas estudiado, el influjo de Cervantes en autores más recientes como William Saroyan o Paul Auster. Una reciente traducción en un inglés menos arcaico, la de Grossmann, ha vuelto a popularizar la obra en los EE. UU., que, es verdad, nunca había decaído a causa de adaptaciones como el musical El hombre de La Mancha.

Don Quijote en Holanda y Alemania

En Holanda, la tierra de los molinos, se leyó mucho Don Quijote como una obra satírica sobre la España que se había enfrentado con la potencia protestante, rival en los mares. Pieter Arentz Langedijk, importante autor de la primera mitad del siglo XVIII, escribió una comedia que todavía continúa representándose en la actualidad, Don Quijote en las bodas de Camacho (1699).

En Alemania el influjo de Don Quijote fue tardío y menor al de autores como Baltasar Gracián o la novela picaresca durante los siglos XVII y XVIII, en que el influjo del racionalismo francés predominó. Bertuch publica una traducción en 1775, pero ya en 1764 había publicado a imitación de Cervantes Christoph Wieland su Don Sylvio de Rosalva, que viene a constituir el modelo de la novela alemana moderna. Herder, Friedrich von Schiller y Goethe se harán eco de la gran novela cervantina y de las obras de Pedro Calderón de la Barca. El Romanticismo, en efecto, supone la aclimatación del cervantismo, el calderonismo y el gracianismo en Alemania: ven la luz las traducciones hoy clásicas de Tiek y de Soltau. Se ocupan de toda la obra de Cervantes, y no solo del Don Quijote, los hermanos Schlegel, el ya citado poeta Tieck y el filósofo Schelling. Esta nómina de cervantistas se completa con Verónica Veit, Gotthold Ephraim Lessing, Juan Pablo Richter y Bouterwek en lo que constituye la primera generación de cervantistas románticos alemanes. Después seguirán los filósofos Solger, Hegel y Schopenhauer, así como los poetas Einchendorff y Hoffmann. La visión general de los cervantistas románticos alemanes, pergeñada ya por Wilhelm Schlegel, consiste en percibir en el caballero una personificación de las fuerzas que luchan en el hombre, del eterno conflicto entre el idealismo y prosaísmo, entre imaginación y realidad, entre verso y prosa. En ese sentido se decanta también el prólogo que puso Heinrich Heine a la edición francesa de Don Quijote; no debemos olvidar, por otra parte, su siniestro augurio de que los pueblos que queman libros terminarán por quemar hombres, que se contiene en su pieza dramática Almansor. Para este autor, constituyen el triunvirato poético de la modernidad Cervantes, Shakespeare y Goethe. Por otra parte, Franz Grillparzer suscribe el juicio de Byron sobre la decadencia española y Richard Wagner admira en el libro la resurrección del espíritu heroico medieval. Richard Strauss renueva el tema con el poema sinfónico Don Quijote. Variaciones fantásticas sobre un tema caballeresco (1897). Ya en el siglo XX, Franz Kafka compone su apólogo La verdad sobre Sancho Panza y, en mayo de 1934, el novelista Thomas Mann elige como compañero de viaje a Estados Unidos la traducción de Tieck del Don Quijote, experiencia que quedará recogida en su ensayo A bordo con Don Quijote, en la que el autor esboza una defensa de los valores de la cultura europea amenazada por un fascismo en auge. Por último, el teólogo suizo Hans Urs von Balthasar, en unas memorables páginas de su obra Gloria, (1985-1989), ve en la comicidad de Don Quijote la comicidad y el ridículo cristiano: "Acometer a cada paso, modestamente, lo imposible". En ese sentido se decanta también el ilustre hispanista y cervantista Fiedrich Schürr, en su conferencia de 1951 Don Quijote como expresión del alma occidental.

Don Quijote en Rusia

Unamuno afirmó que los países que mejor habían comprendido Don Quijote fueron Inglaterra y Rusia. Es cierto que en el país eslavo gozó de un gran prestigio, difusión e influencia literaria. Cervantes está presente en Alejandro Pushkin, Gógol, Turguéniev, Dostoievski, Bulgákov y Nabókov, por citar solamente a algunos de los grandes. En cada biblioteca rusa era uno de esos libros imprescindibles, ya en francés, ya en la traducción desde el francés hecha por el prerromántico Zhukovski. Por entonces se entendía al protagonista como un personaje caricaturesco, pero pronto asomó la interpretación germánica. Pushkin animó a Gógol a emprender una obra narrativa de gran aliento a la manera de Cervantes, y éste compuso Almas muertas. Turguéniev en su conferencia Hamlet y Don Quijote compara al reflexivo e irresoluto Hamlet comn el irreflexivo y arrojado Don Quijote, y encuentra la nobleza en ambos caracteres. Fiódor Dostoievski imitó la novela que nos ocupa en El idiota, cuyo protagonista, el príncipe Mishkin, es tan idealista como el héroe manchego y escribió en su Diario de un escritor que "ya no se escriben libros como aquél. Veréis en Don Quijote, en cada página, revelados los más arcanos secretos del alma humana". Los poetas del Simbolismo ruso, sobre todo Fiódor Sogolub, experimentan la seducción por el mito de Dulcinea. Mijaíl Bulgákov adaptó con originalidad la obra en su piea teatral El maestro y la margarita. Entre todos estos cervantistas, parece la excepción Vladímir Nabókov, que en su Curso sobre El Quijote demuestra una gran incomprensión de la obra.

Don Quijote en el Este de Europa

La primera traducción al búlgaro se hizo desde una traducción rusa y en fecha tan tardía como 1882, a los cuatro años escasos de reaparecer Bulgaria en el mapa de Europa. Su principal estudioso fue Efrem Karamfilov. Pero es en la poesía búlgara del siglo XX donde aparece más la figura del caballero como símbolo del luchador infatigable, paladín de la bondad, el valor, la fe y la justicia: Konstantin Velíchkov, Jristo Fótev, Asén Ratzsvétnikov, Damián Damiánov, Nicolai Ráinov, Parván Stéfanov, Blaga Dimitrova y Pétar Vélchev.

La primera traducción completa al checo fue obra de J. B. Pichl (1866, primera parte) y de K. Stefan (1868, segunda parte), aunque ya en 1620 el cardenal Dietrichstein la había leído en español, pues se había educado en la Península ibérica. Se leyó mucho en Bohemia y fue muy popular en el siglo XVIII, pero más en versiones italianas y francesas que en otras lenguas. Ya en el siglo XX, Milan Kundera afirma, como Octavio Paz, que el humor no es algo innato en el hombre, sino una conquista de los tiempos modernos gracias a Cervantes y su invento, la novela moderna.

La primera traducción de Don Quijote al polaco es de los años 1781-1786 y se debe al conde Franciszek Podoski, a partir de una versión francesa. Para los ilustrados polacos era una obra fundamentalmente cómica y de lectura no sólo agradable, sino también útil por su crítica a las perniciosas para la sensatez novelas de caballerías. Esa es la interpretación del obispo Ignacy Krasicki y del duque Czartoryski, quien sin embargo percibe ya la complejidad de la obra en sus Reflexiones sobre la literatura polaca, 1801. En los años cuarenta del siglo XIX, el polígrafo Edward Dembowski ahonda en la trágica interpretación alemana de Don Quijote como símbolo de la lucha del ideal contra la dura realidad del mundo circundante. La figura del caballero se encuentra en la obra de los grandes poetas románticos polacos, Adam Mickiewicz, Julius Sowacki y Norwid, así como en la obra maestra del novelista del Realismo Boleslaw Prus, La muñeca. Ya en el siglo XX, hay que destacar el Don Quijote de Boleslaw Leoemian, que representa la tragedia de la pérdida de la fe, Juicio sobre Don Quijote de Antoni Slonimski, donde se adapta el episodio del gobierno de Sancho en la ínsula Barataria para satirizar los totalitarismos, Don Quijote y las niñeras, de Maria Kuncewiczowa, crónica de un viaje a España en busca de Don Quijote, y En la belleza ajena, de Adam Zagajewski, con don Quijote en la biblioteca.

Don Quijote en Francia

En Francia no se hicieron análisis de Don Quijote tan profundos como los alemanes ni se ejerció un influjo tan extenso como en Inglaterra o Rusia, aunque su impronta fue también generosa en grandes obras y autores del siglo XIX y muchas naciones conocieron la obra a través de traducciones francesas o retraducciones a partir del texto en esta lengua. La primera traducción es apenas posterior en un año a la inglesa de Shelton, en 1614, por César Oudin. En 1618 se traduce la segunda parte por François de Rosset y a partir de 1639 ambas partes marcharán juntas. Es la primera traducción al francés, a la que seguirán varias decenas más, entre las que destacan las de Filleau de Saint Martin (1677-1678) y la del caballero Jean-Pierre Claris de Florian (1777), un hispanista formado en su infancia en España y sobrino de Voltaire, que será muy divulgada por Europa. La traducción de Filleau de Saint Martin se publicó con el título de Historia del admirable don Quijote de la Mancha y con el añadido de una continuación escrita por el propio traductor, para lo cual alteró el final de la obra original y mantuvo a don Quijote con vida y con capacidad de lanzarse a nuevas aventuras. A su vez, esta continuación fue prolongada por otro escritor francés de cierto renombre, Robert Challe. No termina ahí la serie de continuaciones: un autor desconocido alargó la obra de Cervantes con otra parte suplementaria títulada Continuación nueva y verdadera de la historia y las aventuras del incomprable don Quijote de la Mancha.

Sismone de Sismondi pone la primera piedra de la interpretación romántica del héroe. Louis Viardot traduce la obra muy fielmente entre 1836 y 1837. Chateaubriand se ve a sí mismo como un Cervantes y un Quijote y en su Itinerario de París hasta Jerusalén, (1811), ensalza al Caballero de la triste figura, que ocupa también su lugar en El genio del Cristianismo como el más noble, el más valiente, el más amable y el menos loco de los mortales. Hay bastante de Cervantes en ese militar frustrado romántico que fue Alfred de Vigny. Los viajeros Prosper Merimée y Theophile Gautier llenan sus diarios de viaje de alusiones cervantinas. Para el crítico Saint-Beuve, Don Quijote es un libro que empieza por constituirse en una sátira de los libros de caballerías y termina por hacerse espejo de la vida humana. Victor Hugo, que pasó algunos de sus años infantiles en España como hijo del general Hugo, considera a Cervantes el poeta del contraste entre lo sublime y lo cómico, lo ideal y lo grotesco, y apercibe el influjo de La gitanilla en su novela Nuestra Señora de Paris. Henri Beyle, más conocido como Stendhal, que tenía diez años cuando leyó Don Quijote por primera vez, escribió que "el descubrimiento de ese libro fue quizá la más grande época de mi vida"; Honoré Balzac representó casi más a Don Quijote en su vida que en sus escritos y Gustave Flaubert asumió este espíritu en sus dos novelas Bouvard y Pecuchet, póstuma e inacabada, cuyos dos personajes principales enloquecen leyendo libros que no pueden asimilar, y su Madame Bovary, cuya protagonista es en realidad una quijotesca dama que pierde la sensatez leyendo noveluchas sentimentales, como José Ortega y Gasset ya apreció ("es un Quijote con faldas y un mínimo de tragedia sobre su alma"). Gustave Doré ilustró con grabados una edición de Don Quijote en 1863. Personajes quijotescos son, por otra parte, el Tartarín de Tarascón de Alphonse Daudet y el Cyrano de Bergerac de Edmond Rostand. En Les oiseaux de la lune o Los pájaros de la luna (1956), de Marcel Aymé, el inspector de un colegio adquiere el poder de transformar a los pelmazos en aves de tanto leer novelas, lo que parece ser una parodia cómica de la locura de Don Quijote de la Mancha y de los magos que transforman sus desilusiones. La escritora lesbiana Monique Wittig, por otra parte, en su novela Le voyage sans fin (1985) reelabora el Quijote de Cervantes sustituyendo a caballero y escudero por dos mujeres. En 1968 Jacques Brel compuso y grabó un disco de música, L'Homme de la Mancha. Y para cerrar una lista que podría prolongarse mucho, mencionaremos sólo a Léon Bloy, Tailhade, Henri Bergson, Maurice Barrès, Alfred Morel-Fatio, Paul Hazard, André Maurois y André Malraux.

Don Quijote en esperanto

Entre las traducciones curiosas de la obra es destacable las publicadas en el idioma internacional esperanto. Existe una traducción completa, de 1977, y varios intentos parciales anteriores, algunos de cierto interés por sí mismos.

La primera versión parcial se debe a Vicente Inglada Ors, un científico políglota, destacado geólogo y miembro de la Academia de Ciencias, que lo intentó ya en 1904. Otros esperantistas que publicaron versiones de algunos capítulos fueron el escritor catalán Frederic Pujulà i Vallès (1909), el conocido militar republicano Julio Mangada (1927) y el activista Luis Hernández Lahuerta (1955).

La traducción completa debió esperar, sin embargo, a 1977, cuando la Fundación Esperanto editó la versión debida al más importante traductor de obras españolas al idioma internacional, Fernando de Diego. La obra, con las clásicas ilustraciones de Doré, ha tenido una amplia difusión mundial, y un importante prestigio entre los conocedores de la cultura esperantista.

Ediciones de Don Quijote

Se consideran habitualmente ediciones clásicas de Don Quijote, en el siglo XIX, las de Diego Clemencín (6 vols., 1833-1839), cuyos defectos corrigieron las notas de Juan Calderón en su Cervantes vindicado en 115 pasajes (1855), y las de Juan Eugenio Hartzenbusch, una en Argamasilla de Alba, 1863, IV vols., y otra en Obras completas de Miguel de Cervantes; Madrid, Imprenta de Manuel Rivadeneyra, 1863; a esta última cabe agregar un grupo de notas que Hartzenbusch preparó para una segunda edición que no llegó a realizarse y que se imprimieron con el título Las 1633 notas puestas por ... D. J. E. Hartzenbusch a la primera edición de «El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha», Barcelona: Narciso Ramírez, 1874. Ya en el siglo XX, son las más importantes las de Francisco Rodríguez Marín (elaboró en vida tres ediciones de la novela, cada una más y mejor anotada que la anterior: la de Clásicos La Lectura, en ocho tomos, de 1911-1913; la "edición crítica", en seis tomos (1916-1917) y la "nueva edición crítica", en siete tomos (1927-1928). La última fue reeditada póstumamente, con correcciones y nuevas notas, en diez tomos (1947-1949) con el título Nueva edición crítica con el comento refundido y mejorado y más de mil notas nuevas), la de Rudolph Schevill y Adolfo Bonilla y San Martín (1914-1941), las de Martín de Riquer (la última corresponde a 1996) y la del Instituto Cervantes, realizada por un equipo dirigido por Francisco Rico (1998 y 2004), última y por lo tanto más autorizada. Son también importantes por distintos aspectos, entre un número muy crecido de ediciones estimables, Juan Bautista Avalle-Arce (1979), John Jay Allen (1984), Vicente Gaos (1987), la de Luis Andrés Murillo (1988), y las distinas, algunas de ellas digitales, de Florencio Sevilla Arroyo (2001).

Este año 2005, se celebra IV Centenario de El Quijote, motivo por el que la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española han realizado una edición popular publicada por Alfaguara de 500.000 ejemplares.

Bibliografía

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