Corona de Aragón
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La Corona de Aragón englobaba al conjunto de hombres y territorios que estuvieron sometidos a la jurisdicción del rey de Aragón, de 1134 a 1714. El nombre se aplica históricamente a partir de la unión dinástica de los reyes de Aragón y los condes de Barcelona. Más tarde, por conquistas de nuevos territorios, esta corona incluiría otros dominios: Reino de Mallorca, Reino de Valencia, Reino de Sicilia, Reino de Córcega, Reino de Cerdeña, Reino de Nápoles, Ducado de Atenas, Ducado de Neopatria y otros.
La numeración de los monarcas varía, en función del territorio al que se hace referencia: así, Pedro IV de Aragón, es Pedro III del condado de Barcelona. De ahí que los historiadores actuales prefieran hacer uso de los alias para hacer referencia a ellos: Pedro el Católico (Pedro II de Aragón), Pedro el Ceremonioso (Pedro IV de Aragón), Alfonso el Magnánimo (Alfonso V de Aragón).
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La formación de la Corona de Aragón
La formación de la Corona tiene su origen en la muerte sin descendencia de Alfonso el Batallador el año 1134, durante el sitio de Fraga. En su testamento, el rey Alfonso cedía todo su reino a las órdenes militares del Santo Sepulcro, del Hospital de Jerusalén y del Temple. Ante este hecho insólito, los habitantes de Navarra, que en aquel momento formaba parte del reino de Aragón, proclamaron rey a García V Ramírez y se separaron definitivamente de Aragón. En este contexto, los nobles aragoneses nombraron nuevo rey a Ramiro II el Monje, que era entonces obispo de Roda-Barbastro. Ante esta situación, Alfonso VII de Castilla aprovechó para reclamar derechos sucesorios sobre el trono de Aragón, mientras que García V manifestaba sus aspiraciones y el Papa exigía el cumplimiento del testamento.
Las pretensiones de Castilla creaban un problema para el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, pues coincidían con la rivalidad entre el condado y el reino de Aragón por la conquista de las tierras musulmanas de Lérida. Y el rey Alfonso VII dejó claras sus intenciones cuando en diciembre de 1134 penetró con una audaz expedición en Zaragoza e hizo huir a Ramiro. Sin embargo, esos hechos no acabaron siendo favorables a las aspiraciones del rey castellano, quien finalmente habría de renunciar al señorío efectivo del reino. Por su parte, Ramiro II, a pesar de su condición de eclesiástico, se casó con Inés de Poitiers y tuvieron una hija, Petronila, en 1136. Ello obligaba a planear el futuro matrimonio de la niña, lo que suponía elegir entre la dinastía castellana o la barcelonesa. Alfonso VII presentó la candidatura de su hijo Sancho, futuro Sancho III de Castilla, pero la nobleza aragonesa acabó eligiendo al conde de Barcelona, con el que se negociaron detalladamente los términos del acuerdo, por los cuales Ramón Berenguer IV recibiría el título de "príncipe" y "dominador" de Aragón y se especificaba que el reino quedaría en manos del conde, aun cuando muriese primero la reina Petronila. En 1162, Alfonso II de Aragón, se convertiría el primer rey de la Corona y tanto él, como sus sucesores, heredarían los títulos de "rey de Aragón" y "conde de Barcelona".
El Estado resultante de esta unión dinástica fue una auténtica confederación, en la medida que ambos territorios mantuvieron sin modificaciones sus propias instituciones políticas, a las cuales se añadirían las de los territorios anexionados posteriormente por la política expansionista de la Corona. Sin embargo, con el paso del tiempo sería cada vez conocido como "Corona de Aragón", no porque ello obedeciera a una hegemonía de un territorio sobre el otro, sino por el orden jerárquico de los títulos nobiliarios, según el cual el de "rey" precede al de "conde", y ese orden favorecería la forma final de su denominación. A pesar de la incorporación de nuevos reinos, el titulo de "rey de Aragón" siempre ocuparía el primer lugar.
La expansión de la Corona de Aragón
Durante el gobierno de Ramon Berenguer IV, fueron conquistadas las ciudades de Tortosa, Lérida, Fraga, Mequinenza, además de la sierra de Prades, Siurana, Miravet... Más tarde, bajo el reinado de Alfonso II de Aragón, Con los tratados de Tudellén (1151) y Cazorla (1179), la Corona fijaba su línea de expansión peninsular sobre los reinos de Valencia y Denia.
Durante el reinado de Jaime I, tuvo lugar la conquista de Mallorca y del reino de Valencia, a lo largo de la primera mitad del siglo XIV. Culminada la conquista del antiguo reino de Denia hasta Biar, límite acordado en el tratado de Cazorla, las tierras levantinas no fueron incorporadas a Cataluña o Aragón, sino que constituyeron un nuevo reino, el de Valencia, que adquiriría Cortes propias y fuero propio: los Furs de Valencia. Asimismo, tras la muerte del Conquistador daría lugar al reino de Mallorca, que heredaba su hijo Jaime y que incluía las islas Baleares, los condados de Rosellón y Cerdaña y la ciudad de Montpellier. Este reino de Mallorca resultaría políticamente muy conflictivo y seria finalmente anexionado definitivamente a la Corona por Pedro el Ceremonioso.
Desde finales del siglo XIII se inicia también la expansión de la Corona sobre el Mediterráneo. Jaime II retuvo el dominio conseguido por Pedro III de Aragón de la corona de Sicilia, aunque hasta el siglo XV se mantendría bajo el dominio de una rama secundaria de la dinastía. También Jaime II recibió la investidura de Cerdeña, que conquistaría en 1324 y supondría un duro esfuerzo de dominio a lo largo de los años siguientes. Asimismo, prolongó hacia el sur los límites del reino de Valencia, que mediante la Sentencia Arbitral de Torrelles (1304) alcanzarían los límites definitivos. Más tarde, en 1380, los ducados de Atenas y Neopatria, quedarían bajo la soberanía de Pedro el Ceremonioso, pero se perderían años más tarde.
Del cambio de dinastía a la unión dinástica con Castilla
Tras la muerte de Martín el Humano, la Corona se vio abocada a un periodo de interregno, pues falleció sin haber nombrado sucesor. En ese contexto aparecieron cuatro candidatos al trono: el infante Frederic, Luís de Anjou, Jaime de Urgell y Fernando de Antequera. La dificultad de las instancias dirigentes de Aragón, Cataluña y Valencia para ponerse de acuerdo evidenció una grave división en el sí de la Corona, que evolucionaría de manera favorable a Fernando de Antequera, representante de la dinastía castellana de los Trastámara. Ayudaron a ello la riqueza del candidato, su habilidad política y la actuación del papa Benedicto XIII, que en pleno Cisma de Occidente optó por promover al candidato castellano para asegurarse el apoyo de la Corona de Aragón y de Castilla. De este modo, mediante el Compromiso de Caspe de 1412, Fernando fue nombrado monarca de la Corona. La nueva dinastía persistiría en la política expansionista, de manera que su sucesor, Alfonso V, conquistaría el reino de Nápoles en 1443.
La boda entre Fernando el Católico e Isabel la Católica y la alianza consiguiente permitió que el duque de Alba anexionara el reino de Navarra a la corona de Aragón en 1512 (Navarra se habia separado de Aragon a la muerte de Alfonso I el Batallador, en 1134). Sin embargo en 1515 Navarra fue cedida a Castilla, por lo que, en la practica, nunca llego a formar parte de la Corona.
A pesar del matrimonio de los Reyes Católicos de 1469, ambos reinos conservaron sus instituciones políticas y se mantuvieron las cortes, las leyes, las administraciones públicas y la moneda. La unión efectiva de los reinos de Castilla y la Corona de Aragón se hizo bajo el reinado de Carlos I.
Los territorios de la Corona de Aragón en la Edad Moderna
La integración de los territorios de la Corona en el nuevo estado estuvo marcada por el poder hegemónico de Castilla en el interior de la Corona. Su articulación tuvo lugar fundamentalmente a través de dos instituciones: el Consejo de Aragón y el virrey. El Consejo Supremo de Aragón era un órgano consultivo de la corona creado en 1494, a raíz de una reforma en la cancillería real realizada por Fernando el Católico, que desde 1522 estaría integrada por un vicecanciller y seis regentes, dos para el reino de Aragón, dos para el reino de Valencia y dos para el Principado de Cataluña, Mallorca y Cerdeña. Por su parte, los virreyes asumieron funciones militares, administrativas, judiciales y financieras.
Los conflictos se sucedieron a lo largo de los siglos modernos, hasta la Guerra de Sucesión. En 1521 tenían lugar las Germanías, un movimiento surgido en Valencia entre la incipiente burguesía, que se extendió hasta 1523. En Mallorca tuvo lugar en los mismo años otro movimiento similar, dirigido por Joanot Colom. La derrota final de los agermanados supuso una fuerte represión y la reafirmación del dominio señorial. Ya durante el reinado de Felipe II, tuvo lugar la prohibición a los súbditos de la Corona de Aragón de estudiar en el extranjero, frente al riesgo de contagio calvinista (1568). Asimismo, en 1569, todos los diputados de la Generalitat eran encarcelados bajo la acusación de herejía, en el marco de la disputa por el pago del impuesto del excusado. En 1591, tuvieron lugar las "turbaciones de Aragón", generadas cuando el exsecretario del rey, Antonio Pérez, se refugió en Aragón y el monarca transgredió todas los privilegios aragoneses e incluso hizo ejecutar a la Justicia Mayor de Aragón.
Durante el siglo XVII, las tensiones fueron bastante mayores. Las necesidades financieras de los monarcas les condujeron a intentar aumentar por todos los medios la presión fiscal sobre los territorios de la Corona de Aragón, cuyas constituciones garantizaban importantes protecciones frente a ellas. Tras entrar en guerra la corona con Francia en 1635, el despliegue de los tercios sobre Cataluña generó graves conflictos que desencadenaron en la guerra de los segadors en 1640, una guerra de separación de la monarquía castellana. Así, la Generalitat de Cataluña, planteando primero la formación de una República catalana, acabó por reconocer a Luís XIII de Francia como conde de Barcelona. El conflicto fue finalmente superado con la Paz de los Pirineos (1659), por la cual el Rosellón, el Conflent, el Vallespir y la mitad norte de la Cerdaña pasaban para siempre a dominio francés. A finales del siglo, en 1693 estallaría también en Valencia la Segunda Germanía, un alzamiento campesino y antiseñorial, entorno a la partición de las cosechas.
La extinción de la Corona de Aragón: la guerra de Sucesión
A pesar de la gravedad del conflicto dels Segadors, Cataluña y el resto de territorios de la Corona preservaron sus privilegios y derechos. Sin embargo, los sucesos posteriores a la proclamación de Felipe V como rey de España marcarían el final del modelo institucional que los había caracterizado desde el siglo XII.
Cuando Carlos II murió y dejó finalmente como heredero a Felipe de Anjou, Felipe V, se formó en Europa la Gran Alianza de la Haya, entre Inglaterra, las Provincias Unidas y Austria, que no aceptaba la instauración de la monarquía borbónica en España y apoyaron las aspiraciones de otro aspirante, el archiduque Carlos de Austria. En el 1705, la fuerza de los partidarios del archiduque y los conflictos con el virrey Fernando de Velasco supusieron un nuevo alzamiento en armas de los catalanes, que supuso la entrada triunfal de aquel en Valencia y Barcelona. El año siguiente, el 1706, Carlos era proclamado en Zaragoza y en el reino de Mallorca. Sin embargo, los aliados no se vieron apoyados en su avances sobre Castilla, que les llevó a retirarse al reino de Valencia. La reacción bélica de Felipe V en el año siguiente supuso la caída del reino de Valencia, tras la batalla de Almansa del 24 de abril de 1707. Lo mismo sucedió con Zaragoza y el reino de Aragón, que fueron conquistadas rápidamente. Tras ello, el reino fue oficialmente fusionado con Castilla por Felipe V en 1707. Una nueva penetración de los aliados sobre Castilla en 1710, a pesar de su entrada en Zaragoza y Madrid, no le sirvió tampoco para consolidar sus posiciones y les obligó a abandonar Aragón. En septiembre el archiduque se marchó de Barcelona y mediante el tratado de Utrecht de 1713, las tropas aliadas dejaron progresivamente Cataluña. El 11 de septiembre de 1714, fue conquistada Barcelona y en 1715, la isla de Mallorca.
El triunfo borbónico fue seguida de una radical remodelación del sistema político de los reinos de la corona, mediante el régimen de Nueva Planta. Se situó al frente del territorio a un capitán general, un sucesor del antigo virrey que ya no se sometería al freno de las leyes propias. Los intendentes pasaron a controlar el sistema finaciero y hacendistico, donde se aglutinaron los tradicionales ingresos de la Corona, los antiguos impuestos de las generalidades y los nuevos impuestos aplicados para equiparar la carga fiscal de los territorios conquistados a la de los castellanos. La Nueva Planta trajo también la supresión de las autonomías municipales, de todo tipo de asamblea municipal, la designación de todos los cargos por autoridad real y la sustitución de las unidades administrativas por corregimientos. Todo este conjunto de reformas suponía la homogenización de Castilla y Aragón y reducía al País Vasco y Navarra el conjunto de particularidades del nuevo estado absoluto centralizado.
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