Clientelismo político
Keywords: Clientelismo político, Administración pública, Campo (sociología), Capital social, Cliente, Corrupción, Democracia
El clientelismo político es un sistema extraoficial de intercambio de favores, en el cual los titulares de cargos políticos regulan la concesión de prestaciones, obtenidas a través de su función pública o de contactos relacionados con ella, a cambio de apoyo electoral.
En un sistema de clientelismo el poder sobre las decisiones del aparato administrativo del Estado se utiliza para obtener beneficio privado; el patrón —sea directamente un funcionario él mismo, u otra persona dotada de suficiente poder como para influir sobre los funcionarios— la toma de decisiones que favorecen a sus clientes, y que estos compensan con la perpetuación en el poder del funcionario implicado. La relación puede fortalecerse mediante la amenaza de utilizar esa misma capacidad de decisión para perjudicar a quienes no colaboren con el sistema.
Las relaciones clientelares están profundamente arraigadas en la democracia latinoamericana, aunque no se limitan en modo alguno a ella; el control de los sindicatos en los Estados Unidos, por ejemplo, estuvo asociado durante la mayor parte del siglo XX a formas muy marcadas de clientelismo. En general, los sistemas clientelares aparecen donde la necesidad de integrar rápidamente un elevado número de participantes a un sistema político sin tradición organizativa lleva al desarrollo de sistemas de mediación informal entre la acción estatal y las necesidades de las comunidades.
Estructura del clientelismo
En el clientelismo los bienes públicos no se administran según la lógica imparcial de la ley, sino que bajo una apariencia legal se utilizan discrecionalmente por los detentadores del poder político; normalmente se corresponde con figuras penadas jurídicamente como prevaricación o corrupción. Sin embargo, existen pocos incentivos para que los participantes busquen acabar con el sistema clientelar, puesto que este se halla institucionalizado —en el sentido sociológico del término— como patrón regular de interacciones, conocido, practicado y aceptado (si bien no necesariamente aprobado) por los actores (O'Donnell: 1997).
Hábito clientelar
El poder que el patrón detenta le permite interesar a los clientes en apoyarlo, pues reciben favores a cambio de su adhesión, pero a la vez conforma parte de las expectativas que estos se forman del funcionamiento del poder. El elemento material y puntual de intercambio del clientelismo tiene así un efecto persistente sobre las expectativas sociales y políticas de los participantes; si bien la relación entre cliente y patrón se inicia a través de un "favor fundacional" (Auyero: 1997), mediante el cual el patrón —posiblemente a través de un puntero o mediador— brinda una prestación al cliente, no es este el factor más importante en la constitución del sistema, sino el conjunto de creencias, presunciones, estilos, habilidades, repertorios y hábitos que la experiencia repetida, directa e indirecta de estas relaciones provoca en los clientes. Estos factores consolidan la relación, y disimulan su carácter de transacción. Puesto que cliente y patrón (o mediador) se conocen personalmente, y la concesión de prestaciones se realiza de manera individualizada, la relación clientelar se confunde con las afinidades personales dadas por la pertenencia común a redes sociales, familiares, étnicas, religiosas o deportivas.
| Imagen no existente Icon-gears.png | Uno o más wikipedistas están actualmente trabajando en este artículo; los defectos en formato o contenido pueden deberse a ello. Por favor, antes de realizar correcciones mayores o reescrituras, contacta con ellos en su página de usuario o la página de discusión del artículo para poder coordinar la redacción. |
El clientelismo se concreta a través de las relaciones clientelares, que adquieren características especiales. Son relaciones de dominación, sumamente desiguales donde determinados actores (los patrones) cuentan con mayor capital social, simbólico y económico que el resto. Esta relación no se da en el vacío, ni es a-histórica. Constituye un campo: un espacio de juego históricamente constituido, con instituciones específicas y leyes propias de funcionamiento (Gutiérrez). Allí los actores disputan sus intereses. El juego propio del campo clientelar es dinámico e histórico, permite que las posiciones de los actores cambien a partir de una compleja serie de cuestiones. Por ejemplo, el poder del patrón puede verse amenazado por el ingreso de un patrón alternativo, o por circunstancias especiales, como las vísperas de un acto electoral, donde necesita el voto de los clientes de la red, quienes — aprovechando la coyuntura favorable — adquieren mayor fuerza en la negociación. Incluso la dinámica propia de una red clientelar podría generar que un actor cambie de rol pasando de fiel cliente a constituirse, en virtud de la confianza obtenida con su patrón, en mediador, con lo cual suma capital para moverse dentro del campo.
Auyero las define como de dominación, complejas y ancladas. Complejas en tanto «dependen de una tercera parte para su continuación (aquí refiriéndose al patrón político, representado por un político en particular o por una estructura estatal). Los incentivos materiales necesarios para el desarrollo de la relación vienen del afuera y son producto de un balance de poder específico entre el mediador y el patrón político exterior» y ancladas pues «implican un reconocimiento entre actores y presuponen la construcción de un marco de conocimiento mutuo que organiza la experiencia de los actores» (Auyero).
El clientelismo generalmente (aunque no exclusivamente) se organiza en forma de redes, conformadas por los actores y sus relaciones. Auyero detectó que la red clientelar puede ser una red de resolución de problemas. Al observar que los clientes resolvían en ella la mayoría de las problemáticas que afectaban su sobrevivencia. Estudios posteriores (Torres) coinciden en la observación, reafirmando que en ocasiones la red clientelar es la única forma que poseen los clientes para afrontar sus acuciantes problemas cotidianos. Lo cual no implica afirmar que los únicos participantes de relaciones clientelares son los pobres. No obstante otros sectores sociales se incluyen en formas de clientelismo que no se constituyen en redes.
Auyero y Trotta enfatizan la tarea del mediador como figura central del clientelismo político. Los punteros construyen la parte subjetiva de la relación. Trotta los define como intelectuales orgánicos: «son intelectuales pues operan con ideas, símbolos y valores que juegan en el intercambio de la relación clientelar (...) Se consideran sujetos reflexivos que en virtud de su conciencia discursiva, establecen rutinas, recreando ideología (entendidas como visiones del mundo en sentido gramsciano) que legitiman procesos estructurantes» (Trotta). En ese sentido los factores subjetivos, vinculan más estrechamente a patrones/mediadores con sus clientes, y se transforman en indispensables para que la relación clientelar no se quede en un simple hecho mercantil.
Los actores juegan en el campo clientelar con objetivos propios. Los clientes buscan respuestas a sus necesidades básicas inmediatas, los mediadores pueden motivarse por diferentes cuestiones: desde adscripción partidaria o ideológica hasta el mantenimiento de un empleo estatal, pasando por una amplia gama de temáticas. Pero, ¿cuáles son los objetivos de quienes sustentan la red clientelar?. Los patrones buscan acumulación política, como objetivo estratégico, y acumulación electoral, como objetivo coyuntural.
La acumulación política incluye tanto la búsqueda de adhesiones que legitimen su rol de dirigentes políticos como la construcción de aparatos que otorguen la posibilidad de acrecentar su poder político. El patrón no obtiene recursos económicos de la red, sino que amplía su base de sustentación para mantener su carrera política. En este sentido, los objetivos de los jefes clientelares pasan por la acumulación política. Esa acumulación debe concretarse, hacerse visible, en un momento concreto: los comicios. Ese día el poderío del patrón está puesto en discusión. Debe ratificarlo. Ello obliga a que los grupos dominantes de la red (patrón y mediadores) trabajen arduamente para que los clientes expresen en las urnas su satisfacción con el patrón. Allí es necesaria la acumulación electoral.
Los objetivos propios de cada actor son asimilables a lo que Pierre Bourdieu define como interés específico, pero al mismo tiempo es imprescindible un interés (illusio) propio del campo clientelar. Esta illusio nos habla de que los actores, más allá de sus intereses personales, le otorgan al juego en el campo una importancia primordial, dicen «vale la pena jugar». «La illusio — dice Gutiérrez — es, a la vez, condición y funcionamiento de un campo. Pero este «derecho de entrada al campo» no es reductible al cálculo consciente, es un acto de fe, es una relación de creencia. (...) Todo campo, en tanto producto histórico, engendra y activa una forma específica de interés, una illusio específica, que es la condición de su propio funcionamiento». Patrones, mediadores y clientes, aún con intereses diferenciados, concuerdan en un elemento esencial: necesitan de la red. Participar les reporta beneficios. Esta coincidencia básica sirve, al mismo tiempo, para que el clientelismo se reproduzca a partir de su condición de hábitus (lo social hecho cosas) que estructura las formas de relación con las prácticas políticas.
El campo clientelar es un producto histórico, dijimos. Patrón y mediadores no aportan privadamente los recursos que sustentan los intercambios. Ellos provienen del ámbito estatal y, generalmente, patrón y mediadores también están allí insertos. Los primeros son gobernantes o legisladores; los segundos forman parte de la plantilla de ministerios, municipios o legislaturas, algunos son incluso funcionarios políticos y no meros empleados. Esa es otra característica propia del clientelismo: se ejerce a partir de la estructura burocrática o del aparato público estatal (Trotta). Del Estado provienen los recursos que aceitan los intercambios clientelares, y es también el ámbito de actuación de patrones y mediadores. Por eso afirmamos que el clientelismo moderno requiere de una apoyatura en el aparato estatal. Ya no existen relaciones basadas en el patronazgo donde vínculo y intercambio se concretaban privadamente. El clientelismo moderno tiene su base en el Estado, aún constituyéndose en una variante de privatización de lo público.
Referencias
- Auyero, Javier (1997): Favores por Votos; Editorial Losada
- O'Donnell, Guillermo: Contrapuntos. Ensayos escogidos sobre autoritarismo y democratización.- Buenos Aires: Paidós, 1997.- ISBN 950-12-8901-X
- Crevari, Esteban (2001): La deformación de la representación; Medios de Comunicación, Partidos Políticos y Representación: Un escenario complejo. Capítulo 5.
- Trotta, Miguel (2002): Las metamorfosis del clientelismo; Editorial Espacio.
- Torres, Pablo (2002): Votos, chapas y fideos: clientelismo político y ayuda social; Editorial De la Campana. ISBN 9879125371
- Torres, Pablo: CLIENTELISMO, UNA VISION DESDE LOS DIARIOS ARGENTINOS[1]
- Torres, Pablo: CLIENTELISMO POLITICO Y AYUDA SOCIAL, UN ESTUDIO DE CASO [2]
