Batalla de Arica

Keywords: Batalla de Arica, 1872, 1879, 1880, 18 de diciembre, 24 de febrero, 2 de junio, 31 de mayo, 4 de junio

[[imagen:BatallaArica1.jpg|500px|thumb|Óleo del pintor Juan Lepiani que representa la Batalla de Arica del 7 de junio de 1880 (Museo de los Combatientes de Arica, Lima, Perú).]]

Tabla de contenidos

Antecedentes

La victoria peruana en Tarapacá no cambió los resultados estratégicos de la invasión chilena y el I Ejército del Sur, por una serie de circunstancias, se vio en la imperiosa necesidad de emprender la retirada hacia la ciudad de Arica. La difícil marcha sobre áridos desiertos duraría veinte días, pero finalmente, el 18 de diciembre, el general Buendía arribó a su destino con un total de 3,416 hombres, incorporándose luego 634 dispersos.

Consolidada la ocupación de la provincia de Tarapacá, el ejército chileno emprendió la segunda fase de la guerra terrestre, que denominaría Campaña de Tacna, la cual se desarrollaría en un vasto escenario que abarcaba los límites de los ríos Ilo y Moquegua por el norte y los ríos Azapa y Azufre por el sur.

Los peruanos aun controlaban esa región a través del I y el II Ejército del Sur, dividido entre Arica y Arequipa, mientras que los bolivianos guarnecían el departamento de Tacna. Sin embargo, los aliados, faltos de armamento y provisiones, no estaban aptos para sostener una campaña tan difícil como la que se avecindaba. Los chilenos, por el contrario, se fueron revitalizando con refuerzos y con el buen servicio de abastecimientos proporcionado por su escuadra.

180px|thumb|Coronel Francisco Bolognesi Cervantes, héroe de Arica y Patrono del Ejército del Perú.

A inicios de 1880 el comando militar chileno aprobó un nuevo plan de operaciones para sus fuerzas expedicionarias. El plan contemplaba invadir los territorios al norte de Pisagua, es decir las localidades de Ilo, Pacocha e Islay, con objeto de aislar Tacna del resto del Perú y posteriormente atacar y ocupar dicho departamento. En consecuencia, el alto mando chileno concentró veinte transportes en Pisagua y el 24 de febrero de 1880, frente a la bahía de Pacocha, en Moquegua, al norte de Arica, desembarcó un ejército de doce mil hombres. Asumió el mando de aquel ejército el general de brigada Manuel Baquedano, asistido por el coronel José Velázquez como su jefe de Estado Mayor y otros oficiales de primer nivel. La autoridad política se veía encarnada con la presencia activa del ministro de guerra en campaña, Rafael Sotomayor Baeza. Sin embargo, el plan, que había sido estudiado hasta el detalle, ignoraba la presencia de Arica como una posición intermedia pero crucial.

En abril de 1879, iniciado el conflicto, el Presidente peruano Mariano Ignacio Prado, había decidido, por razones estratégicas, convertir a Arica, próspera ciudad sureña de 3,000 habitantes y muy cercana de territorio chileno y de las salitreras, en el segundo puerto artillado de importancia del Perúy en su cuartel general. El puerto, ubicado a 65 kilómetros al sur de Tacna, había sido fundado en tiempos de la colonia española y siempre estuvo fortificado, ya que desde fines del siglo XVI por allí se embarcaba la plata proveniente de las ricas minas de Potosí. Cuando Prado abandonó el teatro de operaciones del sur, el mando de la posición recayó en el contralmirante Lizardo Montero, quien a su vez, en cumplimiento de órdenes superiores, relevó al general Buendía por errores cometidos durante la campaña, asumiendo el comando del I Ejército del Sur.

Los trabajos defensivos de la plaza fueron encomendados a dos militares y a un civil, el ingeniero Teodoro Elmore. El grupo trabajaría con dedicación pero no alcanzaría los resultados esperados por falta de recursos.

El Estado Mayor General y el I Ejército del Sur permanecieron cerca de cuatro meses en Arica hasta que en los primeros días de abril de 1880 el contralmirante Montero, enterado de los planes chilenos, se dirigió hacia el norte para unirse con las fuerzas bolivianas en Tacna, lugar que se presentaba como el nuevo frente de guerra. El adversario ahora ocupaba la ciudad de Moquegua así como el estratégico paso de Los Ángeles, posición situada entre Moquegua y Torata.

Montero dejó en Arica una pequeña guarnición de guardias nacionales que estaba al mando de un oficial naval, don Camilo N. Carrillo, pero como aquel debió dejar su puesto por razones de enfermedad, el comando recayó en un viejo oficial retirado, adicto a la ordenanza y muy patriota, cuyo nombre, en aquellos momentos, no decía mucho: Francisco Bolognesi Cervantes, un coronel de 64 años de edad, solemne, de baja estatura y muy acabado para su edad. Las tensiones propias del conflicto habían menguado su físico.

Ojeras pronunciadas, cabello cano y blanca barba, eran el marco de un hombre cansado pero de espíritu combativo, quien había participado valientemente en las batallas de San Francisco y Tarapacá. Sobre su actuación en esta última acción, el Parte Oficial del coronel Belisario Suárez, jefe de Estado Mayor del I Ejército del Sur señaló:

El señor comandante general don Francisco Bolognesi, estuvo a la altura de esos soldados que caracterizaron a aquellos, cuya presencia en las filas enemigas hacía rendir banderas

Por su parte, el historiador chileno Benjamín Vicuña Mackenna escribió:

Su designación, bajo el punto de vista militar, había sido, por tanto, perfectamente acertada”.

Tan pronto recibió el comando de Arica, Bolognesi dispuso intensificar los trabajos defensivos, pues pese a que el lugar era de particular importancia estratégica, aún persistía el problema de que no se le había equipado convenientemente para encarar el muy viable escenario de un ataque por tierra. Por lo expuesto, jamás llegó a ser la fortaleza inexpugnable que han presentado los historiadores chilenos, que llegaron a llamarla el Gibraltar de América, pero tampoco estaba desguarnecida como pretenden algunos historiadores peruanos. Arica no era una posición militar sólida, pero gracias a las obras realizadas ostentaba algunos dispositivos disuasivos importantes. Por mar, bloqueada como se encontraba por la escuadra chilena, si era impenetrable y si bien al inicio de la guerra las defensas habían sido orientadas especialmente para resistir un ataque de artillería naval, en los meses subsiguientes se fueron adoptando las previsiones para contener un eventual asalto de infantería, siempre teniendo en cuenta las difíciles condiciones del terreno y la gran extensión de las aéreas a defender.

Las defensas de la plaza

180px|thumb|El arma fundamental del Ejército Peruano en la Batalla de Arica eran los cañones Vavausser de avancarga de 9 pulgadas de calibre, peso de munición 250 libras y alcance nominal de 4,300 metros, construidos en Gran Bretaña en 1867, como el de la presente fotografía.

En la cumbre del morro, que era una plaza natural, de unos 10,000 metros cuadrados de extensión y 260 metros de altura, los peruanos habían construido frágiles cuarteles y colocado nueve cañones para defender el avance de la escuadra. Estos eran conocidos como las Baterías del Morro, divididas a su vez en Batería Alta y Batería Baja. El arma fundamental eran los cañones Vavausser de avancarga, de 9 pulgadas de calibre, peso de munición 250 libras y alcance nominal de 4,300 metros, construidos en Gran Bretaña en 1867. Los otros modelos empleados eran Parrots y Voruz de diferente calibre. La Batería Alta contaba con un Vavausser, dos Parrot de 100 mm y dos Voruz de 70 mm. La Batería Baja disponía de cuatro Voruz de 70 mm. Asimismo, para defender la rada, se habían colocado fuertes artillados en el flanco norte, considerado como él más bajo de la plaza. Estos fuertes eran el Santa Rosa y el Dos de Mayo, armados cada cual con un Vavausser, y el San José, provisto de un Vavausser y un Parrot de 100 mm. Bajo cada uno de los cañones, protegidos por muros de barro, reforzados y solidificados con césped, yacían cinco quintales de dinamita para hacerlos volar en caso de que el enemigo tomase las posiciones. Como característica particular, el Vavausser del fuerte Dos de Mayo poseía una base circular que le permitía disparar indistintamente hacia el mar o al valle de Chacalluta.

El sector este de Arica, es decir el segundo flanco de defensa, ubicado en la parte alta y escarpada de la zona, contaba con un total de siete cañones y era defendido por dos fortines, llamados Este y Ciudadela. El último era un reducto cuadrado, fosado por los lados y sus muros estaban construidos por sacos de arena solidificados por la humedad y el césped. Su defensa estaba constituida por tres cañones, dos Parrot de 100 mm y un Voruz de 70 mm, y un conjunto de casamatas con mechas de tiempo e hilos eléctricos.

El arma fundamental del Ejército Peruano en la Batalla de Arica eran los cañones Vavausser de avancarga, de 9 pulgadas de calibre, peso de munición 250 libras y alcance nominal de 4,300 metros, construidos en Gran Bretaña en 1867 como el de la presente fotografía

180px|thumb|En la Batalla de Arica los otros modelos empleados por el Ejército Peruano eran Parrots y Voruz de diferentes calibres. La Batería Alta contaba con un Vavausser, dos Parrots de 10 mm. y dos Voruz de 70 mm.. La Batería Baja disponía de 4 Voruz de 70 mm.

El fortín Este se ubicaba a 800 metros al sudeste del Ciudadela. Era también cuadrado y fosado e igualmente protegido por sacos de arena. Sus dos cañones Voruz de 100 mm eran estáticos, y según la orientación podían disparar bien hacia el mar o hacia el valle del Azapa. Detrás del fuerte Este se levantaban un total de 18 reductos y trincheras unidas entre sí. Más atrás se ubicaba Cerro Gordo, y tras él, la ciudad de Arica.

En total la plaza estaba protegida por diecinueve cañones de tierra. Contaba adicionalmente con dos potentes cañones Dahlgren de 15 pulgadas, pertenecientes al monitor clase Canonicus “Manco Cápac”, inmovilizado hacía más de un año en la rada del puerto.

Si bien los gruesos calibres daban la superioridad artillera a los peruanos, su lentitud de recarga y la perdida de la posición de disparo después del tiro los harían ineficaces ante los cañones de retrocarga chilenos, que podían disparar hasta ocho tiros por minuto contra un tiro cada cinco minutos de los peruanos. Además de las baterías, la considerable cantidad de dinamita y el sistema eléctrico de minas, constituían el principal obstáculo para contener un asalto.

En la Batalla de Arica los otros modelos empleados por el Ejército Peruano eran Parrots y Voruz de diferente calibre. La Batería Alta contaba con un Vavausser, dos Parrot de 100 mm y dos Voruz de 70 mm. La Batería Baja disponía de cuatro Voruz de 70 mm

Sobre el papel, la fuerza defensiva de Arica, incluyendo al personal naval del “Manco Cápac”, ayudantía y comisariato, bordeaba los 1,700 hombres. Sin embargo, excluida la marina y la ayudantía, alrededor de 1,450 soldados, en su mayoría noveles guardias nacionales, estaban en capacidad de hacer frente a un ataque terrestre. La tropa estaba agrupada en dos divisiones, que en términos reales no lo eran por ser muy reducidas en número. La Octava División estaba compuesta apenas por dos batallones: El Iquique, con 310 hombres y el Tarapacá, con 219, un total de 529. Sus integrantes si eran soldados fogueados en combate al haber participado en la campaña del sur y su misión era defender los fuertes ubicados al norte de Arica, lugar que era considerado como el más probable para un ataque enemigo. La Séptima División por su parte, más numerosa aunque conformada casi en su mayoría por voluntarios, tenía tres batallones: Granaderos de Tacna y el Cazadores de Piérola, que sumaban unos 580 hombres, responsables de la defensa del fuerte Ciudadela y el Artesanos de Tacna, con 380 soldados, que defendía el fuerte Este. En total, 960 efectivos. La dotación del monitor “Manco Cápac” ascendía a 100 hombres. La tropa estaba uniformada con traje de bayeta blanca, y armada indistintamente con fusiles Peabody, Remington y Chassepot. También poseía carabinas Evans, Winchester, Chassepot antiguos, el Chassepot reformado conocido como “rifle peruano” y Comblain. No contaba con un tipo unificado de fusil, lo que dificultaba la distribución de munición y que los oficiales instruyeran a la tropa sobre un manejo uniforme.

Varios de los oficiales de la plana mayor pertenecían al ejército regular del Perú y algunos como el coronel Bolognesi estaban ya retirados, pero un buen número eran civiles asimilados voluntariamente a quienes se había otorgado rango militar. El coronel José Joaquín Inclán, comandante de la Séptima División, era un veterano militar profesional, mientras que los coroneles Alfonso Ugarte Vernal, comandante de la Octava División, Ramón Zavala, jefe del batallón Tarapacá y el ciudadano argentino Roque Sáenz Peña Lahitte, jefe del batallón Iquique, eran civiles jóvenes, algunos de fortuna, que se habían incorporado voluntariamente al ejército y recibieron grados militares. Alfonso Ugarte y Ramón Zavala por ejemplo, eran ricos salitreros que armaron y equiparon sus batallones con recursos propios.

Inicio de las hostilidades

[[Imagen:Respuesta1.jpg|thumb|500px|"Puede decir Usted a su comandante que Arica no se rinde. Tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré hasta quemar el último cartucho", histórica respuesta del Coronel Francisco Bolognesi Cervantes al mayor Juan De la Cruz Salvo, antes de la batalla. Óleo del pintor Juan Lepiani, Museo de los Combatientes de Arica, Lima.]]

El 27 de febrero de 1880, varias naves de combate chilenas atacaron Arica por mar. Las baterías peruanas respondieron los fuegos y alcanzaron cinco veces al blindado “Huáscar”, removiendo los remaches y planchas de su coraza. Luego, mientras el “Huáscar” se acercaba para neutralizar un tren de tropas de refuerzo, otra granada peruana impactó en uno de sus cañones de babor matando a seis tripulantes e hiriendo a otros catorce. Poco después el monitor “Manco Cápac” salió de la rada y uno de sus proyectiles volvió a dar en el porfiado “Huáscar”, matando a su nuevo comandante, Manuel Thomson Porto Mariño.

Las acciones navales continuaron en marzo, cuando el día 15 el “Huáscar” y el “Almirante Cochrane” volvieron a bombardear Arica. La defensa peruana con sus naves y baterías de tierra fue impecable. El “Almirante Cochrane” recibió seis cañonazos, cuatro de los cuales le causaron daños de consideración, mientras que el “Huáscar” asimiló cuatro impactos, debiendo retirarse del combate para reparar sus maquinas.

El 17 de marzo, la corbeta peruana “Unión” logró romper el bloqueo impuesto sobre Arica (ver Doble ruptura del bloqueo de Arica), trayendo consigo provisiones y municiones, una lancha torpedera, la “Alianza”, para la defensa de la rada, así como a la dotación que perteneciera al blindado “Independencia”. Entre aquellos hombres se encontraba Juan Guillermo Moore Ruiz, quien fuera el capitán de aquella nave perdida en Punta Gruesa el 21 de Mayo de 1879. Los chilenos sólo comprendieron lo que había ocurrido a primera luz del día, cuando observaron a la “Unión” descargando suministros.

En poco tiempo el “Huáscar”, el “Matías Cousiño”, el “Loa”, el “Almirante Cochrane” y el “Amazonas” atacaron con intención de destruir a la corbeta, la cual, no obstante sufrir algunas bajas y graves daños como la destrucción del puente de mando, los botes salvavidas y los suministros de carbón, en horas de la tarde logró levar anclas, se desplazó hacia la isla del Alacrán y emprendió rumbo al sur, eludiendo por segunda vez consecutiva el bloqueo chileno mediante las maniobras más increíbles.

Francisco Bolognesi dispuso que los hombres de la “Independencia”, unos 200, sirvieran en las Baterías del Morro. Con ellos el número de defensores se incrementó a 1,650. El comandante Moore fue puesto al mando de las mismas. Su caso era muy particular; hijo de padre británico y madre peruana, fue al inicio de la guerra skipper del entonces considerado más poderoso blindado de la escuadra, que en tonelaje superaba al célebre Huáscar. Sin embargo, había encallado su nave al pretender cazar a la goleta chilena “Covadonga” en Punta Gruesa. La pérdida de la nave apenas a un mes de iniciada la guerra, fue catastrófica para el Perú. Moore cayó en desgracia y presa de una crisis depresiva estuvo a punto de suicidarse. Alejado de todo puesto de comando en la marina y en el anhelo de expiar su fatal error, el atormentado oficial buscó ser destacado a un puesto de riesgo como Arica, donde mostró gran entusiasmo y coraje, que reafirmaría al momento de decidirse la resistencia de la plaza.

[[Imagen:Respuesta2.jpg|thumb|500px|El Coronel Francisco Bolognesi Cervantes y su Estado Mayor en Arica en fotografía de la época, luego de la histórica respuesta al Mayor Juan De la Cruz Salvo. Puede verse a: 1. Ordenanza no identificado, 2. Teniente Coronel Ramón Zavala Suárez, 3. Coronel Marcelino Valera Barrios, 4. No identificado, 5. Coronel Francisco Bolognesi Cervantes, 6. Teniente Coronel Manuel Carmen La Torre Santos, 7. No identificado, 8. Coronel Alfonso Ugarte Vernal, 9. Capitán de navío Juan Guillermo More Ruiz 10. Coronel Justo Arias y Arangüez, 11. Teniente Coronel Ricardo O´Donovan Córdova, 12. Teniente Coronel Roque Saënz Peña Lahitte. El 4 y el 7, no han sido identificados. El 7, se estima que se trata del inspector de la Guardia Civil Teofilo Aguilar o el comandante Miguel Barrios.]]


Dos meses después, el 27 de mayo, luego de la Batalla del Alto de la Alianza, que sería hasta entonces la acción de armas más trascendental y de mayor envergadura de la guerra, los victoriosos chilenos procedieron a ocupar la ciudad de Tacna. De este modo el ejército del Mapocho cumplió con el objetivo trazado, logró una continuidad territorial entre su país y el departamento de Moquegua, y virtualmente consolidó la ocupación de todo el sur del Perú, desde el río Moquegua por el norte y Tarata por el este.

Sin embargo, aún persistía el escollo de Arica, que una vez concluida la batalla se mostró en su verdadera magnitud. En aquel lugar, el destacamento al mando de Bolognesi sostenía el que había pasado a convertirse en el último reducto peruano en la región y en el enclave que interrumpía la continuidad geográfica entre el territorio ocupado y el chileno e impedía la comunicación entre el ejército y la escuadra que bloqueaba la plaza peruana.

Ese mismo día, el nuevo ministro de guerra en campaña de Chile, José Francisco Vergara Echevers, envió desde Iquique una comunicación al ministro de guerra en Santiago, dando cuenta de la situación tras la batalla del Alto de la Alianza. En el referido telegrama, Vergara expresó:

... Si Campero y Montero se rehacen en el pie de la cordillera donde tienen posiciones casi inexpugnables y sí, como me informó el coronel Urrutia había en Moquegua 1,500 hombres, mientras no tomemos Arica nuestra situación se hace crítica porque con la posesión de Tacna no adelantamos mucho y nuestros aprovisionamientos por Ilo e Ite principiarán a correr riesgo. La resistencia de Arica depende de la entereza del jefe de la plaza, que si es de buen temple nos puede resistir muchos días. Por los informes recogidos se sabe que tienen algunos hombres y desde el mar se ve alguna caballería...

Consolidada la ocupación de Tacna, el Estado Mayor chileno consideró fundamental obtener una salida necesaria hacia la costa, separados como estaban por decenas de kilómetros de desierto, faltos de alimentos y con las tropas esparcidas por caseríos y pueblos. La idea era ocupar de inmediato esa plaza con el fin de dominar por completo el teatro de operaciones y desalojar a los peruanos de su último baluarte en la región. La salida al mar por Arica se hacía imprescindible para recobrar la línea de comunicaciones y adelantar al norte la base de operaciones de Pisagua, rompiendo de paso, el enlace entre las fuerzas aliadas. Por otra parte, el escenario en el bando aliado era el más desolador. Tras el catastrófico revés militar del Alto de la Alianza, el ejército regular peruano había cesado de existir como una fuerza operativa, las desmoralizadas tropas bolivianas se retiraron para siempre hacia el altiplano y la guarnición de Arica quedó aislada y rodeada por mar y tierra.

thumb|200px|Histórica Casa de la Respuesta en Arica, Chile. Actualmente es propiedad del Gobierno del Perú y funciona ahí la sede del Consulado del Perú en Arica.

Al conocer de la derrota en Tacna, Bolognesi y sus oficiales anticiparon, acertadamente, que el siguiente movimiento del ejército chileno sería atacarlos, aunque ignoraban que se habían quedado solos y sin posibilidad de refuerzos, pues las tropas del contralmirante Lizardo Montero se dirigían hacia Arequipa a reorganizarse, en vez de retornar a Arica como al parecer había sido previamente acordado.

Las comunicaciones de la plaza

Todo indica que al principio los oficiales de Arica no comprendieron la real magnitud ce la derrota de Tacna. Tampoco tuvieron conocimiento del desbande del ejército peruano ni de la deserción del boliviano, lo que se explica por el hecho que las comunicaciones enviadas solicitando información jamás fueron contestadas y que los únicos datos disponibles provenían de soldados dispersos incapaces de dar un panorama real de la situación. Aún así, aunque presas de incertidumbre, los oficiales eran conscientes que debían mantener aquella posición a la cual asignaban, y no sin razón, un gran valor estratégico.

El contenido del primero de los telegramas de Arica, suscrito por su jefe de Estado Mayor, coronel Manuel C. La Torre sustenta lo afirmado:

Arica, 26 de mayo. Señor general Montero, Pachía.- Dice el coronel Bolognesi que aquí sucumbiremos todos antes de entregar Arica. Háganos propios. Comuníquenos órdenes y noticias del ejército y de los auxilios de Moquegua”.

Frente a las circunstancias poco claras Bolognesi vislumbró dos posibles escenarios a encarar en los próximos días. El primero, habría sugerido un plan de operaciones mediante el cual el ejército chileno avanzaría desde Tacna hacia Arica, en cuyo proceso Montero o el II Ejército del Sur lo hostilizarían por los flancos. Esto obligaría a los chilenos a batirse en retirada, encontrándose con la guarnición de Arica, donde serían derrotados. El segundo, pudo basarse en la siguiente hipótesis: el ejército chileno sitiaría la plaza o la atacaría; la guarnición resistiría con todos los recursos a su disposición, causando bajas y agotando al adversario y tropas peruanas en avance sobre Arica sorprenderían al diezmado ejército chileno. La idea, en consecuencia, habría sido intentar mantener la posición hasta que llegasen las fuerzas que con tanta insistencia Bolognesi solicitaría en sus mensajes.

Sin embargo la posible estrategia de formar un triángulo de fuerzas peruanas fracasaría. Como el contralmirante Montero jamás pensó en retornar hacia Arica, y dio el puerto por perdido, era imposible que flanqueara al enemigo como lo suponía la primera hipótesis. La destrucción del telégrafo de Tacna le impidió informar a Bolognesi de su decisión. En todo caso, ambos escenarios sustentan el hecho de porqué Bolognesi desplegó sus esfuerzos en reforzar las defensas en el área norte, colocando ahí a la más fogueada y disciplinada Octava División, al considerar que los chilenos aparecerían por ese lugar ante el supuesto empuje de las tropas peruanas.

En la mañana del 27 de mayo, Bolognesi despachó al coronel Segundo Leiva, jefe del II Ejército del Sur, por intermedio del prefecto Orbegoso de Arequipa, el primer mensaje de una serie que no tendrían respuesta.

Esfuerzo inútil, Tacna ocupada por el enemigo. Nada oficial recibido. Arica se sostendrá muchos días y se salvará perdiendo enemigo si Leiva jaquea, aproximándose a Sama y se une con nosotros”.

Dentro de esta difícil situación, ante falta de instrucciones precisas, pero teniendo en cuenta ordenes impartidas por Montero dos días antes de la batalla del Alto de la Alianza, la noche del 28 de mayo los peruanos celebraron un consejo de guerra, en el cual todos los oficiales, con una sola excepción, acordaron resistir y aprobaron el plan de defensa. Cada uno de ellos quedó pues resuelto al sacrificio. El coronel Agustín Belaúnde, un decidido pierolista arequipeño a quien se otorgó rango militar y el cargo de primer jefe del batallón Cazadores de Piérola no sólo fue la voz discordante en el referido consejo, sino que poco después desertó y con él arrastró a algunos oficiales de su entorno, evadiendo la batalla.

Para esa fecha la guarnición ya había quedado totalmente aislada de los remanentes del ejército peruano, pero aun mantenía comunicaciones por telégrafo con la prefectura de Arequipa y todavía le era posible un repliegue a otras áreas. A efecto de frenar el previsible avance chileno, Bolognesi ordenó al ingeniero Teodoro Elmore que destruyera el puente Molle, cerca a Tacna, y que hiciera lo propio con el puente de Chacalluta, los terraplenes cercanos a la estación de Hospicio y la línea férrea que comunicaba con Tacna. Un documento que puede dar idea del desconcierto con respecto a Arica lo constituye la carta dirigida desde Tarata por el prefecto de Tacna, Pedro Alejandrino del Solar al Director Supremo Nicolás de Piérola Villegas, con fecha 31 de mayo, es decir siete días antes de la batalla, donde escribió:

Nada sabemos hasta ahora de Arica, pero su perdida es inevitable

En aquellos momentos Arica venía sufriendo además el bloqueo naval por parte de las naves “Almirante Cochrane”, “Covadonga”, “Magallanes” y “Loa”, aunque desde el combate del 15 de marzo no se había vuelto a repetir un cruce de fuego entre la escuadra chilena y las defensas. Aquellos hechos no hicieron sino confirmar que Arica era impenetrable por mar y que los barcos de guerra sólo podían limitarse a aislar las comunicaciones marítimas y dar apoyo de artillería ante un ataque de sus ejércitos. Pero el bloqueo no afectaba en mucho la vida en Arica, habido cuenta del aprovisionamiento natural proveniente de los valles del Azapa y Chacalluta.

El 28 de mayo el general Manuel Baquedano, ordenó una avanzada de reconocimiento de caballería sobre Arica, compuesta por cincuenta Carabineros de Yungay al mando del capitán Juan de Dios Dinator, la cual llegó hasta la estación de Hospicio y la ocupó. Asimismo, dispuso que los oficiales del batallón de ingenieros militares tomaran posesión de la estación del ferrocarril y avanzaran hacia los puentes del Molle y de Chacalluta. Ambos puentes y los terraplenes del ferrocarril destruidos previamente por Elmore, fueron reparados el primero de junio por los pontoneros chilenos. El dos de junio, en coordinación con el ministro de guerra en campaña, Baquedano ordenó movilizar las tropas de reserva que no combatieron en el Alto de la Alianza más algunos cuerpos de elite y marchar hacia Arica para capturarla. Aquella fuerza quedó compuesta de la siguiente forma:

Infantería: Regimiento Buin, 1º de Línea (885 hombres); Regimiento 3º de Línea (1053); Regimiento 4º de Línea (941); Regimiento Lautaro (1000).

Caballería: Batallón Bulnes (400); Carabineros de Yungay (300); Cazadores a Caballo (300).

Artillería: 1 brigada (500 hombres).

Total de combatientes: 5,379 efectivos

La artillería de campaña constaba de 28 cañones y 2 ametralladoras. Si al total de efectivos militares se agregaban los zapadores, pontoneros y auxiliares, podría concluirse que la fuerza que marchó sobre Arica bordeaba los 6,000 efectivos.

Los regimientos de infantería estaban integrados por fornidos ex obreros salitreros, de notoria fortaleza física y conocedores del terreno, quienes se encontraban ansiosos de entrar en combate.

La inteligente estrategia de Baquedano, contemplaba avanzar rodeando la cordillera, de manera tal que sus fuerzas aparecieran sobre el valle de Chacalluta y no por el norte, como esperaban los oficiales peruanos. Paulatinamente, estas fuerzas iniciaron el avance de 65 kilómetros desde sus posiciones en Tacna hasta apostarse al norte del río Lluta, dónde sitiaron el objetivo.

El inicio del drama

El 2 de junio, un destacamento de caballería chilena al mando del mayor Vargas Pinochet capturó al ingeniero Elmore y a su ayudante, el teniente Pedro Ureta, cuando emprendían una arriesgada acción de sabotaje con minas eléctricas. Ureta, víctima de sus heridas, murió posteriormente y Elmore, que por su condición de civil estuvo a punto de ser fusilado en el lugar, fue llevado a interrogatorio.

Desde sus posiciones de avanzada los peruanos observaron la llegada del enemigo, aún aguardando los refuerzos y con la esperanza que se concretaría alguno de los escenarios señalado en páginas precedentes. Sin embargo ni las fuerzas de Montero ni las de Leiva avanzarían hacia Arica. Corolarios de la tragedia, las decisiones adoptadas por sus respectivos comandantes constituyeron la sentencia de muerte de la plaza. Bolognesi por cierto ignoraba lo que ocurría e insistía en solicitar órdenes e información, elementos fundamentales para la suerte de la plaza. En tales condiciones dirigió a Montero un telegrama que no hacía sino reflejar la total incomunicación de la guarnición:

He hecho a US, cuatro propios, sin que ninguno haya regresado con su contestación. No he recibido dato ni orden oficial de usted, de manera que me encuentro a oscuras. Necesito usted me comunique el estado de su ejército, su posición, sus determinaciones y planes, y sobre todo, sus órdenes. Arica resistirá hasta el último y creo seguirá su salvación si usted, con el resto del ejército o unido a las fuerzas de Leiva, jaquea en Tacna o en Sama o Pachía o hace esfuerzo para unirse con nosotros.

Tenemos víveres. Necesito urgentemente clave telegráfica. Sólo han llegado cinco dispersos. Camino férreo inutilizado. Todo listo para combatir. Dios guarde a usted”.

El contralmirante Montero al frente de los restos del I Ejército del Sur, había organizado en las breñas de Tarata un consejo de guerra para decidir las acciones a adoptar. Este consejo, resolvió por unanimidad proseguir la marcha hacia Arequipa vía Puno.

La única excepción fue la del coronel Andrés A. Cáceres Dorregaray quien insistió ante Montero bajar hacia Arica y socorrer a Bolognesi. En clara minoría, los intentos del futuro “Brujo de los Andes” fueron vanos.

Por su parte, Leiva había dispuesto que el II Ejército del Sur se alejara de Sama y marchase hacia la cordillera supuestamente para ponerse en contacto con los dispersos de Tacna y recoger armas y municiones. Lo que en realidad hizo fue emprender una serie de patéticas marchas y contramarchas que culminarían con el regreso de sus tropas a Arequipa. El dos de junio Leiva acampó en Mirave, más lejos aún del teatro de operaciones. De ahí envió un telegrama a Montero solicitando noticias. Al no recibirlas, regresó a Tarata. La fuerza del II Ejército del Sur que dirigía Leiva en aquellos momentos estaba conformada por los batallones Legión Peruana de la 3ra División (500 hombres), el Huancané (535 efectivos), 2 de Mayo y Apurímac; las columnas Grau y Mollendo; una batería de 107 efectivos compuesta por dos cañones de 4 pulgadas y dos de 9 pulgadas; dos ametralladoras; y, un escuadrón de caballería. Para tener una mejor idea de la composición de este ejército, entre sus comandantes se encontraba el tristemente célebre Marcelino Gutiérrez, único sobreviviente del clan de los coroneles Gutiérrez, cuyos tres hermanos, fueron linchados por el pueblo a raíz de una asonada golpista que en 1872 costó la vida al presidente constitucional José Balta.

Luego de que los vigías de Arica comunicaron los desplazamientos de las fuerzas chilenas en Chacalluta el coronel Bolognesi envió un nuevo mensaje al prefecto de Arequipa:

Toda caballería enemiga en Chacalluta. Compone ferrocarril. No posible comunicar Campero. Sitio o ataque resistiremos”.

Era evidente que el comando de Arica también ignoraba que las fuerzas bolivianas habían retornado al altiplano. La lejana pero viable posibilidad de que los remanentes del ejército boliviano comandado por el general Narciso Campero de algún modo hubieran asistido a la guarnición, también se esfumaron. Respondiendo a una comunicación del coronel Leiva fechada 31 de mayo, en la que éste solicitaba instrucciones, Campero expresó que después del desastre del 26 se había visto obligado a retirarse a Bolivia con el resto de su ejército, que había cesado en sus funciones como comandante de los ejércitos al sur del Perú y que por tanto Leiva debía obrar de acuerdo a instrucciones provenientes de Lima. Luego señaló con equivocado criterio:

En mi concepto, el enemigo aprovechando el triunfo obtenido el 26, se propondrá como inmediato objetivo la toma de Lima o Arequipa; en ésta segunda hipótesis, debe Ud. tomar todas las medidas que crea convenientes para defender esa ciudad

El general boliviano no tomó en cuenta la dramática situación de Arica, sea por desconocimiento o porque su preocupación natural ahora se centraba en cerrar al ejército chileno la posible entrada a su país. El valiente desempeño de los batallones Colorados y Amarillos del Sucre, este último integrado por soldados quechuas, así como el galante comportamiento en combate de distinguidos oficiales como el propio Campero, Eleodoro Camacho y José Joaquín Pérez, atenuó los errores, deserciones y la poca motivación de un ejército liderado por un Presidente como Hilarión Daza, cuya actitud contribuyó a los reveses militares sufridos en la campaña del sur. Ahora, tras el Alto de la Alianza, apenas a un año de iniciada la guerra, las fuerzas bolivianas retornaban a su país, dejando que peruanos y chilenos decidieran a solas la suerte del conflicto. Volviendo a Arica, la tarde del dos de junio, la guarnición transmitió un nuevo mensaje a Arequipa:

Enemigos todas armas a dos leguas acampado. Espero mañana ataque”.

De acuerdo a este mensaje, la hipótesis del sitio prolongado había sido descartada. Los movimientos de las tropas chilenas eran la señal de que pronto se iba dar inicio al asalto. A partir de ese momento el comando se concentró en aguardar. La decisión había sido tomada y para muchos oficiales era obvio que no podrían resistir indefinidamente y que, finalmente abandonados a su suerte, sucumbirían. El tenor de las cartas escritas durante esos días por Bolognesi, Ugarte, Zavala, O’Donovan y otros oficiales reflejaban claramente tal presentimiento.

El 4 de junio, el jefe de Estado Mayor chileno, coronel José Velásquez Bórquez elevó al contralmirante Patricio Lynch un informe sobre la batalla de Tacna, cuyo último párrafo decía lo siguiente:

Los restos peruanos tomaron distintos rumbos pero nadie se replegó a Arica. Los regimientos Buin, 3ro y 4to de línea, el Bulnes, veintidós piezas de artillería y cuatrocientos hombres de caballería están hoy a dos leguas de Arica. Mañana atacaremos por la retaguardia conjuntamente con la escuadra. Sabemos que hay muchas minas. Hemos tomado a un ingeniero peruano (Elmore) encargado de hacer las minas. Las fuerzas que hay en la plaza alcanzan a mil setecientos hombres con los sirvientes de los cañones. Bolognesi y Moore se obstinan en no rendirse. Tenemos bastante carne y víveres. Tenga usted la bondad de trasmitir los datos que le adjunto para satisfacer la justa ansiedad del gobierno y de las familias y de apreciar las consideraciones de aprecio de su obsecuente servidor”.

Desde el morro se podía observar el despliegue de la artillería chilena, y de los regimientos de infantería y caballería. De primera impresión se calcularon más o menos en cuatro mil hombres. Inclusive tropas chilenas habían incursionado por el Azapa, revisado el terreno y luego retornado a sus posiciones. La flota por su parte se desplazó para tomar posición de combate. Un nuevo mensaje fue cursado a Arequipa.

Avanzadas enemigas se retiran. Continúan siete buques. Apure Leiva para unírsenos. Resistiremos”.

Mientras esto ocurría, el tres de junio, desde Tarata y con un ánimo contradictorio al de los jefes de la plaza, el Prefecto de la ocupada Tacna, Pedro Alejandrino del Solar escribió al Director Supremo Piérola:

Hoy he mandado a un jefe intrépido, el coronel Pacheco a Arica, dándole cuenta a Bolognesi de lo que ocurre y dándole mi opinión sobre la situación en que se encuentra. Le digo que destruya los cañones y cuanto elemento bélico hay en Arica y que salve los hombres que allí tiene para pasar ese ejercito a Moquegua y unirlo al Coronel Leiva. No sé si lo hará ni si le parecerá a Ud. bien”.

Pacheco Céspedes, un oficial cubano, jamás llegó a Arica por la sencilla razón que el lugar estaba virtualmente cercado por el adversario. El cuatro de junio, tras el reconocimiento el día anterior del terreno, el Estado Mayor chileno, basado en las noticias que había recibido sobre los elementos de defensa de la posición peruana, abandonó su idea de atacarla por el norte y más bien optó por ejecutar el asalto desde el sector este. Acto seguido dispuso que el Buin y el Cuarto de Línea se ubicaran en el oriente de Arica. Estas tropas avanzaron ocultas detrás de las cadenas de los cerros del este, acompañados por un destacamento del regimiento Cazadores del Desierto. Por su parte, la artillería, conjuntamente con los regimientos Bulnes, Buin y Cuarto de Línea y el Cazadores a Caballo, se desplazó por el norte del río Lluta, para colocarse detrás del cordón de los cerros, sobre las lomas del Condorillo. Se dispuso entonces que las baterías de montaña, apuntaran hacia el sector sur de Arica y las baterías de campaña hacia el centro, a una distancia aproximada de cuatro kilómetros de las posiciones peruanas.

A continuación se ordenó al Tercero de Línea y a dos escuadrones de los Carabineros de Yungay desplegarse por el sector norte. Al haberse virtualmente completado el cerco sobre las fuerzas peruanas, la única ruta remanente para una eventual evacuación hubiera sido hacia el sur, bordeando la costa, rumbo a Camarones. Sin embargo, más allá, en la línea Pisagua - Dolores, permanecía una fuerza chilena al mando del general Villagrán que hubiera cortado una hipotética retirada. En todo caso, ni Bolognesi ni sus oficiales habían pensado en evacuar la plaza. Por el contrario, estaban más decididos que nunca a defenderla.

Ese mismo cuatro de junio, Bolognesi transmitió un extenso y dramático mensaje, que reflejaba los difíciles momentos que atravesaba Arica, la impotencia de no recibir respuesta a sus pedidos y la firme determinación de sus defensores:

Señor General Montero o Coronel Leiva:"

"Este es el octavo propio que conduce, tal vez, las últimas palabras de los que sostienen en Arica el honor nacional. No he recibido hasta hoy comunicación alguna que me indique el lugar en que se encuentra, ni la determinación que haya tomado. El objeto de ésta es decir a U.S. que tengo al frente 4,000 enemigos poco más o menos, a los cuales cerraré el paso a costa de la vida de todos los defensores de Arica, aunque el número de los invasores se duplique. Si U.S. con cualquier fuerza ataca o siquiera jaquea la fuerza enemiga, el triunfo es seguro. Grave, tremenda responsabilidad vendrá sobre U.S. si, por desgracia no se aprovecha tan segura, tan propicia oportunidad”.

En síntesis, actividad y pronto ataque o aproximación a Tacna, es lo necesario de U.S. Por la nuestra, cumpliremos nuestro deber hasta el sacrificio. Es probable que la situación dure algunos días más, y aunque hayamos sucumbido, no será sin debilitar al enemigo, hasta el punto en que no podrá resistir el empuje de una fuerza animosa, por pequeño que sea su número”.

El Perú entero nos contempla. Animo, actividad, confianza y venceremos sin que quepa duda. Medite usted en la situación del enemigo, cerrado como está el paso a sus naves. Ferrocarril y telégrafos fueron inutilizados, pero hoy ya funcionan los trenes para el enemigo. Todas las medidas de defensa están tomadas. Espero ataque pasado mañana. Resistiré”.

El 5 de junio, la infantería chilena terminó de ocupar el valle del Azapa. Así, el objetivo quedó prácticamente encerrado. A las ocho de la mañana de ese día, con las baterías ya ubicadas en las lomas del Condorillo y de la Encañada, se procedió a bombardear las posiciones peruanas. Los cañones de campaña abrieron fuego contra las baterías del norte y los de montaña centraron sus disparos contra el fuerte Ciudadela. Este ablandamiento a cargo de los potentes Krupp y Armstrong no causó sin embargo ningún efecto. Las baterías en el morro y los fuertes San José y Santa Rosa, apenas contestaron el fuego. Al parecer, el cañoneo, además de intentar intimar al adversario, tuvo como objeto apreciar la distancia y situación de sus baterías, pero por el contrario, contribuyó a encender el ánimo de la guarnición y mostró su férrea determinación.

A poco de iniciado el cañoneo, Bolognesi transmitió un nuevo mensaje a través del prefecto de Arequipa:

Apure Leiva. Todavía es posible hacer mayor estrago en el enemigo victorioso. Arica no se rinde y resistirá hasta el sacrificio”.

El Estado Mayor chileno, que tenía intención de apoderarse del armamento, la artillería, las municiones, los explosivos, los torpedos, el monitor “Manco Cápac” y hasta los víveres, tenía pleno conocimiento de la red de minas eléctricas y dinamita que rodeaba las defensas peruanas y concluyó que asaltar sus posiciones en tales circunstancias causaría innumerables bajas en ambos bandos. Sabía también que tarde o temprano tomaría Arica, pero no a un costo tan alto. Razones prácticas y de carácter humanitario motivaron a que los jefes de la fuerza sitiadora decidieran solicitar la rendición de la plaza. Los jefes chilenos concluyeron que la disuasión con su formidable fuerza militar, el aislamiento del destacamento, la destrucción de los ejércitos aliados en Tacna, y el hecho de que jamás llegarían refuerzos, eran argumentos más que suficientes como para inducir a los peruanos a capitular. Suspendido el cañoneo, se dispuso entonces que un oficial, el sargento mayor de artillería Juan de la Cruz Salvo, hombre de finos modales y fácil palabra, solicitara, a título de parlamentario, la rendición de la plaza. En cumplimiento de sus órdenes, el joven oficial de 33 años, acompañado de dos subalternos, el capitán Salcedo y el alférez Faz y cuatro hombres de tropa, alcanzó las posiciones peruanas antes del mediodía. Fue recibido por el coronel Ramón Zavala, jefe del batallón Tarapacá, quién tras disponer que su escolta permaneciera en el lugar, lo acompañó al cuartel general peruano, ubicado en el jirón Ayacucho. A este respecto, el coronel chileno Pedro Lagos Marchant señaló:

Abrigábamos entonces la esperanza de que con esta tentativa los peruanos desistirían del propósito de seguir resistiendo inútilmente, sin probabilidades de triunfo. Al mismo tiempo obligándoles a batirse (con el cañoneo), les dábamos oportunidad para salvar el honor de su país y entrar en honrosa y cuerda capitulación. La sangre preciosa derramada en Tacna y los horrores que trae consigo un combate, nos había hecho desistir antes del asalto, esperando arreglarlo todo por la vía tranquila y sensata de la palabra”.

De inmediato De la Cruz Salvo ingresó a un salón austero, adornado apenas por un reloj de pared, cuatro sillas de madera, una pequeña mesa y un sofá. Una ventana alta permitía el ingreso de luz a la lúgubre habitación. El comandante de la guarnición recibió al parlamentario con toda cortesía y luego de un breve preámbulo protocolar, escuchó atentamente la propuesta que por su intermedio le formulaba el alto mando chileno. De la Cruz Salvo expresó que la plaza estaba totalmente rodeada, que el ejército de Chile era tan poderoso que podía sitiarla indefinidamente o tomarla por la fuerza, que el resto del ejército peruano había sido prácticamente aniquilado en Tacna, que no había posibilidad de recibir refuerzos y que en consecuencia toda resistencia era inútil. Encomió la enérgica actitud de la plaza y expuso razones humanitarias para evitar un inútil derramamiento de sangre.

Asimismo transmitió el compromiso de que el destacamento peruano, en su totalidad, podría retirarse portando armamento ligero sin ser molestado por las tropas chilenas. Bolognesi se mostró sereno y sin perder la compostura replicó que tenía órdenes precisas y que no podía entregar la ciudad. Entonces el oficial chileno decidió retirarse argumentando que su misión estaba cumplida. El coronel peruano respondió sin embargo que aquella era una decisión personal, no obstante las circunstancias, debía consultarla con los demás jefes y se comprometió a enviar una respuesta a las dos de la tarde. De la Cruz Salvo expresó que no era posible pues la suerte de la plaza podía decidirse en pocas horas. Entonces Bolognesi le preguntó si tenía inconveniente en formular la consulta, ahí mismo, en su presencia. De la Cruz Salvo respondió afirmativamente, indicando que podía contar con media hora más. En pocos minutos los principales oficiales peruanos, un total de quince, se reunieron en el cuartel general para debatir el planteamiento del comando chileno. Para los peruanos resistir o capitular se había convertido en un asunto de honra, ya que muchos consideraban que su posición continuaba siendo un elemento esencial en el desarrollo inmediato de las operaciones de la guerra. Reafirmando el criterio asumido en días previos, todos los oficiales coincidieron con la posición de su comandante.

Entonces un emocionado Bolognesi se dirigió al emisario chileno para expresarle que los presentes estaban decididos a salvar el honor del país. Luego agregó en términos solemnes:

Puede Usted decir a su comandante que Arica no se rinde. Tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré hasta quemar el último cartucho”.

Sin más que añadir De la Cruz Salvo se retiró para comunicar la firme respuesta peruana a su Estado Mayor (10). La Batalla

Ante la terca negativa de los oficiales peruanos, el general Baquedano acordó con su Estado Mayor efectuar el asalto a las posiciones peruanas al amanecer del 7 de junio. El general chileno encomendó la responsabilidad del ataque al coronel Pedro Lagos.

A las 11 de la mañana del 6 de junio, un día antes de la fecha fijada para el asalto frontal, los chilenos efectuaron un violento ataque de artillería. Poco después siguió un ataque desde el mar, envolviendo a Arica entre dos fuegos. El comandante de la escuadra chilena, contralmirante La Torre, en coordinación con el comando de tierra dispuso que el “Loa” provisto de un nuevo y potente cañón Armstrong dispare contra las baterías del norte. La “Covadonga” a 2,300 metros de distancia, rompió fuegos contra el fuerte Este. La “Magallanes”, a poco más de tres kilómetros de la costa disparó contra las baterías del morro y el fuerte Ciudadela, al tiempo que el blindado “Almirante Cochrane”, buque insignia del almirante, a dos kilómetros mar adentro, disparó a granel contra el monitor “Manco Cápac”.

De inmediato las baterías del morro y del “Manco Cápac” respondieron el fuego. Dos de los proyectiles del monitor impactaron en la “Magallanes” y le destrozaron parte de la cubierta, mientras que otro proyectil impactó en un portalón del acorazado “Almirante Cochrane”, lo puso fuera de combate, le causó 28 bajas y apagó una de sus baterías. La “Covadonga” de otro lado recibió dos impactos en su línea de flotación y debió retirarse del combate.

Mientras esto sucedía, parte de la infantería enemiga se desplegó en guerrilla hacia las posiciones peruanas del norte. Los regimientos Lautaro y Buin avanzaron desde las pampas del Chinchorro hacia los fuertes, en un movimiento considerado de disuasión, pero se replegaron ante el fuego nutrido proveniente de los cañones, y rifles de los reductos y trincheras. Las baterías de tierra chilena también se vieron obligadas a retirarse ante el alcance de los proyectiles peruanos.

A las cuatro de la tarde se suspendió el ataque marítimo y terrestre. Las posiciones peruanas permanecían intactas, no había bajas que lamentar y más bien habían causado daños al enemigo. Luego de aquella jornada favorable a las fuerzas peruanas, el jefe de Arica dispuso transmitir vía Arequipa, un mensaje al Jefe Supremo de la República:

Gran entusiasmo. Enemigo hizo 264 cañonazos y guarnición 71. No hay desgracias. Jefes agradecen saludo Arequipa. Felicito en su nombre al país por el día”.

Aquel sería el último mensaje transmitido por la guarnición de Arica.

Esa misma noche, el comando chileno decidió enviar un último parlamento de rendición a los peruanos. Esta vez se escogió al ingeniero Teodoro Elmore, quien se hallaba prisionero en el cuartel general chileno desde su captura el dos de junio. Elmore partió con la difícil misión de intentar convencer a sus compatriotas a entregar la plaza y bajo la condición de retornar, en su calidad de prisionero, antes de la medianoche con una respuesta concreta. Sin embargo, como de antemano se presumía que los peruanos no cederían, se prosiguió con los desplazamientos para el asalto.

Elmore fue recibido con una extraña mezcla de satisfacción y desconfianza y debió cumplir la nada grata tarea de exponer a sus compatriotas una nueva conminación chilena a la rendición. Bolognesi sin embargo se negó a estar presente y Elmore fue atendido por los oficiales del Estado Mayor. Como se persistió en la negativa, el ingeniero peruano procedió entonces a describir la ventajosa situación del enemigo, su superioridad absoluta en hombres y armamento, el espíritu vandálico imperante en aquellos momentos en su campamento y la reacción adversa que podía causar en los soldados sureños el uso de las minas. Anticipando una carnicería, Elmore expresó que el adversario había apreciado los últimos dos días de resistencia, que consideraban se había lavado el honor peruano y que la guarnición ya había cumplido con su deber. Desde su punto de vista desapasionado, había sido suficiente, todo había concluido y no había necesidad de exponer más vidas valiosas que podían ser salvadas si se entregaba la plaza. Los oficiales de Arica sin embargo persistieron en mantener hasta el final la posición que el país les había confiado y agradecieron al ingeniero sus buenos oficios.

Ante la determinación de sus compañeros, Teodoro Elmore no insistió más, aunque expuso su parecer en el sentido que las fuerzas chilenas efectuarían el ataque principal por el este y no por el norte, como se esperaba, y recomendó a los oficiales que reforzaran la defensa en ese sector. Elmore basó su presunción en lo que había visto y escuchado en el campamento chileno. Sin embargo no se prestó suficiente atención a sus consejos. Tal reacción se vinculó con el tímido avance de la infantería chilena hacia las posiciones del norte esa misma mañana, que precisamente había tenido como objeto hacer creer que el asalto iba a producirse por ese sector y no por el este, que era, efectivamente, el verdadero propósito del plan. Así, basado en los primeros desplazamientos chilenos y lo que indicaba la lógica, el comando de Arica mantuvo el parecer de una incursión enemiga desde el norte. Ello no significó un descuido de las defensas en el sector este, pero la opinión imperante determinó que las tropas más fogueadas y disciplinadas de la Octava División se concentraran en el norte y que no era conveniente moverlas.

Cuando Elmore regresó al campamento chileno, antes de la medianoche, se dio con la terrible sorpresa de que este se hallaba prácticamente desierto y que las tropas ya se habían puesto en movimiento para atacar Arica.

Las primeras horas del 7 de junio, los regimientos chilenos fueron agrupándose de acuerdo al plan de ataque, lo que les resultó fácil teniendo en cuenta que en esos momentos no se habían desplegado avanzadas peruanas. A continuación marcharon en columnas, por compañía, en completo silencio, con el objeto de acercarse lo más posible a las posiciones adversarias en el sector este. A 1,200 metros del objetivo se detuvieron y aguardaron. Conforme al plan, el Tercero de Línea se dispuso a atacar el fuerte Ciudadela, mientras el Cuarto de Línea se preparó para hacer lo propio contra el fuerte Este. El Buin se mantuvo en la reserva para entrar en acción cuando fuera requerido, mientras el regimiento Cazadores a Caballo permaneció en la retaguardia del campamento, avivando las fogatas a fin que los peruanos pensaran que los chilenos aún seguían ahí. Por su parte, el regimiento de infantería Lautaro y el de caballería, Carabineros de Yungay, avanzaron uno detrás del otro por las pampas del cerro Chinchorro, hasta colocarse frente al punto de ataque que se les había encomendado: Primero los fuertes San José y Santa Rosa, para luego proceder a tomar el Dos de Mayo. Luego medio batallón del regimiento Bulnes se les uniría para reforzarlos.

Poco antes del amanecer, cuando apenas se vislumbraban las primeras luces del alba, los chilenos finalmente emprendieron el asalto, lanzando simultáneamente sus regimientos en desplazamiento de guerrilla hacia los fuertes. Cuando los centinelas peruanos avizoraron al enemigo, se rompió el silencio, y se iniciaron los disparos a mansalva. Las posiciones peruanas se iluminaron y los soldados y oficiales se prepararon para repeler el feroz ataque.

El asalto a los fuertes Este y Ciudadela fue sangriento en extremo. No se dio ni se pidió cuartel. Los aguerridos chilenos lograron salvar las minas entre una lluvia de balas y, enervados por las que explotaron, finalmente alcanzaron los objetivos. Después del intercambio de disparos, los combates se produjeron a pie firme, entre la bayoneta peruana y el corvo chileno. Los parapetos defensivos formados por sacos de arena fueron rotos por los corvos de los atacantes, que lograron finalmente ingresar dentro de los reductos. La superioridad numérica chilena en cada fuerte era de tres a uno y aún así les costó mucho vencer la encarnizada resistencia de los gallardos peruanos. Finalmente terminaron por romper las líneas de defensa. Mientras esto sucedía, el Buin se puso en marcha e inició una maniobra envolvente sobre el fuerte Este.

En la plaza del Ciudadela, los sobrevivientes de los batallones peruanos al mando del espartano coronel Justo Arias y Aragüez opusieron una dramática resistencia imbuidos por la valiente y enérgica actitud de su comandante, quien a pecho descubierto, sin kepí y espada en mano, se paseaba por la plaza alentando a sus hombres. Finalmente, cuando el heroico coronel cayó en su puesto rechazando los llamados a la rendición con un sonoro !no me rindo! !viva el Perú carajo!, ya los peruanos habían sido superados y prácticamente diezmados hasta el último hombre: por lo menos, el noventa por ciento de los soldados peruanos del Ciudadela y casi la totalidad de sus oficiales perecieron en combate.

Paralelamente, el fuerte Este, fue atacado con igual intensidad por el Cuarto de Línea, al que pronto se unió el Buin.

Surgió entonces un desigual combate cuerpo a cuerpo y una épica resistencia que sólo terminó cediendo por el empuje violento de la gran masa de soldados. Ante la superioridad numérica chilena, el coronel José Joaquín Inclán dispuso, conforme a órdenes recibidas, replegar sus tropas sobre los reductos de Cerro Gordo, ubicado a 200 metros del morro. Hacía ahí se inició una nueva progresión de las tropas chilenas y otro asalto a la bayoneta. Aquel encuentro acabaría con la vida de casi toda la tropa de los Artesanos de Tacna, y con la mayor parte de oficiales, incluyendo la del valiente comandante de la división, Inclán, quien pereció en lucha cuerpo a cuerpo, y su jefe de Estado Mayor, coronel Ricardo O'Donovan.

Al comprobar que el mayor peso del ataque se sucedía en el sector este, Bolognesi dispuso que la Octava División bajo el mando del coronel Alfonso Ugarte Vernal, reforzara el flanco oriental. En cumplimiento de sus órdenes, los 530 hombres de la división emprendieron un largo y difícil recorrido cruzando la explanada y las calles de Arica, intentando llegar a las faldas del morro, para de ahí emprender marcha hacia este. Por desgracia para ellos, los chilenos, ya dueños de Cerro Gordo, los barrieron con nutridas descargas. Los de la Octava División, ante las intensas descargas de fusilería y prácticamente rodeados, fueron diezmados uno tras otro y los sobrevivientes debieron replegarse hacia el morro sin haber podido alcanzar su objetivo. Entre humo, balas, heridos y cadáveres, los restos de la división, medio batallón del Tarapacá y medio del Iquique alcanzaron a duras penas el morro. Entre los oficiales muertos se encontraba el joven jefe del Tarapacá, coronel Ramón Zavala.

Después de ocupar en cruento combate todo el sector este y luego de masacrar a los sobrevivientes de la Séptima División que se habían concentrado en las escaleras de la catedral, los regimientos chilenos se lanzaron entonces contra el morro, objetivo final del ataque. En la cima, los peruanos organizaron lo que sería una última y cruda resistencia. Durante el avance chileno, el aguerrido comandante del Cuarto de Línea, coronel San Martín, fue atravesado de un balazo. La muerte de aquel apreciado jefe enervó aún más los ya irritados sentidos de los soldados, enervados por la explosión de algunas minas, y los gritos de !hoy no hay prisioneros! se sucedieron frenéticamente. Los regimientos chilenos en esa situación alcanzaron las faldas del morro y comenzaron a trepar.

Al mismo tiempo, los fuertes San José, Santa Rosa y Dos de Mayo eran atacados por la caballería y el regimiento Lautaro y finalmente fueron capturados, aunque los defensores lograran destruir la mayor parte de las baterías para impedir que cayeran en poder del enemigo.

A ese respecto, en su diario de campaña, el oficial chileno Narciso Sepúlveda, del regimiento Buin escribió:

"... avanzando al trote recorrimos más de 20 cuadras y nos acercamos a los Fuertes a tan corta distancia que estuvimos a punto de perecer abrazados por la dinamita, cuando volaron los Fuertes Santa Rosa y San José al N, tomando 300 prisioneros. Los bastiones, casamatas y cañones volaron a 3 cuadras de distancia, arrojados en trozos, y a una altura de media cuadra volaron las piedras de los Fuertes, levantando penachos en el mar..."

Las últimas defensas fueron cediendo al infernal ataque. Desde las baterías bajas, la infantería peruana y los marinos de la “Independencia” intentaron contener el asalto, pero nada pudieron hacer ante el empuje de los asaltantes. Allí sucumbieron los comandantes navales Cleto Martínez y Adolfo King. Un nuevo repliegue concentró a los últimos defensores en la meseta del morro.

Unos 55 minutos transcurrieron desde que los chilenos empezaron a trepar hasta que alcanzaron finalmente la cumbre. Ahí, virtualmente sin trincheras ni reductos, a campo descubierto, unos 500 sobrevivientes peruanos encararon a los miles de adversarios; hicieron fuego, recibieron nutridas descargas y fueron cayendo uno por uno sin dar ni pedir cuartel. Perdida prácticamente la batalla, el coronel Bolognesi dispuso, como último recurso, activar las cargas de dinamita para volar el morro y las zonas circundantes y evitar que el armamento cayera en manos enemigas, pero los hilos eléctricos no respondieron. En efecto, previamente el coronel Pedro Lagos Marchant había ordenado al subteniente Ricardo Walker, que se dirigiera hacia el hospital San Juan de Dios con el fin de desconectar las baterías y el sistema eléctrico destinado a hacer detonar las minas de la ciudad y de los fuertes. Walker, apoyado por un contingente del Tercero de Línea, tras vencer la resistencia que los peruanos le opusieron en el lugar, logró desactivar el sistema de minas, sacando todas las piezas vitales del mismo. Por ello los peruanos únicamente lograron volar con dinamita una parte de sus cañones.

A partir de ese momento, los últimos oficiales y soldados peruanos en pie se trenzaron con los cientos de atacantes en un épico combate a pistola, bayoneta y sable sin igual en la historia de América Latina.

En el cenit del combate, ubicado en uno de los sectores del morro, el coronel Bolognesi y otros jefes, revólver en mano, animaban a sus hombres a no desfallecer... hasta que, literalmente, agotaron el último cartucho.

Confundidos finalmente estos oficiales entre asaltantes y defensores, en una batahola que no conocía rangos ni condiciones, fueron ultimados en el fragor de la cruenta lucha. Abatido por sendas descargas Francisco Bolognesi cayó sobre el suelo y fue rematado con la culata de un rifle en la cabeza. Juan Guillermo Moore cayó también, rechazando la rendición y redimiendo así la pérdida de la “Independencia”. Similar suerte corrieron sus compañeros Armando Blondel y Alfonso Ugarte.

Los oficiales chilenos tuvieron que hacer denodados esfuerzos para detener la matanza de los sobrevivientes, salvando así a los coroneles La Torre, Sáenz Peña y otros.

Cerca de las 9:00 de la mañana, desde la rada del puerto, vista la pérdida de la batalla, el comandante del “Manco Cápac”, José Sánchez Lagomarsino, antes de entregar su nave, la hundió, mientras que la torpedera “Alianza” logró romper el bloqueo y se dirigió hacia Pacocha donde fue varada por su comandante y la tripulación capturada por los chilenos.

Arica: Epílogo

400px|thumb|center|Fotografía tomada al Morro de Arica, inmediatamente después de la batalla el 7 de junio de 1880.

Cuando la terrible batalla cesó definitivamente, Arica presentaba un espectáculo impactante. Cientos de cadáveres regados por doquier, ríos de sangre, llamaradas sin apagar y humaredas que no se disipaban.

La batalla de Arica fue una de las más cruentas del siglo XIX. Pocos combates arrojaron tan alto número de bajas y el aniquilamiento casi total de batallones como fue el caso del Artesanos o los Granaderos de Tacna. En pocas batallas, incluidas las de la era napoleónica, perecieron casi todos los altos oficiales, como fue el caso de lo peruanos y en muy pocas el número de prisioneros fue tan reducido comparativamente a los muertos. Las dramáticas cifras no hacen sino demostrar que no se dio ni se pidió cuartel.

La mortandad de los peruanos fue terrible y registra una de las más altas en relación al número de combatientes, reflejo de la determinación con la que se defendió la posición. De los 1,650 hombres que tomaron parte activa en la batalla por el lado peruano, murieron más de 1,000 y alrededor de 200 quedaron heridos. La mayoría de los altos oficiales perecieron. De los diecinueve oficiales, comandante general, jefes de división, de batallón o batería, murieron 13. De los jefes de la Octava División solo sobrevivió el coronel Roque Sáenz Peña, herido; de la Séptima División únicamente lo hizo el coronel Várela, gravemente herido. Del Estado Mayor sólo salvó la vida su jefe, Manuel Carmen La Torre, a quién los chilenos confundieron con un hermano peruano del comandante de su escuadra. Por su parte los chilenos registraron 474 bajas.

Los prisioneros peruanos de tropa fueron confinados en el cuartel de la Recova y en el cuartel de Celadores en la calle de la Matriz, mientras que los oficiales de más alto rango fueron detenidos en los recintos de la Aduana. Unos días después aquellos fueron trasladados al transporte “Limarí” que los conduciría cautivos a Valparaíso, para luego ser enviados a diversas ciudades del interior de Chile para cumplir prisión. Los heridos, tanto peruanos como chilenos, fueron trasladados al hospital San Juan de Dios y a las ambulancias que los peruanos habían organizado en carpas de campaña en los alrededores del nosocomio. Los combatientes de ambos bandos que perecieron en los fuertes Este y Ciudadela fueron sepultados en una fosa común cavada en la depresión conformada entre los cerros donde se habían ubicado ambos fuertes. Por su parte los caídos en los fuertes del norte fueron sepultados en el panteón. Aquellos muertos en la cumbre del morro fueron arrojados al mar. Los cadáveres, en número de 367, posteriormente fueron recuperados e incinerados.

Aproximadamente un mes después de la batalla, el vapor peruano “Limeña” arribó a Arica con la misión de recoger a los heridos peruanos de las batallas de Arica y de Tacna y trasladarlos a Lima. La nave también debía transportar al norte a familias ariqueñas y a religiosas de Tacna. Pero su misión más notoria fue la de trasladar los féretros que transportaban los cuerpos del coronel Francisco Bolognesi Cervantes y del capitán de navío Guillermo Moore Ruiz. Ambos héroes fueron exhumados de sus tumbas ubicadas en la iglesia de San Marcos y puestos en finos catafalcos de madera. Las autoridades chilenas dispusieron una ceremonia que incluyó una misa celebrada por el vicario de San Marcos y una formación de tropas chilenas con uniformes de parada. Posteriormente los féretros fueron llevados al muelle en hombros por una escolta de soldados chilenos y al compás de una banda de músicos que tocaban marchas fúnebres.

400px|thumb|center|Fotografía del Morro de Arica, tomada inmediatamente después de terminada la batalla.

Ahí fueron embarcados con honores, salvas de rigor y un toque de silencio, como muestra que los soldados chilenos reconocían en ambos jefes peruanos a los dignos combatientes que habían sucumbido con valentía y honor en la defensa de la patria.

La toma de Arica fue considerada y con razón una de las mayores hazañas de la Infantería chilena. El congreso de ese país ascendió a Manuel Baquedano a general de división. A corto plazo, Chile obtuvo el control de todo el sur del Perú, y, a mediano plazo, sus estrategas pudieron concentrarse en atacar su capital, Lima, lo que en efecto ocurrió apenas seis meses después. La victoria permitió asimismo que Chile se anexase en el futuro esa rica provincia peruana.

Los hechos mencionados demuestran que Francisco Bolognesi y sus oficiales no estaban equivocados, ni mucho menos, al haber insistido en la dramática defensa de Arica. Sabían perfectamente que la caída de esa plaza artillada sería catastrófica, como lo fue, para la causa de su país. Por desgracia para los peruanos nadie quiso escuchar. La valiente guarnición, abandonada a su suerte, fue víctima de la improvisación y de los desaciertos en la conducción del conflicto, responsabilidad política del líder peruano Nicolás de Piérola, de la incompetencia de oficiales novatos, como Segundo Leiva, y hasta del imperdonable silencio y la descoordinación de los altos mandos militares, incapaces de haber enviado al menos una orden al olvidado destacamento.

El mérito del episodio de Arica radica en que, dentro de tan caótica situación, sus oficiales, aún conscientes que el sacrificio podía ser estéril frente a la superioridad material y estratégica del adversario, persistieron tercamente en realizar un esfuerzo mas allá del deber, con la determinación de mantener esa importante posición para su país aún a costa del sacrificio de sus propias vidas.

Las cartas de Arica

Durante el sitio y antes de la batalla, varios oficiales de Arica dirigieron cartas a sus familiares y amigos, las mismas que reflejaban su estado de ánimo y premoniciones, pero por encima de todo, su patriótica determinación de defender los intereses del Perú. Aquí una selección de ellas, escritas por tres de los principales protagonistas: Francisco Bolognesi, Alfonso Ugarte y Ramón Zavala:

Carta de Francisco Bolognesi a su esposa

"... Esta será seguramente una de las últimas noticias que te lleguen de mí, porque cada día que pasa vemos que se acerca el peligro y que la amenaza de rendición o aniquilamiento por el enemigo superior a las fuerzas peruanas son latentes y determinantes. Los días y las horas pasan y las oímos como golpes de campana trágica que se esparcen sobre este peñasco de la ciudadela militar engrandecida por un puñado de patriotas que tienen su plazo contado y su decisión de pelear sin desmayo en el combate para no defraudar al Perú. ¿Que será de ti amada esposa? Tú que me acompañaste con amor y santidad. ¿Que será de nuestros hijos, que no podré ver ni sentir en el hogar común? Dios va a decidir este drama en el que los políticos que fugaron y los que asaltaron el poder tienen la misma responsabilidad. Unos y otros han dictado con su incapacidad la sentencia que nos aplicará el enemigo. Nunca reclames nada, para que no se crea que mi deber tiene precio...” (Extracto).

Carta de Alfonso Ugarte a Fermín Vernal

... No hay detalles ni tenemos noticias seguras de los nuestros más de lo que te comunico. Aquí en Arica estamos solamente dos divisiones de nacionales, defendiendo este punto, y aún cuando somos tan pocos, no podemos hacer lo de Iquique, abandonar el puerto y entregarlo, porque éste es un puerto artillado y tiene elementos y posiciones de defensa. Tenemos pues, que cumplir con el deber del honor defendiendo esta plaza hasta que nos la arranquen a la fuerza. Ese es nuestro deber y así lo exige el honor nacional. Estamos pues esperando ser atacados por mar y tierra. Dios sabe lo que resultará, así que te puedes imaginar mi triste situación. Sin embargo es preciso resistir hasta el último y te puedo asegurar, también, que con las posiciones que ocupamos en el morro, los cañones de grueso calibre y las minas que tenemos preparadas, les costará muchas vidas a los chilenos reducirnos y quitarnos esta plaza.

Estamos resueltos a resistir con toda la seguridad de ser vencidos, pero es preciso cumplir con el honor y el deber. Quizás la suerte nos favorezca y lleguen con tiempo los refuerzos que esperamos de Arequipa...” (Extracto).

Carta de Ramón Zavala a un amigo

... De todos modos tengo la seguridad de que si no triunfamos, que si los chilenos no reciben su castigo aquí, que si no hacemos de Arica un segundo Tarapacá, la defensa será de tal naturaleza, que nadie en el país desdeñará en reconocer en nosotros sus compatriotas, y que los neutrales no dejaran de reconocernos como los defensores de la honra e integridad de nuestra patria.

Arica, no se rinde, ni las banderas se despliegan para abandonar la plaza; por el contrario, resistirá tenaz y vigorosamente, y cuando la naturaleza cede, obedeciendo a leyes físicas, los invasores pondrán su planta en un suelo que está cubierto de cadáveres y regado por sangre peruana. Sus defensores prefieren la muerte a la deshonra; la gloria a una vida que les hubiera sido insoportable, sino hubieran aprovechado del último resto de ella para escarmentar al enemigo y levantar más alto el pabellón nacional...” (Extracto).

Ver

Véase también

Artículos relacionados

Enlaces externos

Keywords: Batalla de Arica, 1872, 1879, 1880, 18 de diciembre, 24 de febrero, 2 de junio, 31 de mayo, 4 de junio